
Me miro y desde la presbicia y miopía me acerco a un caleidoscopio que según cuque el alma, la razón o ambas, veo imágenes diferentes y si encima escucho a otros y combino los dos sentidos las imágenes se asemejan a un mural entre naif y surrealista.
Solicitada mi adhesión a un ERE, aquí me encuentro. Obvio es que a nadie le amarga un dulce como obvio es que a nadie le endulza una gota de limón y aquí estoy entre el pan de calatrava y el granizado de cítricos. Desde que tuve la certeza que iba a solicitar la desvinculación de la empresa el torbellino emocional empezó a soltar puras sangres a la carrera en la playa de Sanlúcar de mi cuerpo; todo era un ir y venir entre la alegría, la ira, los recuerdos, la tristeza y si, también la vergüenza.
Más de 30 años en una dinámica hacen callo, generan conductas que de un plumazo no es sencillo modificar y acostumbrada a planear, a organizar se sigue ese camino y en este caso, con prisas “que la vida me cambia, que tengo que organizarme” y de mil treinta y tres “ais” propios y otros tantos ajenos salen las temidas listas de cosas por hacer. “tu apunta todo lo que siempre has querido hacer y no has hecho, no te dejes nada, venga, venga” y por mucho que practiques la técnica de respiración 4-7-8 los caballos siguen trotando sin parar. Vas de estudiar idiomas al taller de macramé en un suspiro y en otro suspiro incorporas, por recomendación de alguien, el gimnasio.
Y no hay freno, la lista se alarga y de cada opción se expande una tela de araña, ¿Idiomas? ¿on-line, escuela de idiomas?, ¿francés, inglés, chino mandarín?, ¿Gimnasio? ¿Yoga, Pilates, andar, fixboxing?, ¿Macramé? ¿Maceteros, cortinas?
Conforme voy comunicando a gente querida y a conocidos mi cercana situación, veo la alegría en sus caras y oigo “que envidia, si yo pudiera” y esa observación despierta en mi cabeza otra vez al enanito burlón “Anda que como no te admitan la salida, ¿cómo vas a ir de uno en uno explicando que rebajen la envidia? Bocaplancha que eres una bocaplancha, deja ya de comerte el pollo antes de cocinarlo, menudo papelón como no entres en el ERE”.
Los días hasta la comunicación oficial son de esos de 36 horas. Una duda detrás de otra, ¿le habré dado bien al botón?, lectura, varias veces al día, de las condiciones necesarias para solicitarlo, ¿las cumplo, no las cumplo? ¿Cuándo nací? Y de las matemáticas ni os cuento, folios y folios llenos de sumas y restas con variaciones, permutaciones y combinaciones para llegar antes de tiempo a ni se dónde, buscando argumentos matemáticos que refuercen mi decisión y procurando generar una burbuja que me aleje de los rumores, de las noticias precipitadas y a la vez, sin verme, rompiendo la burbuja por alguna esquina buscando rumores y noticias. ¡Todo vale si calma o… te pone más de los nervios!
Y tirando de cosas que sé y no sé de donde, manipulé mi cerebro para reír, para llorar, para respirar y obtener la calma necesaria para que la espera no me desesperara y así andaba por las calles de mi Murcia querida y en el horario de trabajo unas veces con una cara que si me cruzo con un doctor certifica mi óbito, otras con otra que si me cruzo con Fofó me ficha para el circo y otras inflando mis carrillos practicando la respiración abdominal, Así, sin pudor, me mostraba por las calles.
En casa y con mis referentes emocionales era otra cosa, y desde aquí agradezco el aguante que han tenido para soportarme, ha sido la mejor demostración de amor que he vivido nunca porque la realidad es que lo he puesto muy difícil.
Pasados multitud de días de 36 o 40 horas llegó, llegó un email, lo de esperar una carta certificada o una llamada telefónica es de otro siglo, y ahí estaba mi futuro. Si, la entidad decidió aceptar mi solicitud de adhesión a la medida de baja indemnizada. Decisión irrevocable y se me comunicaría con antelación suficiente la fecha de extinción.
Y aquí empieza otra historia que, si me lo permiten, iré compartiendo con todos.

