
Es tan bajo el nivel intelectual y profesional de gran parte de nuestros dirigentes políticos que no podemos recriminarles su incapacidad de resolver los graves problemas económicos y sociales que estamos atravesando. Sin embargo, son especialistas cualificados del populismo, la demagogia y la sobrevivencia en un cargo para el que no están preparados y que representa la única forma de vida confortable a la que pueden aspirar.
Probablemente es un mal que deriva de un sistema electoral que obliga a votar a un supuesto líder del que tenemos algunas referencias seguido de decenas o centenares de anónimos de quienes no conocemos ni sus estudios, ni su profesión, ni sus méritos, ni su capacidad, ni siquiera de su equilibrio sicológico, y a veces ni sus relaciones con la justicia penal.
Cuando accidental e interesadamente algún partido ha fichado a personalidades relevantes de la economía o de la cultura la relación ha sido corta y tormentosa. Sólo ha durado el tiempo justo para comprobar que el deseo de aportar al bien común con personalidad y conocimiento era incompatible con la manipulación política y con la denigración moral.
Así, los partidos se han corrompido, convirtiéndose en sectas ideológicas donde los únicos valores reconocidos y premiados son el fanatismo, la sumisión a la jerarquía, la defensa de lo indefendible, el aplauso incondicional, el servilismo rastrero y el postureo estulto. Me contaba un valioso diputado de la Asamblea de Madrid, muy crítico con la actuación política del Presidente, (tiempo después imputado), como había recibido el reproche de sus compañeros de partido por no aplaudir con el suficiente entusiasmo la intervención parlamentaria de aquel. Por eso admiro cómo rara avis los escasos ejemplos de políticos que públicamente han manifestado su opinión leal, cualificada y discrepante de las decisiones de sus partidos, admiración que deriva de ver sacrificada su carrera política y su economía por defender la libertad de juicio y de conciencia.
La economía española atraviesa un momento de dificultad muy grave derivada de una tormenta perfecta: inflación desbocada, deuda publica gigantesca, crisis de suministros, costes energéticos, gasto público desmesurado, conflictos bélicos, tablero geoestratégico, etc. Las empresas que no han sucumbido están en muchos casos al límite de su resistencia y los ciudadanos angustiados para atender a las necesidades mínimas vitales.
Y es en situaciones como esta cuando se necesita más que nunca, generosidad y liderazgo competente y lamentablemente sólo recibimos titulares de iniciativas improvisadas que quedan diluidas con el paso de los días o nos escudamos en Europa para tomar las decisiones que solos no sabemos tomar. Se necesita anticipación y realismo para lo que viene, capacidad de evaluación y decisión valiente, y de eso poco o nada.
Mientras las empresas cierran, los alimentos se convierten en un lujo, los carburantes en un privilegio de pocos, y la incertidumbre es el compañero de vida del trabajador, del joven, del empresario o del pensionista, nuestro Gobierno nos enzarza en enfrentamientos innecesarios, dedica recursos públicos a ilusionar expectativas ideológicas y generar malestar y deterioro de las instituciones.
Necesitamos con urgencia profesionales de nivel con vocación de servicio público, capaces de tomar las decisiones adecuadas por difíciles que sean, sin esperar votos para conservar el empleo.
Nuestra sociedad vive en un estado de progreso, pero no en un estado de bienestar que sólo disfrutan los que viven a costa del esfuerzo del prójimo.
Un gran y encomiable titular del Gobierno ha sido que de esta crisis nadie iba a quedar atrás y creo que lo va a conseguir. Nadie va a quedar atrás, todos vamos a quedar en la casilla de salida.

