Tienes activado un bloqueador de publicidad

Intentamos presentarte publicidad respectuosa con el lector, que además ayuda a mantener este medio de comunicación y ofrecerte información de calidad.

Por eso te pedimos que nos apoyes y desactives el bloqueador de anuncios. Gracias.

Opinión | Punto y seguido
Viernes, 27 de Mayo de 2022
Javier Soto

Dos ejemplos: Alcaraz y Felipe VI

 

El comportamiento humano es muy diverso y se va modificando en función de los tiempos en los que nos toca vivir. A una etapa de vacas gordas suele sucederle una etapa de vacas flacas y a un gobierno eficaz es habitual que le releve un gobierno ineficaz. Las modas se van imponiendo de acuerdo a múltiples factores. Pero hay determinados valores que no deben variar. Uno de los componentes que influyen en mantener o variar en un sentido u otro estas cualidades es la imitación que buscan muchos jóvenes de los comportamientos y personalidad de los deportistas de élite.


De esta forma, podemos llegar a contraponer los valores que representa el joven tenista murciano Carlos Alcaraz a los del veterano futbolista y empresario catalán Gerard Piqué. Del primero destaca la humildad, pues en ningún momento le hemos visto altivo y prepotente, a diferencia del segundo, quien muestra habitualmente una soberbia y arrogancia del que se considera superior a sus semejantes. El tenista sexto del ranking mundial es un prototipo de deportista ambicioso que busca la superación personal, mientras que el culé se caracteriza por su ambición crematística en sus negocios futbolísticos. La imagen que proyecta Alcaraz es de sinceridad y claridad a diferencia de Piqué, quien evidencia hipocresía al defender la independencia de Cataluña jugando con la selección española y criticar al rey en un momento dado y, en otro, intentar recurrir al emérito para salvar un suculento negocio. Del deportista murciano resalta su honestidad cuando rectifica al juez de silla dando por buena una bola que ha lanzado su rival mientras que al deportista catalán apenas se le conocen correcciones al árbitro cuando una decisión de éste le ha favorecido.


Otro de los componentes que influyen en el cambio de valores es la ejemplaridad de las autoridades del Estado. No es difícil contraponer al rey Felipe VI con el presidente Pedro Sánchez. El primero ha hecho gala de su transparencia al hacer públicas las cuentas de la Corona y su patrimonio personal a diferencia del segundo, quien se niega a informar de sus viajes en el Falcon, de su plagiada tesis doctoral o de sus pactos en la trastienda con los secesionistas catalanes y los sucesores de los terroristas. El monarca ha demostrado su lealtad constitucional con el discurso que pronunció ante el golpe de Estado de los nacionalistas catalanes, con su relación exquisita con el Gobierno de la nación y su neutralidad; en tanto el jefe del Ejecutivo ha sido desleal cuando ha marginado al jefe del Estado en viajes internacionales, le ha vetado para asistir a acontecimientos de trascendencia y ha concedido los indultos a los independentistas en contra del Tribunal Supremo tras mostrar éstos su intención de volver a delinquir.

 

Una de las virtudes del inquilino de la Zarzuela es la prudencia y moderación que caracterizan sus discursos institucionales y su relación con todos los partidos políticos, justo lo contrario que singulariza al que habita en la Moncloa, quien se muestra soberbio y autoritario cuando decide él solo cambiar la postura de España ante el conflicto de Sahara poniendo en peligro la relación con Argelia, nuestro principal suministrador de gas, insultando semana tras semana a la oposición aliándose con los detractores de la Constitución y poniendo en peligro las instituciones del Estado. Felipe VI ha dado muestras de su honestidad al rechazar ser heredero de supuestos beneficios oscuros del emérito y a Pedro Sánchez se le conocen sobradamente sus habilidades para ocultar la verdad.

Con tu cuenta registrada

Escribe tu correo y te enviaremos un enlace para que escribas una nueva contraseña.