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Opinión | Pte. Consejo Editorial de MurciaEconomía
Martes, 23 de Agosto de 2022
Antonio Fuentes Segura

Graffiti

 

“Niño, deja ya de joder con la pelota” (Joan Manuel Serrat)

 

Soy gran aficionado a la música pero no me confieso admirador de Serrat, nunca lo he sido y con ello me condeno, lo suyo es amarlo y comprenderlo y sé que diciendo esto, que no me gusta Serrat, no hago amigos precisamente pues el maestro ha conseguido ser universal, patrimonio de todos los que hablamos castellano, incluidos catalanes, y nadie soy para criticarlo. Sin embargo reconozco sinceramente que, para no gustarme Serrat, 'Mediterráneo', es, con toda seguridad, uno de los temas cantados en nuestra lengua con los que más me identifico. Sin duda lo es. Me emociona cuando lo oigo, especialmente cuando lo hago enfrentado al mar en mis veranos, como ahora mismo, en este preciso momento. Todo se ve azul y limpio a mi alrededor.


[Img #92560]También hay otro tema de Serrat que me desborda, con el que empatizo desde siempre, menos profundo seguramente, pero igualmente inspirador para ciertos momentos, y es ese que tiene por título 'Esos locos bajitos', cuyo estribillo tan conocido dice: “Niño, deja ya de joder con la pelota”. Qué temazo. Sirve para tantas cosas. Lo empleé hace un tiempo para amonestar a una de esas tribus urbanas, crew les llaman los que entienden, que se dedican a “escribir” en las paredes de nuestras calles con las más variopintas “firmas” y repugnantes garabatos multicolores a los que llaman graffiti. Todo un arte en opinión de unos cuantos majaderos, avalados por la inoperancia de nuestros políticos, que hasta lo promueven mediante concursos convocados para pintar transformadores eléctricos o ciertos murales cutres en los barrios marginales, como si eso les diera valor o mejorara nuestras calles. Volvemos a Atapuerca.


Entre nuestros políticos hay quienes creen que aceptar el graffiti es algo muy cool e inclusivo, o que hablar de Banksy, el grafitero fantasma, como modelo alternativo, es asunto muy moderno que sirve para reconvertir a nuestros jóvenes catetos hacia una “escritura” más lograda (así llaman a sus pintadas), pues es representativa de la crónica social de vanguardia en opinión de sus mentores, entre los cuales existen hasta catedráticos de universidad. 


Pero se equivocan y, así, cuando regresemos a nuestras ciudades, tras semanas de descanso veraniego entre paisajes limpios e inspiradores, sin recordar el lamentable aspecto de nuestras calles, nos daremos cuenta “por contraste” del verdadero estado de vandalismo al que hemos llegado, con destrozos, mucho más que estéticos, en edificios públicos y en la propiedad privada. Son actos que vienen tipificados bajo “delito de daños” en el Artículo 263 de nuestro Código Penal, pero consentidos socialmente con absoluta inacción o persecución de nuestras autoridades, pese a lo fácil que resultaría identificar a los responsables, precisamente por utilizar fórmulas de estilo y códigos entre ellos, como no pisarse “firmas” ni lugares. Embutidos en sus capuchas y ropas oscuras, con nocturnidad y alevosía, llevan cargadas sus mochilas de sprays de los más estridentes y dañinos colores y pasean impunes por nuestras calles, afeándolas de tal modo con sus pintarrajos que terminan por avergonzar a los vecinos que han de soportarlos, resignados, viéndolos cada día en las paredes que conducen hacia nuestros domicilios y trabajos.


Un par de collejas les daba yo a alguno, pero sobre todo, a multas freía yo a sus progenitores, ahora se dice así, pues suelen ser menores de edad cuya responsabilidad paterna es directamente exigible, padres más solventes económicamente que sus hijos que deberían pagar las sanciones y reparar los perjuicios que causan, responsables por omisión ante hechos cometidos por terceros de quienes legalmente responden. Como si no vieran ellos mismos en qué gastan los cuartos sus hijos, en vez de darles un buen libro, un balón o una raqueta. Eso sí que es inclusivo. Pero somos así, no sea que esos cutres gañanes no nos voten más adelante, pues esto, señores, para quien no lo sepa, es “kultura” y es “arte”. No suele darse el caso de que estos jóvenes disfruten dando patadas a un balón, como censuraba Serrat, pues son sujetos esquivos y asociales que viven en un mundo paralelo, junto con otros de idéntica condición, creídos de que su absurda afición es toda una misión.


Hace algunos años me encontré con una de esas “crew” cerca de casa, mientras paseaba a mi fiel perro Sancho, ya en el cielo. Sancho, al llegar a la esquina de costumbre, los miraba atónito, y les ladraba intuyendo que aquello no era normal, más cabal que ellos pese a ser un simple perro. Me miraba, a la vez, entre ladrido y ladrido, como si me pidiera hacer algo por evitarlo. Sorprendido con lo que veía, el destrozo puro y duro de fachadas minutos antes inmaculadas, me vine arriba y les dije con un par, pensando que por mi edad era yo la Autoridad y que mi “fiero” perro algo les podría intimidar: “¡Niño, deja ya de joder con el spray!”, mientras veía sus ojos detrás del pasamontañas. Dicho aquello, parafraseando al genial Serrat para que pararan de una vez, les faltó escupir y pegarme. Y ahí siguieron, dándole libre chorro a sus tintas. Llamé a la Policía Local. Por supuesto, llegaron tarde. Ciertamente, las pocas veces que he tirado de teléfono, por cualquier motivo, me he sentido patético por alguna causa que no sé explicar, como si fuera yo el culpable por molestar a la autoridad. Y ahí están para siempre sus obras de arte. Mi perro Sancho se ha ido pero esas obras quedan eternas para la posteridad. Ya nadie les ladrará.


Y es que al final, como insinúa Serrat en su canción, estos jóvenes “artistas” son fiel imagen de los padres que hoy gastamos por estos lares, incapaces de educar a quienes les sucedan, mientras, sin importarles nada, ingentes cantidades son precisas para reparar esos daños, a veces sin remedio alguno. 


Pero nada hacemos. Con lo fácil que sería pedir en los comercios la licencia de actividad a quienes precisen de estos botes de sprays, y registrar los nombres de quienes los compren, o pedir responsabilidad a nuestros ayuntamientos por inhibirse en una función de persecución que solo a ellos compete. Seguro que, si lo pagara la Administración, por responsabilidad patrimonial y mal funcionamiento del servicio público, “firmarían” menos espacios y las calles ofrecerían mejor aspecto. 


Mientras veo los graffitis de mi barrio, yo me agacho y voy recogiendo las cacas de Lucas, mi nuevo y estupendo perro. No me multen o me lo censure nadie. Pero Lucas no ladra, está acostumbrado a ver todas esas pintadas. 

 

 

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