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Opinión | Pte. Consejo Editorial de MurciaEconomía
Viernes, 12 de Agosto de 2022
Antonio Fuentes Segura

La pareja de la playa

 

“El estado más doloroso del ser es recordar el futuro, sobre todo el que nunca tendrás” (Soren Kierkegaard, Copenhague, 1813-1855)

 

Estoy frente al Mar Mediterráneo, como siempre en verano. Es posible que viaje a cualquier otra parte pero esa comunión anual con el mar, desde cualquier parte de nuestro mapa, ha sido parada obligatoria desde que tengo memoria. Y creo que lo que más me gusta de este escenario, pintado de azul durante tantos años, es que casi nada cambia. La luz es la misma, como lo es el horizonte, hay días que el mar está en calma y las aguas son cristalinas, hay días que el mar recibe viento de Levante y parece embravecido, salpicado de gaviotas. También son iguales las costas bañadas por ese mar nuestro, tanto aquellas que no han tenido contacto con los desmanes urbanísticos como esas otras cuyos cambios están consolidados, pues nada cambia en ellas de un año a otro y hasta las sombrillas, las arenas y chiringuitos parecen haber nacido conmigo. Ahí sigue el cabo, desde hace cinco millones de siglos, y la torre, desde hace quinientos años, y los han visto enfrentarse al mar generaciones, como otras tantas lo verán cuando yo falte.

 

Donde nos solemos bañar, observo, estupefacto, que siempre me encuentro con las mismas personas. Es una playa familiar. A veces esas personas, con las que no hablo pero a las que acompaño anónimo, de verano en verano, no cambian ni de bañador o de toalla de un año a otro, de tal modo que parece que mis descansos me hacen eterno y mantengo la cándida ilusión de que no envejezco, como si me mantuviera ingrávido en el universo, aunque pueda ver, a lo sumo, cómo crece aquel niño, o cómo ahora es madre aquella otra joven que hace casi nada paseaba con sus padres y jugaba a las palas con otros niños. Y yo lo veo todo, en pie, satisfecho tras mis gafas de sol, Isabel en la toalla y yo del baño a la orilla, viendo pasar el día. Eterno.

 

Desde hace muchos veranos una pareja intrigante, entrados en años, diría sin equivocarme que cumplidos ochenta ambos, nos acompañan en la playa. Cuando llegamos ellos ya están. Lucen un bronceado extraordinario, tanto que, pese a ser extranjeros, parecen haber esculpido su cuerpo al aire de este mar extraordinario y que los haya transformado, siendo nórdicos, abandonando para siempre la piel blanca que alguna vez tuvieron. Y aquí se instalan como cualquier otro residente nacional. Probablemente soñaron siendo jóvenes con este mar distinto a su Báltico que conozco, pues en él me he bañado, aunque os aseguro que no es lo mismo ese mar y el nuestro. Tanto debieron soñar con el mediterráneo que, ahora, en su retiro, mi exótica pareja no perdona de año en año y pasa gran parte de su tiempo aquí, entre nosotros, que somos mezcla de fenicios, moros, judíos y cristianos. Contrastan en la playa con su sombrilla y sus sillas coloreadas, siempre modernas toallas, algo de fruta para hidratarse, con la prensa extranjera y la revista en la bolsa.

 

[Img #92435]

 

Ella, delgada, elegante, lleva siempre bikini, a veces se recoge el pelo con bonitos pañuelos, nada le importan las arrugas de toda una vida mientras una cadena gitana rodea el tobillo de su pie derecho. Grandes gafas cubren su rostro envejecido, su largo pelo rubio da luz a toda la playa y, cuando pasea de la mano de su esposo, parece levitar a su lado por la orilla, presumida, sin que nada le falte.

 

Él, grande y fuerte como un roble, la cuida y acompaña, creo que la ama tanto que sigue viéndola como aquel día en el que decidió ponerse aquella cadena atrevida en el tobillo. Basta ver como entran al agua juntos para darse un baño, o como, sin excusa, le toma la mano fuerte, orgulloso de ella, para pasear diariamente por nuestro Mar Mediterráneo. Me encanta verlos como parte de ese paisaje eterno de mis veranos pues no escondo que me gustaría tener la fortuna de disfrutar como ellos de esa madurez plácida y definitiva, cogido de la mano de Isabel, alguna vez integrados para siempre en la eternidad del mar, del sol, de la Torre que nos observa y nos vigila desde arriba, complaciente.

 

Y así voy buscándolos, para ver qué color han elegido para sus sombrillas, para ver esos carritos de ruedas que todo hacen fácil para todo cuanto llevan a la playa cada día, para ver sus gorras nuevas, para esos bañadores distintos, qué portada ilegible trae su prensa diaria, o cómo, ágiles aún, se levantan de sus sillas para dar ese paseo que forma parte de su rutina.

 

Los busqué ayer, como siempre, como busco todo aquello que es igual, todo eso que me da equilibrio en los veranos, como busco la torre y el cabo, pero él ya no está. Ella posa en la playa sola, echada en su tumbona. No pasea ni se levanta. Detrás de sus enormes gafas de sol parece “recordar el futuro que nunca tendrá”, como si ahora fuera una novia abandonada. Da igual, me doy cuenta de que también pronto ella se marchará, como todos los que coincidimos en la playa, pues para mí que poco a poco nos vamos fundiendo en la eternidad, mientras haya alguien que nos recuerde. Yo los recordaré y otros lo harán de mí, probablemente.

 

Cuando ella ya no esté sabré que siguen de la mano paseando por la orilla del Mar Mediterráneo. Y que nos volveremos a ver tal vez, aunque solo sonriamos para saludarnos sin dedicarnos una palabra.

 

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