
A principios del siglo XX las panteras y los leopardos se pusieron de moda en las fiestas que la aristocracia europea organizaba en sus casas. Coco Chanel tenía esculturas de leones en su mansión de la Rue Cambon, leones que también aparecen en su lápida como símbolo del poder y la fuerza. El diseñador Christian Dior puso de moda el animal print elevando el estampado de leopardo a la alta costura. En 1947 la maison de la Avenue de Montaigne se llenó de prendas felinas que son ya parte de la identidad de Dior. Las mujeres sucumbieron ante el encanto, la libertad, la elegancia e independencia que sentían al llevar el estampado felino.
En 1914 Louis Cartier, nieto del fundador de la prestigiosa joyería, conoce a Jeanne Toussaint, mujer de buen gusto en el vestir y gran amiga de Coco Chanel. Madame Toussaint adoraba las pieles de pantera, estamos en 1914, aclaro por si acaso, y es ella la que anima a Louis Cartier a hacer un safari por Kenia. A su regreso, el joyero convirtió a la pantera en el animal encargado de representar el espíritu de la firma. Este bello felino, símbolo del poder, la seducción y el triunfo, quedará unido para siempre a Cartier a través de los broches, anillos, pendientes y brazaletes de Wallis Simpson, Bárbara Hutton, la princesa Nina Aga Khan, María Callas, etc.
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Broche de zafiros y diamantes blancos y amarillos sobre zafiro de 152,35
Quilates. Fue propiedad de Wallis Simpson, duquesa de Windsor
Llegados a este punto, no puedo dejar de mencionar el reloj Panthère de Cartier, otro icono de la maison que se hace, como no podía ser de otra manera, en La Chaux-de-Fonds, Neuchâtel, Suiza, una localidad que me toca muy de cerca ya que es el sitio en el que se conocieron mis padres y en el que nació mi hermano mayor. Allí se encuentra el fabuloso Museo del Reloj que merece una visita.
A continuación, dejo un vídeo de 2014 para lucimiento de los mininos y de algunas de las joyas más representativas de la firma. Ese año Cartier celebraba el centenario de su emblemática unión con la pantera. Por aquel entonces se hizo una gran exposición en el Grand Palais de París, ahora el sitio elegido para lanzar su última colección es el madrileño Palacio de Liria. Durante dos semanas Madrid será la capital internacional de la alta joyería.
El Grand Palais, por otra parte, ha sido el lugar por excelencia utilizado para los desfiles del Káiser de la moda: Karl Lagerfeld, el alemán que reflotó la Casa Chanel cuando estaba en vías de desaparición. Le aconsejaron que no aceptara diseñar para la maison. Y se equivocaron todos. Gracias a su gran imaginación reinventó el estilo de Coco Chanel, pero sin perder su esencia: botones, lazos, camelias, perlas, el blanco y el negro y los trajes tweed siguieron formando parte de sus colecciones. Entró como director creativo en 1983 y allí estuvo hasta su fallecimiento en 2019. Sus bocetos eran impecables, los entregaba y las costureras cosían sin preguntar. Antes de los desfiles todo era orden y perfección. El Grand Palais se convertía cada temporada por obra de Lagerfeld en un escenario diferente: una terminal de un aeropuerto, una playa paradisiaca, un salón de juego o una estación de esquí. Este último decorado suyo fue póstumo.
Su personalidad tampoco dejaba indiferente a nadie, su agudeza mental le hizo ganarse algunos enemigos. Pocos en realidad. Le gustaba la vida, su trabajo y no pensaba jamás en el pasado. Sin quererlo se convirtió en una estrella de la televisión, adelgazó 40 kilos, vendió todos sus muebles de estilo y transformó su mansión del siglo XVIII, situada en el barrio de Saint-Germain-des Prés, en un espacio moderno en el que trabajaba sin descanso en compañía del felino de su vida: Choupette. Aquí quería llegar yo.
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Un modelo de la firma le dejó una preciosa gata de raza birmana para que la cuidara mientras estaba fuera. A su regreso, Choupette ya era de Lagerfeld. Se enamoró de ella. La gata fue protagonista de diferentes campañas de publicidad por las que ingresó tres millones de euros. Lagerfeld publicó un libro sobre ella (The private life of a high-flying fashion cat) que la “Mirada felina” tiene en casa. Qué aburrida sería la vida sin un poco de excentricidad. Y sin curiosidad. Choupette viajaba en avión privado y tenía dos cuidadoras, un guardaespaldas y un veterinario que la visitaba cada mes. Su transportín de Louis Vuitton rivalizaba con su travel set de Goyard donde llevaban sus platos de comida. Françoise decía que su equipaje era tan voluminoso como el de Mr. Lagerfeld, ella lo sabe bien porque es la persona que ha recibido en herencia a la gatita millonaria. Sí, porque el Káiser lo dejó todo bien atado. Su gata era su princesa, era rica y a quien se quedara con ella no le iba a faltar de nada. Françoise ya cuidaba de Choupette en vida del diseñador. A día de hoy tiene una cuenta en Instagram con 112.000 seguidores y goza de una más que acomodada jubilación. He aquí la vida de una gata de altos vuelos. El día que Choupette “se vaya” está previsto que la incineren y que descanse para siempre junto a su daddy que tanto la quiso. La “Mirada felina” sigue a la gatita influencer a través de Instagram. Está cuidada, se va de vacaciones a la Provenza o a Marbella y, de vez en cuando, visita la mansión parisina en la que creció.
Joyas, estampado animal y la bella Choupette han protagonizado la columna más felina escrita para este periódico. La influencia de los animales en la joyería y en la moda es un clásico, podría hablar de Bulgari, por ejemplo, pero mejor me quedo con la impronta que las panteras y leopardos han dejado de por vida en sus respectivos sectores. Y en sus dueños, ¿quién hubiera dicho que el Káiser se iba a enamorar de una gatita? El poder de los felinos no conoce límites, de ahí que sedujeran al exquisito mundo del lujo parisino. ¿Verdad Maximiliano? Bien fait mes amis.

