
Después de un verano más movido de lo habitual “La Mirada felina” se detiene una vez más en algo dulce: el chocolate. Me pregunto si hay alguien a quien no le guste este manjar de dioses. Ya en 1521 Hernán Cortés fue obsequiado con el “oro marrón” por el emperador Moctezuma II cuando desembarcó en la costa de Tabasco (México). Según describe David Marín en El chocolate para tu bienestar, era un chocolate amargo, líquido y frío. Para los aztecas se trataba de una bebida exquisita elaborada a base de cacao, maíz molido, vainilla, pimienta, guindilla y otras especias. A Hernán Cortés parece que le costó apreciar la bebida ofrecida, a la que según parece sus soldados añadieron azúcar, aunque este punto no está claro. Otras fuentes apuntan a que fueron unas monjas de un convento de Oaxaca las que descubrieron que si al cacao se le añadía azúcar, canela o anís el sabor cambiaba sustancialmente.
Aunque el primero en probar el chocolate fue Cristóbal Colón en 1502 en su cuarto viaje a las Américas. La experiencia fue igualmente desalentadora ya que el sabor picante y amargo le resultó desagradable. No obstante, a pesar de ello se llevó unas semillas a España que tampoco fueron del agrado de los Reyes. Con la perspectiva que nos ofrece la Historia y por el hecho de vivir en el siglo XXI en el que el chocolate es eje fundamental de la repostería y de las fiestas, estas primeras experiencias amargas con el cacao nos pueden parecer más que sorprendentes.
En 1521 llega a España el primer barco cargado con semillas de chocolate. Desde luego que no se puede negar la perseverancia de los españoles con este fruto tan apreciado para los mayas, incas, aztecas y olmecas, pero tan áspero para el paladar europeo. Durante un siglo se consumió exclusivamente en España, hecho que pasa desapercibido debido a que su sofisticación y producción en masa se realizó en otros países. España, nuestro país, introdujo el chocolate en la corte francesa gracias a Ana de Austria, hija de Felipe III, que contrajo matrimonio con Luis XIII. Ella lo adoraba. A partir de ahí, esta semilla de dioses, que es todo un placer para los sentidos, se extendió por otras cortes europeas en las que era considerada como un elixir.
Pero además de esta dulce aportación al mundo de la gastronomía, España hizo otra muy curiosa relacionada con el chocolate que a ningún aficionado al arte se le escapa: la mancerina. Este excelente bodegón de Luis Meléndez (1770, Museo del Prado) representa el gusto de la realeza española por el chocolate. Hasta el siglo XIX este se tomaba líquido con azúcar de caña y canela, unos años después el cacao se solidificó gracias a la intervención de diferentes ingenieros y maestros chocolateros de media Europa como Rudolph Lindt, Jean Tobler, Jean Neuhaus o Henri Nestlé. Todos estos nombres son de sobra conocidos por los “chocoadictos” ya que su estela llega hasta nuestros días. Si bien España no participó en su industrialización, sí que al menos se puede adjudicar la creación de la mancerina, que consiste en una jícara unida al plato hecha para el Virrey de Perú, Pedro Álvarez de Toledo, Marqués de Mancera. El objetivo era evitar que se le derramara el chocolate debido a los temblores que sufría. En el bodegón aparece una delicada jícara con plato de la Compañía de Indias junto a los correspondientes bizcochos y pan de hogaza. Todo dispuesto para ser mojado en el chocolate. Otra particularidad de España que sorprende tanto a los de fuera. ¿Algún español puede comer un churro sin caer en la tentación de mojarlo en chocolate?
![[Img #93020]](https://murciaeconomia.com/upload/images/09_2022/2685_1.jpg)
Actualmente, el chocolate es accesible para todo el mundo, ya que lo puedes encontrar en una gasolinera o en una coqueta tienda gourmet. Como comentaba más arriba, parte de Europa participó en el complejo proceso de elaboración de este rica semilla que tanto nos gusta hoy. La primera tableta la presentó la firma británica Fry and Sons. Por su parte, los suizos consiguieron añadir leche en polvo a las pastillas de cacao e introdujeron otros adelantos técnicos para que estas fueran más finas y delicadas. Nestlé y Lindt ya forman parte de la Historia del chocolate, aunque en Suiza existen marcas locales que no se exportan y que son sublimes. Por cierto, me agradó ver un Läderach en pleno Upper East Side de Manhattan. Esta empresa chocolatera suiza tiene 100 tiendas en 35 países, sus exquisitos bombones y sus más de 20 tipos de chocolates de intensidad y texturas diversas te hacen levitar. Además, puedes ver cómo elaboran las piezas que luego venden al peso. Un lujo.
Pero a veces, como tantas otras cosas de la vida, las grandes creaciones son fruto de la casualidad. A continuación, voy a poner dos ejemplos muy conocidos: la trufa y la tarta Sacher. La trufa nació por azar gracias a un repostero francés. Le faltaban ingredientes para una tarta y con lo que tenía a manó realizó una especie de bombón a base de chocolate fundido, nata y cacao en polvo. El nombre viene de su parecido con el hongo del mismo nombre y que es tan apreciado en la gastronomía. Esta tarta que muestro es una gran trufa con Cointreau de elaboración doméstica.
![[Img #93021]](https://murciaeconomia.com/upload/images/09_2022/12_2.jpg)
La Sacher, la creó Franz Sacher al improvisar un postre para un príncipe. Años después su hijo fundaría el hotel del mismo nombre en Viena. La receta, que es secreta, consta de 34 pasos y se hace con huevos de corral y diferentes chocolates. La Sacher de Viena está riquísima, pero esta que adjunto la hizo mi hermana con motivo del Día de la Madre y estaba de rechupete. Es una delicia que cautiva por su textura, sabor y aspecto. Cosas de príncipes sin duda.
![[Img #93022]](https://murciaeconomia.com/upload/images/09_2022/3552_3.jpg)
Después de lo expuesto puedo afirmar sin temor a equivocarme que el chocolate gusta y mucho, ya sea negro, ya sea con leche, rosa o blanco, y en tableta, a la taza, tipo mousse o en forma de pequeños bocaditos, es decir, los bombones. ¿Existe algo más refinado y rico? Vaya regalo de dioses para goce del alma y de los sentidos que es el chocolate. Moctezuma II lo sabía. Y Hernán Cortés también.

