
No es un escrito de viajes, es una elección de vida, de amistad.
Cualquier viaje arranca con un paso, nacen caminos nuevos, desconocidos, llenos de incertidumbres en atardeceres errantes, difusos, positivos, llenos de emoción por vivir inesperadas sensaciones.
En los amaneceres de luz, reflejo de la ilusión y esperanza, vemos evolucionar el día de fuego, enfrentándonos minuto a minuto a nuestros miedos y sueños. Maravillados vemos el horizonte, línea de un instante, fusionada de aromas salpicados de rutas ignoradas, inalteradas, escondidas para el resto del mundo, de desconocidos destinos; ahora abriéndose a nuestra mirada, sin artificio, hasta llegar a convertirse inexplicablemente en una fragancia obstinada, tentacular, que te abraza con apretada ansia y te sumerge en una necesidad ávida, que al final se escapa entre los dedos, como un suspiro en una tarde de verano.
En lo más profundo y sublime de nuestro ser, reflexionamos sobre qué camino seguir, aspiramos a trazar un surco indeleble, invisible, pero con voluntad e instinto, deteniendo el tiempo, elegimos nuestro destino en un instante, unas veces con experiencia otras por ignorancia, así vamos madurando imperceptiblemente, paso a paso, poco a poco, sin reposo, sin descuido; echando otras veces a suerte ese desconocido e ignorado sino, esa eventualidad sensorial que nos marca el azar; es un espacio caótico, de sueños placenteros, indolentes, evocando acomodo en un mundo mejor.
Las personas que encontramos por el camino, suelen ser amigos nómadas sin rumbo fijo; sin artificio, compartiendo amigablemente sus horas marchitas, con alegría, sin límites, rozando el tiempo, sorbiendo la brisa que nos inunda saturada de estancias de libertad. Horas que se alargan bebiendo el pulso de la noche, saturando los sentidos, salpicados de melodías, vamos evocando horas y viajes, momentos y dudas, orientándonos reposadamente en esa comunicación casi sin palabras; de humor inspirado de verdadero corazón, más ardiente y generoso, esencial, que se escurre entre los labios.
Queremos (quisiéramos) tallar la madera surgida de la tierra con nuestras gubias y martillos, queremos dar forma a esa materia de refinada humanidad, que nos espera en su interior, revelándonos esas texturas evidentes que solo los artistas adivinan en su compleja integridad, contribuyendo a materializarla, sacarla al exterior, paso a paso, proceso lento y gratificante, después de años de experimentación y oficio, se convierte en un acontecimiento revelador suave al tacto o de abrupta casi mitológica identidad.
No encontramos la posibilidad de seguir nuestras propias huellas; si llegas, no te has ido, y si vuelves no lo habrás conseguido; todo marcha sin que nosotros queramos, volviendo una y otra vez al principio, como si trasparentes fueran nuestros cuerpos, en absoluto distantes, retrasando la partida sin marcharnos, reconciliándonos con la humanidad que frecuentamos, nos sorprendemos escuchando un gesto, una mirada perdida, con espíritu amable al final, sonreímos a la vida.

