La mala y la buena Educación
Empieza el nuevo curso escolar con la frustración y desánimo de la mayor parte de la comunidad educativa por la entrada en vigor de la nueva ley, que no ha sido negociada con ninguno de los sectores de la enseñanza; por lo tanto, impuesta, y que incluye algunas medidas perjudiciales para una buena formación. Entre ellas, pasar de curso con hasta tres asignaturas suspensas; una preocupante reducción de los contenidos mínimos en las distintas materias; unos preceptos de la memoria democrática sectarios y escasamente rigurosos; o que Física y Química sea optativa en Bachillerato incluso para los que vayan a estudiar ingenierías, Medicina, Farmacia, Química, Física, etc. Son sólo algunos ejemplos, por lo que se premia, bajo la necia idea de que el alumno no sufra, a los mediocres.
Todo ello nos lleva a plantearnos si los docentes no lo remedian en las aulas públicas, a reivindicar la enseñanza privada, y no sé si concertada, que proporcione a los estudiantes lo que necesiten, no la igualdad de unos y otros, sino la igualdad de oportunidades, y que se aspire a lo mejor con el mayor conocimiento y no a lo mínimo para formar a mediocres. Por ello, lo que puede conseguir esta ley, si los profesores no lo remedian en las aulas públicas, es establecer una brecha insalvable entre jóvenes magníficamente formados que podrán acceder a los mejores puestos laborales y los que ocuparán puestos menores. Parece que a este Gobierno no le interesa el conocimiento, que ayuda a forjar el espíritu crítico, sino ignorantes que sean fácilmente gobernables.
Pero no sólo hace dejación de funciones la administración pública en este campo de la enseñanza. Durante el último año he tenido la suerte de conocer una de las iniciativas culturales privadas más interesantes de nuestro país. Se trata del Centro Internacional de Cultura Escolar, situado en la localidad soriana de Berlanga de Duero, que alberga un fondo de 60.000 manuales escolares españoles y de muchos países europeos e hispanoamericanos desde el siglo XVIII y por el que han pasado en sus 13 años de existencia 700 investigadores de 207 universidades y centros superiores de 54 países de todo el mundo. Pues bien, este templo del conocimiento es obra de un matrimonio: Agustín Escolano, catedrático de Educación e inspector de Educación jubilado, y Puri Lahoz. No sólo se han dedicado durante 60 años a recopilar y catalogar libros de texto de todas las asignaturas y niveles, a crear una página web muy cuidada, actualizada constantemente, y a orientar a investigadores, sino que organizan exposiciones temáticas y actividades culturales como seminarios, conferencias y conciertos de música, además de haber rehabilitado una Casa Solariega del siglo XVI declarada monumento histórico-artístico nacional, atribuida a la familia del comunero Juan Bravo.
Con esta carta de presentación, apenas cuentan con ayudas públicas, excepto un becario aportado por la Diputación Provincial de Soria que ayuda a la catalogación de los manuales. Para la administración pública no parece tener relevancia esta ingente tarea de la que se aprovechan universidades de todo el país. Todo un ejemplo de desidia pública.





















