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ENTRE TÚ Y YO

Compañeros de piso

Juan Luis Pedreño Lunes, 05 de Septiembre de 2022 Tiempo de lectura:

 

Como decía la canción del Dúo Dinámico, el final del verano llegó. Para muchos, verano y vacaciones son cosas parecidas, pero para una gran mayoría, el verano es más bien una cierta desconexión. Por eso, el mundo emprendedor y el ecosistema de inversores no parece que hayan estado de vacaciones mucho tiempo.

 

El caso es que, durante estas semanas estivales, he podido conocer algunas historias relacionadas con el mundo del emprendimiento y de las StartUps que me han hecho reflexionar sobre algunos aspectos importantes sobre el éxito y el fracaso de estas empresas. Al fin y al cabo, ¿quién no se ha imaginado de socio de su propia empresa?

 

Y me llamó la atención especialmente uno de estos casos. Un emprendedor que decide crear su primera empresa me contaba cómo fue el proceso de detectar a sus compañeros para esta aventura empresarial. Personas que tuvieran similar formación, motivación, cultura de esfuerzo y ganas de emprender. A priori, no resulta muy complicada esa búsqueda. Luego, reuniones interminables, decisiones importantes y ajuste de la estrategia comercial. La valoración de la empresa comenzó a subir y se generó confianza en los inversores y en el sector. Todo con el viento a favor excepto por un detalle que al principio no parecía ser trascendente: el tipo de relación entre los socios. Y fue ahí donde aparecieron los problemas. El objetivo inicial comenzó a ser distinto para cada uno y la relación creada sobre la marcha entre ellos, adquirió una dimensión que no ayudó a la empresa. Llegados a este punto, el final es lo de menos.

 

 Esto me llevó a pensar sobre cuál es el tipo de relación que deben tener los socios a la hora de crear una empresa. Y aquí vienen las opciones. Una puede ser ejercer un liderazgo único que permita al resto de socios acatar los procesos. Pero esto sólo parece posible si las participaciones entre socios son muy distintas. Otra consiste en generar una relación de confianza extrema, de amistad, casi familiar, que no se puede establecer en un contrato. Sólo es el resultado de elegir desde el principio a los socios que ya tengan esa gran confianza generada y experiencias vividas conjuntamente. Y, finalmente, asumir cada socio un rol independiente, pero que resulta muy complicado en sectores transversales.

 

Por eso, yo me decantaría por la segunda. Los compañeros de piso de toda la vida. Las personas que nunca te han fallado en lo personal. Es lo que hicieron importantes compañías cuando se crearon en España con este formato. Esta opción tiene sus inconvenientes, por supuesto. Pero el núcleo importante debe ser la relación de confianza extrema. Silicon Valley está repleta de empresas que han generado dos amigos desde un garaje. Pero no es lo habitual. Se suele recurrir a lo más teórico y sencillo a la vez: el acuerdo entre socios, porque escrito en el papel siempre funciona. Es lo racional. Pero lo emocional no se puede pactar de ninguna manera.

 

Apostar por esta estrategia permitirá tener un objetivo único, con independencia de la situación personal de cada uno, que ya sabemos que cambiará. Seguro. Así es la vida. Y tiene un gran riesgo, por supuesto, porque como dice el refrán, “hasta en las mejores familias cuecen habas”.  Pero si sale bien, permitirá disponer de más tiempo para que vacaciones y verano vuelvan a significar lo mismo. Que falta hace.

 

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