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ENTRE TÚ Y YO

Entre tabernas y birras

Consuelo Aguayo Martes, 21 de Junio de 2022 Tiempo de lectura:

 

Hoy no podría escribir sin tener en cuenta que la caló que está cayendo en este aperitivo del verano nos está reblandeciendo un poco a todos la corteza cerebral, pero ¡a ver quién es el guapo que deja el aire acondicionado puesto todo el día a los precios que está cogiendo la electricidad! Esperemos que baje (hablo del termómetro, claro, la luz ya estará por ver).  Y es que aunque eso del calor me  tiene hoy un poco papanatas sé que ustedes sabrán perdonarme si se me escapa alguna tontería, disparate o gazapo.

 

Voy a empezar compartiendo con ustedes un secreto. Siempre lo he dicho: la  vida del turista es muy dura. Recuerdo mi visita al Foro Romano en la Ciudad Eterna a unas horas y con una temperatura de esas en las que en mi pueblo no se atreven a pasar ni las horas del reloj, pero la guía hablaba y hablaba impertérrita debajo de su infalible quitasol mientras que del abnegado grupo de turistas no salía ni un suspiro (no me queda muy claro si era por prestar atención o porque alguno ya tenía seco el cerebro y el cerebelo, no sé). El caso es que amigos con los que siempre he compartido vacaciones, mesa y mantel declinaron la visita de los Foros y se acogieron a la opción de la Iglesia del Gesú por la que ellos decían “estar más interesados”.  Les confieso que pronto descubrí el motivo de su opción: las iglesias y las catedrales son los lugares perfectos de refugio de turistas en las horas más tórridas del día. Allí dormitaban secreta y plácidamente muchos turistas en sus bancos con un frescor de absoluto microclima del Himalaya. Tomen nota.

 

Pues a lo que vamos, los romanos, mira si no tuvieron un pelo de tontos que fueron unos de los primeros en inventar las tabernas, otros lugares de refugio (pero no de oración) muy frecuentados desde entonces. El emperador Trajano en su afán filantrópico quería dejar un amplio programa de construcción de edificios públicos para mejorar la vida social de los ciudadanos, así que le propuso al mejor arquitecto de la época, Apolodoro de Damasco: “¿qué te parece si construimos mercados, puertos, aeropuertos, helipuertos (¡ah, qué despiste! perdón, estos dos últimos no, si es que con el caloret, ya se sabe) y así dejamos monumentos perdurables en Roma para la eternidad y nos hacemos famosos? “. Aquella propuesta le entusiasmó al arquitecto que  inmediatamente se puso manos a la obra (nunca mejor dicho).  Su huella fue más que notoria en las construcciones romanas, diseñó el Puente de Trajano, la famosa Columna de Trajano, el Panteón de Agripa y numerosas obras  en vías públicas y mercados (como el de Trajano, claro está ¡caramba con el nombrecito! seguro que el emperador le pagó bien al arquitecto por el marketing que hizo de su marca), además edificó teatros, circos y todo tipo de lugares de diversión.

 

Con muy buen criterio, Apolodoro procuró que las calzadas romanas tuviesen lugares confortables en los  que los comerciantes intercambiasen cómodamente sus productos, y así diseñó las tabernas (esas sí que iban a dejar huella, sí) que eran sobre todo lugares de encuentro de mercaderes en los que igual se vendía fruta como se daba talleres e incluso se regulaba intereses financieros. Andando el tiempo se convirtieron también en posadas con el fin de ofrecer hospitalidad a los comerciantes que llegaban a los grandes mercados, fundamentalmente a través de la Vía Apia, y a partir de ahí lujosos hoteles alrededor de los cuales se fueron construyendo las ciudades (yo creo que ese fue el origen de las grandes superficies, pero no me hagan mucho caso que hoy estoy espesa).

 

Trajano también se revistió de gloria y no sé si fue por su filantropía o porque los otros emperadores eran unos depravados (en esto no conviene ahondar mucho), pero el caso es que pasó a ser uno de los emperadores más serios y correctos, características que hicieron de él el mejor de los príncipes que sabía gestionar bien los asuntos públicos.

 

Tabernas hay ya en Roma, en Viena y especialmente en España que no se apartan totalmente de su origen pues en ellas se arregla el país, se marca las pautas de la política, se gana o pierde elecciones, son lugares de encuentro de fanáticos de los equipos de fútbol, se vende o compra cortijos, se formaliza tratos y un sinfín de actividades filantrópicas y no tan filantrópicas que culminan alrededor de una birra (del latín también ´bibere´, beber), una pinta (antigua medida para los líquidos) o una cerveza (dicho a la española).

 

Para los muy interesados en las tabernas romanas les recomiendo que visiten  las excavaciones de la ciudad de Pompeya (eso sí, no hagan como yo, procuren ir a primeras horas del día y provistos de sombrero y quitasol) en las que podrán visitar un Termopolio que se ha descubierto no hace mucho, es decir, un lugar donde se servía comida y bebida rápida (vamos,  que los romanos ya sabían eso del take- away), incluso podrán ver alimentos que aún se conservan intactos, tal vez las tapas de aquella época, así al interés histórico de la visita debe sumarse el atractivo gastronómico si es usted un buen gourmet.

 

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