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ENTRE TÚ Y YO

Primeros encuentros

María Belén Albaladejo Miércoles, 27 de Julio de 2022 Tiempo de lectura:

 

¡Ya salgo a las calles de la ciudad! He vuelto al café y, por las fechas, lo tomo con hielo. 


Resistente todavía a asumir el sin horario, sin saber cómo gobernarme, voy dando tumbos. Me encuentro con compañeros y vamos recogiendo más gente en la mesa de un  desayuno sin prisa. 


Una novedad que he incorporado con mucha alegría es la  de echar, con calma, el café en el vaso con hielo para que no salpique. E imagino, que en invierno cerrado, esperar a que se enfríe un poco y no asesinar mentalmente al camarero por lo que tarda en traer el trozo de pan, será otra novedad que viviré con absoluta placidez y que más de uno, al verme el gesto sereno,  agradecerá. Yo me he prejubilado. Y conmigo, espero que en breve, mis pies, mis manos, mis prisas al hablar, el tono de voz, mi pensamiento  y mis ojos abandonen el circuito del Jarama y entre en una calma capaz de no exigir velocidad a nada ni a nadie.


Algo inconsciente, pero perceptible, debe haber en un ERE  que me lleva a ser monotema, a mantener los hilos laborales, a buscar personas en la misma situación para hablar de lo mismo y lo mismo. Aferrarme a la creída seguridad de los años pasados. Creída no significa cierta y el sentimiento de inutilidad que tuve al inicio de todo esto me llevó a seguir agarrada a una maroma laboral: “Esto es lo que he hecho toda mi vida, no sé hacer otra cosa, ¡madre mía, madre mía! Un ojal ¿se corta la tela antes o se cose y luego se le hace el tajo? Si pincho una rueda ¿se  aflojan los tornillos antes de poner el gato o va a lo bruto? Inútil, que eres una inútil”. Lo creí como me creí al Ratoncito Pérez hasta que pillé a mi madre poniendo debajo de mi almohada una flamante moneda de 25 pesetas y un maravilloso flash de naranja. No es cierta mi inutilidad y me lo demostré. Pinché y me “pillé” cambiando una rueda perfectamente. ¡Toma, sé cambiar ruedas! Con los ojales me probaré en breve. 


De momento, las conversaciones de esos encuentros están muy centradas en los recuerdos, aferradas a la maroma (parecemos “las chicas de oro”, “Sicilia, 1920…”), en elaborar listas (y yo sin tener la mía perfilada) y en algo de crítica sobre  las formas y  “desformas”. Ejercicio sano siempre que la sangre no llegue al río y el tono no sea beligerante.

 

Vaya por delante que me espantan las generalidades. Si en el grupo estamos hombres y mujeres y se acerca algún conocido o conocida, después del: “¡Cabrones, qué bien que estáis, envidia me dais!” pasamos al: “Y ahora, ¿qué?”. Y sin darnos tiempo, se responden: “Fulanito, ¿te buscarás una “empresica” para llevarle los libros?  El año que viene ponte con el programa Renta Web y te inflas a hacer rentas. ¿Y una inmobiliaria para colaborar? Menganita, ¿te has apuntado ya a algún curso de restauración de muebles o de jardinería? Tu hija agradecerá que te ocupes de tu nieta. No os quejaréis, todo el día para pasear por las tiendas de Platería y la Gran Vía”. Tremendo el ver que, todavía en el ideario de algunos y algunas, la mujer sigue siendo una anécdota.


Se ve que los años que hemos pasado dirigiendo, resolviendo, tomando decisiones, ejerciendo unos compromisos profesionales reales y fructíferos fueron un tiempo de anécdota y ahora, volvemos a lo “nuestro”. ¡Como todavía voy en F1, se me enciende el genio! Y no precisamente el de la lamparita, más bien el que mi  madre definía como “ser rabúa”.  Además sé que este fuego  no lo voy a extinguir, porque no quiero, ni cuando vaya a  ritmo de mini kart a pedales.


 Y repito, para que no haya ofensa ni duda, que las generalidades me horrorizan. Tenemos que provocar  cambios como sociedad para que ese lenguaje y, sobre todo ese  ideario, se defenestren de la cotidianeidad. Ya sé que estamos en: “Son frases hechas, maneras de hablar, realmente no se piensa”. Pues bien: PENSEMOS, POR FAVOR, Y HABLEMOS. Entre que decimos lo que no pensamos (eso oigo constantemente y me hierve la sangre) y pensamos lo que no decimos (se percibe en los gestos y en algunas formas y me hierve la sangre) llevamos ya unos siglos atascados y en clara involución.


Es lo que tiene volver a las calles.  Voy mirando, voy oyendo con la intención de reconocer, e incluso  conocer,  un mundo del que he estado ausente, quiero ver lo que miro y escuchar lo que oigo, quiero palpar el asfalto. Quiero, parafraseando a una querida amiga, contextualizarme o, después de un ejercicio voluntario, ¡seguir descontextualizada de determinadas acciones y actitudes!


Esta es la primera tarea de mi lista de tremendas incógnitas: Agrandar mi micro mundo y abrirme a calles, a personas, a escenas con la intención de participar en los cambios que, incluso desde mi mini mundo conocido, sé que debemos realizar sin más dilación. 


 No sé yo si, comparado con el curso de adiestramiento canino que pretendo hacer, es nada, poco o mucho.

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