
París, mayo de 1961, casi lluvioso.
Yo avancé precipitadamente a coger el tren de las 10:15 h de la mañana en la estación de Gare du Nord con dirección a Marsella. Llegaba tarde y con toda la ropa prestada, aún no lograba encontrar la fórmula para anudar bien la corbata, cuando de repente, me tropiezo con un señor que se ganaba la vida pintando en la calle. Me exalté y le grité: ¡Imbécil vaya por su camino!
Durante ese recorrido ferroviario me intento alejar de cualquier ruido, del frenesí y del contratiempo para hacer un pequeño descanso mental, cierro los ojos ante el hipnótico y repetitivo sonido de las máquinas de vapor.
Tres segundos. Abro mis ojos y me encuentro sentado en el suelo, en rincón maloliente, escucho de fondo un leve sonido del mar. Un hedor intenso, a mi izquierda escombros y desechos de pescados, pero ¿qué es esto, donde me encuentro?
Mi dirección era Marsella, yo estaba invitado a una convención internacional por la Asamblea General de las Naciones Unidas, sobre un influyente informe que publiqué el año anterior acerca de la problemática de la guerra química y biológica.
Sentado y desorientado en medio de una pequeña calle nauseabunda y con un dolor intenso en la cabeza, costaba saber que ocurría, pero necesitaba llamar urgentemente por teléfono o acudir a la comisaría más cercana.
De pronto escucho una voz detrás de mí:
- ¿Caballero, está usted bien? ¿Necesita ayuda?
Me doy la vuelta. Una joven de piel blanca, con un pañuelo sobre la cabeza, gafas de sol de diseño italiano, nariz afilada y con un vestido blanco de lunares negros.
- Pero, ¿qué le ocurre, caballero? No se da cuenta que no lleva pantalones, y su camisa está completamente rota, además lleva sangre en la cabeza. ¿Quiere que llame a la policía?
En ese instante me percaté que esa sangre había llegado hasta el hombro de mi camisa, miro y me desmayo.
Horas más tarde veo una alargada ventana dentro de una habitación y postrado en una cama.
- ¡Estábamos comprando un poco de pescado en el puerto y al verle en tales condiciones nos asustamos un poco, ¿verdad que si Pablo?, comentó la chica.
Al lado de la chica alcanzo a ver la figura de un señor cerca de unos 70 años, calvo, de estatura mediana y con la tez morena, unos ojos negros, quizás los más incisivos y vibrantes que he visto en mi vida.
- ¡Tome agua le vendrá bien y una pastilla para calmar ese dolor, pues le han dado un buen golpe amigo!
![[Img #92167]](https://murciaeconomia.com/upload/images/07_2022/1904_1.jpg)
Ella era Jacqueline Roque, una joven divorciada de veintisiete años que se convirtió en la segunda esposa de Pablo Picasso el 2 de marzo de 1961. Se dice que el pintor produjo más obras de arte basadas en ella que en cualquiera de sus otras musas. Pero lo que me interesaba especialmente era saber por qué extraña circunstancia yo había caído en la casa del genio español.
Estoy en Vallauris, en la Costa Azul de Francia, en una casa solariega donde la luz mediterránea y sus colores me llegaban a recordar aquellos lienzos de Cezanne y Van Gogh. Picasso llegó a atraparlos ante el recuerdo de su España natal.
Pero lo que aún no logro recordar es como pude llegar hasta la zona del puerto y en esas condiciones.
Pese a lo misterioso del asunto, a la mañana siguiente y aún exhausto por el golpe, logré levantarme. El pintor entra en mi habitación y me acerca un albornoz.
- ¡Tenga, dese una ducha primero y tomemos un café para despejar ideas, pero con calma que las prisas no traen nada bueno!
Veo como todas las habitaciones están repletas de obras, décadas, y días en unos resultados pictóricos espectaculares, en medio de la sala hay mucha cerámica. Increíble la producción de este artista que el tiempo trabaja en su favor.
Picasso andaba pintando una obra…
- ¡Fíjese yo ahora he comenzado esta obra El rapto de las sabinas, una versión de este episodio mitológico por diversos motivos, porque la historia nos vuelve a introducir en las profundas transformaciones!
El pintor me mira fijamente y comenta en tono irónico como si supiera mi comportamiento grosero con ese artista callejero:
¿Cómo es posible que haya llegado usted hasta aquí?
Me da la cafetera de aluminio italiana y me vuelve a preguntar por mi nombre. Mi nombre es François Dumont.
![[Img #92168]](https://murciaeconomia.com/upload/images/07_2022/7141_2.jpg)
- ¡Oh, Pues bien, François, cuando preguntamos por lo que le ocurría sentimos verle desmayar e inmediatamente le llevamos a mi casa que está a la vuelta de la esquina, ¡espero que se recupere pronto y así pueda ir a comisaría!
De repente aparece Jacqueline y nos hace una foto…
-Voilà !, ¡Os he sacado el instante de vuestra vida!, comenta irónicamente entre risas.
Indudablemente después de esa foto todo cambió, fueron largas visitas, estancias veraniegas y cartas de aprecio tanto de Jacqueline como de Pablo.
Yo retomé mi ruta para Marsella, pero desde ese momento todo vibró de manera distinta. Ese día ellos me hablaron de algo interesante sobre como ver el mundo, si no forzamos las situaciones, si hallamos la vida sin condiciones, aparecen las respuestas diferentes. Es posible que aquel desafortunado tropiezo con ese desconocido pintor de calle fuese el instante preciso que marcó el camino para llegar hasta aquí.
Porque todo está hecho a partir de instantáneas que marcan nuestra vida y el arte es una de ellas.

