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ENTRE TÚ Y YO

España en el atlas de la felicidad

Patricia López Haas Lunes, 13 de Junio de 2022 Tiempo de lectura:

 

El otro día estuve en una conferencia sobre la felicidad. Sí, a la “Mirada felina” también le interesa este tema, porque escribir sobre arte, historia, repostería o sitios bonitos le produce una grata satisfacción espiritual y física, que es como la RAE define a la felicidad. Mirada felina es, por tanto, sinónimo de felicidad. Pero vayamos al tema. Cada año la ONU saca un informe en el que personas de 150 países evalúan sus propias vidas. El ranking de la felicidad lo encabeza Finlandia por quinto año consecutivo. Ya estoy viendo la cara de póker de los españoles. Después vienen Dinamarca, Islandia, Suiza, Países Bajos y Luxemburgo, Suecia, Noruega, Israel y Nueva Zelanda. Y ¿España? España se cuela en el top 30, lo que la sitúa en el furgón de cola de los países europeos junto con Portugal, que ocupa un llamativo puesto número 56, Italia en el 31 y Grecia en el 58. Los felices nórdicos suelen pasar sus vacaciones en los sitios teóricamente más tristes de Europa. Nadie lo diría a juzgar por el clima, la gastronomía, las calas de agua transparente y el buen ambiente de Mykonos. O Ibiza. España es alegre. Veamos qué pasa.

 

Conozco muy bien uno de esos países que está en el top 5, Suiza, cuyo cuarto lugar le concede una posición más que interesante en términos de felicidad. Según la Economic Intelligence Unit (división de análisis e investigación del Economist Group, grupo al que pertenece el famoso periódico The Economist) Suiza es el mejor lugar del mundo para nacer. Los datos son objetivos ya que atienden a indicadores como la seguridad laboral o la estabilidad política. Descendientes de celtas, romanos y alemanes, este país cuenta con 4 lenguas oficiales (alemán, francés, italiano y romanche) y múltiples dialectos, ¡y se entienden! Suiza, que es organizada y eficiente, en cuanto vio la ocasión se separó del Sacro Imperio Romano Germánico y de los Rodolfos, Leopoldos y Maximilianos de Habsburgo que por allí pasaban para recaudar impuestos. Los cantones encontraron en la unión la fuerza para defenderse de los países vecinos, incluida Francia, cuyo emperador Napoleón Bonaparte también la invadió.

 

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                   Matterhorn o monte Cervino. Zermatt, cantón de Valais. Suiza

 

Lagos, montañas, bosques y ríos hacen del país un auténtico parque natural para deleite de los sentidos. Es un paisaje de cuento que te seduce hasta hacerte caer en el síndrome de Stendhal. La excelente sanidad, la educación de calidad, una economía sólida, el bajísimo nivel de desempleo o la ya mencionada estabilidad política son los puntos fuertes de este pequeño gran país alpino. No en vano, es uno de los 10 países más ricos del mundo. ¿Se puede pedir algo más? En el siglo XIX sus montañas cautivaron a los alpinistas británicos. El Matterhorn o Cervino es casi un símbolo. Poco después los Alpes suizos se convirtieron en lugar de encuentro de la alta sociedad internacional. Thomas Mann situó una de sus grandes novelas en la localidad de Davos. En La montaña mágica (1924) describe con gran detalle la vida de los tuberculosos en un sanatorio de lujo en el que no faltaba la buena bebida, ni la comida, ni las actividades propias del lugar como el esquí o el patinaje sobre hielo. La tuberculosis hasta 1943 no tuvo más cura que el retiro en las montañas, donde se respiraba aire puro. Todo esto y mucho más es Suiza. Y no les ha ido mal.

 

Sin ninguna duda, lo que menciono sobre la Confederación Helvética es extensible al resto de los países que lideran la lista de los más felices del mundo. Todos son pequeños y, por tanto, más fáciles de manejar que Francia, Alemania o España. Tienen inviernos fríos y largos y, sin embargo, han sido capaces de convertir la dificultad en una virtud al adaptarse a un clima hostil y, encima, sacar rendimiento económico a sus respectivos países sin tener grandes recursos naturales, salvo Noruega. Y están altamente industrializados. Esa es la clave.

 

Y qué pasa con España. Este país en el que tantas civilizaciones han dejado su huella, que contiene un patrimonio histórico-artístico increíble, cuna de grandes pintores, escultores, arquitectos, escritores y navegantes. Un país lleno de tradiciones, amable y hospitalario donde reina el sentido del humor, pero también un poco desconfiado porque es conocedor de la picaresca patria y de sus astucias. Pues pasa, como decía al principio, que las cifras no cuadran. Que la macroeconomía da miedo, pero se gasta como si no hubiera un mañana. Pasa, que hay un alto nivel de desempleo, un sistema sanitario estresado, inquietud con las pensiones y una pérdida de confianza en la clase política, que está cada vez más polarizada e inestable, o estable gracias a interesados pactos en los que el bien común es el bien propio, el bien de unos cuantos vaya. Y pasa, que el ciudadano de turno en una encuesta internacional se lamenta hasta el infinito y jura en arameo. De ahí el puesto 29. Algunas circunstancias vienen de errores del pasado. Pasado remoto incluso. Pero no nos pongamos negativos porque esta “Mirada felina” no lo es. España creció gracias al trabajo, estudio, esfuerzo y entusiasmo de muchas personas inteligentes que nos han precedido. Esas generaciones nos dejaron un país mejor en el que vivir y desarrollarnos. Y España, a pesar de ella misma, siempre sale a flote, pero vivir en el alambre es confiar en la incertidumbre.

 

Cada país tiene su propia idiosincrasia, no es que los daneses o finlandeses vayan bailando por la calle, para eso está España, sencillamente, y esta es una opinión personal, creo que están más tranquilos porque confían en sus instituciones, son realistas y gozan de economías saneadas. Disfrutan de su tiempo libre y de sus cuentas organizadas. Sócrates, Platón y Aristóteles decían que la felicidad venía de recompensas internas, de los logros conseguidos, en definitiva, de nosotros mismos. Pero no podemos obviar el contexto porque ahí está la respuesta a ese 29 en el atlas de la felicidad.

 

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