
El verano es como un gran espejo colgado en mitad de la nada, un lugar estratégico en lo que lo real, superfluo e imaginario se confunden con una profundidad aparatosa. El reflejo de la vida se detiene por un gran motivo que ciega los ojos. Ahí está el mundo entero, como un encerado escrito, iluminado. Ahí se representa la vida con todas sus consecuencias. No solo reflejamos la imagen que deseamos con toda el alma que nos resuelva esa impronta para sentirnos bien; lo mejor es lo que esperamos de nosotros, que no es otra cosa que versiones aproximadas de nuestra realidad concreta, ya que recibir la propia imagen física da una percepción de lo que ocurre en nuestro interior.
Sin atreverme a hacer una afirmación verídica de lo que se ve frente al espejo veo con atención lo que tiene vida por sí mismo sin más argumento, como unas flores colocadas encima de la mesa, que se alargan embelesadas por el encanto que desprenden. Si se observa con detenimiento aparece una nitidez suave, firme en el estado de las cosas que se mueven por la influencia de la mirada que todo lo puede. Una visión tan real que nada se cuela en ella de una manera ficticia, recibimos lo que hemos elegido, o más bien lo que podemos elegir.
Existen otros reflejos que no tienen cabida en lo realmente físico, que no dan respuestas a nuestras dudas. Llegan del interior del ser como comportamiento de cada uno individual. Dejamos una huella en la vida que sería la aportación de nuestro paso por el mundo. Todo lo que hacemos trasciende a la sociedad, queramos o no. Adquirimos una responsabilidad al nacer. No somos seres ajenos a lo que nos rodea. De esta manera la vida se va construyendo con la ayuda de todos. Y nos hacemos preguntas: ¿Qué futuro elijo? ¿Dónde estoy ahora? ¿Qué puedo hacer para aliviar la tierra? Cada rincón del espíritu sucumbe a estas incógnitas que están ahí sin solucionar. El decorado está hecho a medida, diseñado por el hombre, poco a poco, desde el principio de los tiempos, y vamos corrigiendo nuestro propio destino; si no lo hacemos vaciaremos nuestra pobre libertad en pos de uniformar la vida de todos, que parece preparada para ese fin.
Desde el tiempo de los Antiguos griegos, la juventud sale a la calle con ideas revolucionarias, radicales, entusiastas por la fe que tienen en ellos mismos. No quieren ninguna atadura que detenga su vida. Andan por la montaña manifestando su amor por la naturaleza. Otros se dejan caer en la toalla cuando el sol cae de plano sobre las cabezas como un toldo ardiendo. Los adultos mucho más moderados, conservadores, tal vez hayan conseguido descansar de esa idea que adoptaron y que ya no la necesitan pues los paraísos a los que aspiraban se han hecho diferentes.
Una persona que ha vivido muchos años acumula una experiencia que viene de una maduración interior donde todo ocurre como efecto de esa inquietud por aprender. Sí, la vida hace más solitaria a la persona que ha logrado formar una personalidad, si no al margen de lo que sucede, sí paralela, donde salvaguardar su existencia que ha proyectado por sí misma. La paz y la armonía son referencias más que suficientes para crear un paraíso personal mientras se vive; al caer en la cuenta de cómo funciona el mundo, cómo son los arquetipos científicos, filosóficos y psicológicos entra en acción el propio yo indefenso, pero protector.
La pereza de un domingo caluroso de verano hace que estas pequeñas cosas que merodean la mente adormecida, sean temas como otros tantos que, en alguna ocasión vienen de súbito a la memoria, porque antes se han pensado, se les ha dado muchas vueltas, y sin ruido que entorpezca el momento, salen a la luz.
¡¡Lo mejor, para esta semana de julio!!

