
“¿Las generaciones futuras hablarán de la sabiduría de sus antepasados igual que hacemos nosotros con los nuestros? Si queremos ser buenos antepasados, deberíamos mostrar a las generaciones futuras cómo afrontamos una era de grandes cambios y grandes crisis”. Jonas Salk (nacido en Nueva York, en 1914, investigador medico autor de la primera vacuna contra la poliomielitis) en: “Are We Being Good Ancestors?” (1977).
Un viejo proverbio maorí dice: “Fia whakatomuri te haere whakamua”; esto es, “Retrocedo hacía el futuro con los ojos clavados en el pasado”. Me permito utilizar la sabiduría ancestral maorí y su particular visión del mundo, para titular mi aportación; pues entiendo que su sentido “líquido” del tiempo, en el cual se fusionan creativamente el ayer, el hoy y el mañana (los muertos, los vivos y los no nacidos estamos en la misma sala), tiene mucho que decirnos al mundo actual, asolado por la angustia, el miedo y una decepcionante vista cortoplacista, con -a mi juicio- un soplo de optimismo radical que se basa en la mejor esencia de la naturaleza humana y nuestra especie.
Pues, como dicen Heather Heying y Bret Weinstein (Guía del cazador – recolector para el siglo XXI”. Editorial Planeta, 2022, página 19), hay “una verdad evolutiva irrefutable: los humanos tienen el fantástico don de responder al cambio y adaptarse a lo desconocido”. Pero existe una gran amenaza: “…el mayor problema de nuestro tiempo: el actual ritmo de cambio excede nuestra capacidad de adaptación. Generamos nuevos problemas a una velocidad inaudita y cada vez mayor, lo que está afectando a nuestra salud física, mental, social y medioambiental. Si no encontramos el modo de abordar el problema de la novedad desaforada, la humanidad perecerá víctima de su propio éxito…”.
Es por ello que deseo traerles noticia de un movimiento amplio y dispar que podríamos llamar “Largoplacista o Longtermism” (en inglés), que centra su visión y preocupaciones en el mundo que legaremos a las generaciones venideras y, consecuentemente, las obligaciones y responsabilidad que hoy tenemos para con ellas.
De los muchos pensadores y textos que podríamos encuadrar en este movimiento, me permito recomendar a Roman Krznaric (1971, Australia), doctor en Sociología Política, fundador del primer Museo de la Empatía e investigador de la Long Now Foundation y su reciente libro: “El buen antepasado” (Editorial Capitán Swing, 2022).
En las 290 páginas de la obra, el autor, tras constatar que sólo “tomando decisiones inteligentes y a largo plazo, en este momento de crisis, podríamos convertirnos en los buenos antepasados que merecen las generaciones futuras”; nos muestra seis maneras de pensar a largo plazo: partiendo de la “humildad del tiempo profundo” y llegando, a “un objetivo trascendental” (en el mejor versión del “telos” apuntado por Aristóteles de “aspirar al objetivo de una buena vida”), que a su vez está construido -a juicio del autor- por cinco dimensiones: “el progreso perpetuo, el sueño utópico, la tecno-liberación, el modo supervivencia y la prosperidad planetaria”; y, concluye, con una invitación a dar el siguiente paso, cual es: “convertir las ideas en actos”; es decir, conocer a los que denomina “rebeldes del tiempo”, quienes “están poniendo en práctica los seis sistemas de pensamiento a largo plazo en un ambicioso intento por situar a la humanidad en una nueva ruta civilizatoria” .
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En mi opinión, como bien dice Roman Krznaric “estamos tan ocupados viviendo el presente, atrapados en el breve ahora de los plazos laborales y la mensajería instantánea, que la idea de ser un simple eslabón en una gran cadena humana que se extiende por el tiempo cosmológico podría ser difícil de entender”.
Y, por ello, considero que es obligado partir de una constatación que suelo enunciar, con claro simplismo y sin tanta profundidad: “somos esclavos de nuestros actos”. Creo en la verdad de esta afirmación, tanto en la vida individual (de cada persona) como en la colectiva (de sociedades organizadas políticamente). Por cuanto, en los diferentes espacios y dimensiones personales (amor, amistad, trabajo, relaciones, etcétera) nuestras decisiones, gestos, actuaciones y atrevimientos, nos van construyendo a lo largo de los años, nos convierten en lo que somos y nos alejan de lo que pudimos ser. Y, también, las ideologías, políticas, proyectos, herramientas e ingenierías sociales que se derivan de las decisiones y actos de los responsables políticos (europeos, españoles, autonómicos y locales) que han detentado y ejercitado el poder en las últimas décadas han alumbrado, en el espacio y en el tiempo, la España que hoy tenemos (en sede de educación, investigación, infraestructuras, sanidad, energía, etcétera).
Esta consecuencia de nuestros actos y de quienes nos gobiernan, nos concierne personal y completamente; pues, al menos en las democracias liberales (las únicas que merecen tal nombre) nuestro voto y el ejercicio de nuestros derechos y libertades (asociación, expresión, manifestación y protesta) permiten definir el tablero social y económico en el que vivimos y el diseño del futuro.
En definitiva, la esencia de nuestra humanidad y, por tanto, la característica de nuestra especie, es la verdad evolutiva enunciada por Heather Heying y Bret Weinstein: la capacidad para adaptarnos. Y en la larga historia humana, como también dicen dichos biólogos evolutivos: “la mayoría de las grandes ideas de nuestra especie, las más importantes y trascendentes, han surgido gracias a la unión de las personas con capacidades y perspectivas diferentes, pero compartibles, personas con flaquezas distintas”.
Como ven, otra tarea inacabada que como personas nos incumbe a todos y de la que no podemos abdicar, salvo que deseemos adentrarnos en el fracaso colectivo.
Para concluir, me permito dejarles con un pequeño “juego” propio del taller “Estratos humanos” de Ella Saltmarshe y Hannah Smith:
1º Imagina a alguien de una generación anterior a quien conoces y aprecies (un padre o un abuelo). Da un paso atrás e imaginarlo como un joven adulto, contemplando su vida, pensamientos, ilusiones, esperanzas y dificultades; y otro paso atrás e imagínalo en su quinto cumpleaños, e intentar ver quienes le acompañan, sus expresiones, emociones, etcétera.
2º Imagina una persona joven de nuestra vida actual a la que aprecias y con la que estás unido (un hijo, un nieto, un sobrino, etcétera). Da un paso adelante e imagina su rostro, su voz y las cosas que hace, sus gustos, emociones, sentimientos, logros y dificultades, y el mundo en que vive al cumplir treinta años. Y, por último, ves más adelante e imagina su noventa cumpleaños: te lo imaginas con sus nietos y biznietos, sus mejores amigos y demás personas queridas. Y en ese momento crees ver que levanta una copa y en un emotivo discurso señala una fotografía tuya y se refiere a lo que aprendió de tí y lo que les inspiraste.
Con ello creo que comprenderás, quizás, con más nitidez el ciclo de la vida, la insignificancia de nuestra existencia y, al mismo tiempo, la huella y el legado que dejamos al terminar nuestro camino terrenal.

