
Mi cabeza, conocedora de que en algún momento firmaría 'los papeles', se empeñaba en seguir fustigándome con órdenes, mandatos e incluso insinuaciones sobre mi falta de competencias para moverme en un sinfín de idas y venidas por organismos y despachos virtuales. “Ya verás como cuando llegue el día te va a pillar con algo sin preparar, ya lo verás. Entonces tendrás que correr y molestar a alguien, fijo que te pilla el Miura”.
Desde que conocí la situación hasta que se produjo entré en una nueva espera en la que saltaban como pulgas otras emociones. Hice repaso de mí, de situaciones, de personas y de gente; busqué dónde había fundamentado mi deseo de no seguir donde había pasado más de 30 años. No tuve que tumbarme en un diván para rebuscar en tiempos remotos, lo encontré en un pasado muy cercano y en mi forma de querer ser, que una no siempre consigue (¡una cosa es como se es y otra es trabajarse para ser como se quiere!).
Si alguien me pregunta si estoy contenta y si vi venir lo que hay, la respuesta es no y no y sí y sí.
No estoy contenta y no lo vi venir, porque en mi formación familiar y emocional no se contempla dejar las cosas a medias, porque cumplir con las etapas de la vida y ser fiel al principio de lealtad y credibilidad es básico. El respeto por quien te acompaña, en este caso laboralmente, viene de serie. Además, cierta soberbia es más que recomendable en algunas situaciones, y la dignidad y el orgullo de saber que he sido leal, trabajadora sin descanso y que he hecho lo que en todo momento se me ha pedido con profesionalidad, intentando ser fiel a mi compromiso de no perjudicar, pesa bastante.
Sí estoy contenta y sí lo vi venir, porque por mi formación familiar y emocional cuando no percibo en mí lealtad y credibilidad, cuando el discurso no me atrapa en un “vamos”, lo mejor, es tragarse la soberbia y los tacones de la dignidad y decir hasta aquí. Cuando se rompe la cadena del respeto, y esta sociedad en general va armada con cizallas, lo más saludable es decir (y a mí por suerte se me ha puesto en bandeja): “no me quedo aquí”.
No había día que no buceara por la web para preparar el espectáculo. Sefcarm, SEPE, Seguridad Social, Fábrica Nacional de Moneda y Timbre, AEAT. Todo en secreto. Emulando un célebre anuncio de pomada para que no se me vieran las vergüenzas tecnológicas. Y ya que estamos, confieso dos visitas a esa infernal máquina de la comisaría que te recibe para activar tu DNIe.
Todo listo para la traca final: certificado digital, DNIe, clave pin, y un sinfín de contraseñas y palabrejas para el gran momento. Todo apuntadito y en perfecto estado de revista para ese coronel, que metido en mi cabeza manda y manda y no da descanso. Tanta mecha puse, que obtuve tres citas en el Sefcarm, cuatro en el SEPE, una en el INSS y… un contacto con un 'personal shopper' en un gran almacén antes de tiempo. Varios @ que, de una forma muy amable para los tiempos que corren, me decían: “su situación actual no es compatible con la cita solicitada”. En murciano de aquí: “nenica, deja ya de darle al botoncico que nos revientas la web”, me pusieron en mi sitio. ¡Lo que no consigo entender es el porqué de la negativa del personal shopper!
De cómo obtuve todos esos certificados, contraseñas y altas en distintas web, lo confesaré más adelante cuando me reponga del tremendo gasto calórico y neuronal de este nuevo deporte de riesgo que es hacerlo todo por internet.
Durante aquellos días, los encuentros con compañeros en la misma situación se multiplicaron de forma exponencial, un ir y venir de tráfico con consejos, con experiencias de otros que lo vivieron hace tiempo, de listas con “cosas para hacer” en nuestro ya cercano futuro: “yo ya me he preinscrito en la escuela de idiomas”, “yo ya me he matriculado en cocina medieval”, “yo me he descargado una App maravillosa con rutas por España”, “yo me he atrancado en el certificado digital, ¿es necesario?”, “no os descuidéis y poned mucha atención a las fechas”, “ojo al rellenar la solicitud del paro, que luego se te lía una con la renta que apaga y vámonos”.
Y corrí y corrí, y pasé del café a la tila y a la pasiflora, porque me palpitaban hasta las pestañas, hasta que me di cuenta de que estaba corriendo por las prisas de otros, y los otros quizá por las mías, y que como siguiera así podía llegar tarde a lo que más me importa: mi propia vida.

