
Cuando Europa todavía usaba la loza para comer, en China ya se utilizaba un delicado material blanco, duro y translúcido: la porcelana. A esta “Mirada felina” le interesa el exotismo oriental que tanto cautivó a Marco Polo y a los reyes y nobles europeos. Cada país tiene algo que aportar. Algún descubrimiento que, en el caso de los chinos, se guardó con mucho celo. El secreto de la porcelana estaba en el caolín, tuvo que llegar Meissen en el siglo XVIII para “dar con la tecla” de tan preciado objeto de deseo. A partir de ahí las fábricas de porcelanas proliferaron por toda Europa, Sèvres, Limoges, Worcester, Buen Retiro, etc.
La existencia de porcelana china en España se remonta hasta los Reyes Católicos, es más, gracias a la supremacía naval que tuvo durante siglos, España fue capaz de competir con otras potencias como Gran Bretaña o los Países Bajos en la adquisición y transporte de bienes orientales. Felipe II estableció en Filipinas el centro del comercio español con Asia. La ruta no era una broma, los galeones partían cada año desde Manila hacia Acapulco, una vez allí, la mercancía compuesta por seda, porcelana y marfil era transportada hasta Veracruz, desde donde salía hacia Cádiz. Ni qué decir tiene que muchas piezas terminaban en el fondo del mar debido a los temporales. O en colecciones británicas. Sir Francis Drake, por ejemplo, observaba los movimientos de los galeones españoles con mucho interés. Sin duda, España era el objetivo a batir. Esta porcelana se realizaba en China para Europa, las formas y decoraciones eran del gusto occidental. Nada que ver con lo que hacían ellos para su propio consumo, es el llamado Chinese Export Porcelain.
Siempre he sentido fascinación por lo lejano, por el arte oriental. Sedas, dibujos, lacas, biombos y porcelanas finamente decoradas atraen fácilmente mi atención. El diseñador Valentino, por decir un nombre, es una persona que convierte en arte todo lo que toca. Sus cenas son experiencias dignas de ser fotografiadas. Es cliente de un anticuario en el que pasé muchas horas trabajando y que está especializado precisamente en porcelana china y arte oriental. Allí tuve la ocasión de admirar piezas únicas. Raras. Algunas extravagantes como las que muestro en la foto. Soperas con forma de ganso o de jabalí. Admito que esta última no era de mi agrado hasta que un día entendí que su puesta en escena podía ser espectacular. Estas soperas suelen ser casi todas del siglo XVIII, dinastía Quing. Esto es el llamado Chinese Export Porcelain, es decir, arte chino adaptado al gusto europeo que he mencionado un poco más arriba. La cena está servida en el domicilio londinense de Valentino con las soperas como protagonistas.
Pero, ¿y qué hay de los bouquets que adornan su mesa? Eso no es un invento de Valentino. Catalina de Médici, reina consorte de Francia desde 1547 hasta 1559, fue una mujer de un gusto exquisito que introdujo las decoraciones florales en los banquetes de la corte, al igual que la costumbre de comer con tenedor. Su procedencia florentina le permitió estar en contacto con los mercaderes venecianos y lo que traían de Oriente, en este caso de Constantinopla. Al principio, este utensilio fue visto con cierto recelo entre los franceses, pero su popularidad fue tal que en el siglo XVII en Francia se dejó de comer con las manos.
También se dice que fue la fundadora de la gastronomía francesa. De entre todo lo que introdujo en Francia (helados, espinacas, alcachofas…) lo que me interesa son los petits choux. Yo he crecido con ellos. Son unos delicados bocaditos de pasta choux rellenos de nata o crema pastelera. También se pueden hacer salados por lo que son ideales como aperitivo. Hay variantes muy conocidas como los éclairs o los profiteroles. La repostería al ser una ciencia exacta requiere gran precisión, el peligro de los petits choux es que una vez horneados pueden hundirse. Se hacen a base de agua (caliente), mantequilla, harina y huevos. Pero el secreto está en la masa. Y en el horno. Et voilà.
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Los petits choux originalmente se llamaban pâte chaud, pasta caliente. En el siglo XVIII se perfeccionó la receta y se le cambió el nombre por el de choux dada su similitud con una pequeña col. Algo pasa en Francia con esta palabra, ya que entre las parejas es habitual llamarse de forma cariñosa como mon choux. Si es que este bocadito no puede ser más dulce.
Esta “Mirada felina” ha querido hacer hincapié en cómo las porcelanas vinieron de China a Europa para embellecer las mesas de los nobles y burgueses, y hacer del café, el té o el chocolate un momento agradable y placentero. Pero también en el tenedor que llega a Francia desde Constantinopla vía Italia. Y en los deliciosos petits choux que tiene origen florentino gracias a los chefs que Catalina de Médici se llevó consigo a Francia. Y en cómo un diseñador, al que llaman “el emperador”, y una reina tienen como nexo de unión la decoración de las mesas y el gusto a la hora de recibir a sus respectivas “cortes”. Si es que el mundo, a pesar de todo y aunque a veces cueste verlo, puede ser un bocadito de nata lleno de belleza y sabor.
Para finalizar, diré que vajillas hay muchas. Caras, baratas o de gran almacén sueco y todo es válido porque, a día de hoy, no hay tiempo para poner soperas con forma de ganso a no ser que seas Valentino. Pero la repostería perdura, en mi caso hasta en el olfato. Y mon choux para siempre en el corazón.
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