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ENTRE TÚ Y YO

La cuesta de la compra…

Francisco Luis Velasco Martes, 20 de Septiembre de 2022 Tiempo de lectura:

 

Había una multitud. Durante el tiempo que estuve en el supermercado se fue llenando de un montón de personas con cara de pocos amigos, de distintas edades y condición. Conté unas diez parejas de mediana edad y otros tantos jóvenes sin acompañante; pero les superaban en número las personas mayores de pelo canoso con su labor cumplida en esta vida hacía mucho tiempo. Aparte de la necesidad de adquirir productos básicos de alimentación e higiene, no había nada en común entre los presentes. Recorrían en zigzag los pasillos, anónimos entre anónimos; no en vano, cada uno de ellos se esforzaba por ocultar en sus rostros ceñudos, sin musitar ni una queja, la decepción sentida al ver que los precios seguían subiendo impunemente y sin control alguno.

 

Era como si la indiferencia hubiese ganado la partida; y seguramente había sido así. Si estaban enfadados por la tomadura de pelo que supone que los comercios de alimentación y las energéticas se enriquezcan gracias a la guerra, era evidente que sostenían con disciplina las riendas de su ira. Tan solo un curtido señor mayor explotó ávidamente junto a unos recién llegados que fingían interesarse por su soliloquio, mientras se quejaba con razón porque el precio del litro del refresco de naranja que tanto le gustaba había subido de 1,45€ a 1.98€ en tan solo dos días.

 

Quedó solo el octogenario junto a la estantería refrigerada; y la poca variedad de marcas y zumos que contenía, cuyo aumento de precio poco o nada tenía que ver con la dichosa y sempiterna guerra, o sandeces como esa. Aunque estaba seguro de que, algún ingenioso, público y mediático parroquiano, bien remunerado al efecto, desprendiéndose de su responsabilidad, se las arreglaría para camuflar casi por entero aquel despropósito que, a cualquier hijo de vecino, nos hubiera dado ganas de gritar: «¡Ya está bien!».

 

La cuesta de la compra… Juego de palabras o no, lo cierto es que llenar el carro de la compra se ha convertido en un ejercicio tan duro para nuestros bolsillos que la perpetua «cuesta de enero», se antoja un chiste en comparación. El mal endémico de este país es siempre el mismo; echarle la culpa a los demás. En las altas esferas no iban a ser menos, pues según ellos tienen las manos más limpias que una patena. La irresponsabilidad y dejadez de los eternos nunca sale a relucir, ya se encargan algunos de quitarle hierro al asunto y desviar la atención. Primero con la covid-19, ahora, a grandes rasgos, con la invasión de Ucrania. Pero lo cierto es que si queremos que el comercio de productos básicos vuelva a ser lo que debe, «básico», es necesario frenar las malas prácticas de las empresas del sector que se enriquecen a nuestra costa como no lo habían hecho nunca.

 

Siento que por fin han ganado. Han ganado por las malas, pero han ganado. Hay gente que está al tanto de esas malas prácticas y su denuncia. Tiempos atrás muy presuntuosos al respecto. Pero las pocas veces que alzan la voz lo consideran una temeridad y actúan en consecuencia: una queja aséptica para quienes carecen del coraje necesario y la fuerza de voluntad para decir la verdad sobre lo que está ocurriendo. No es la valentía lo que les caracteriza en tiempos revueltos: los liberales desinteresados son tan infrecuentes... Sino, más bien; todo lo contrario. Actúan como si no pasara nada: a la manera del avestruz que esconde bajo tierra la cabeza. Para ser justos con ellos, hay que añadir que sus actividades están siendo dictadas y prescritas. El jefe supremo manda; «hazme el favor y cállate». No hay modo de sospechar siquiera la verdad.  

 

Los datos no dejan lugar a dudas. La energía y las materias primas se están repartiendo el jugoso pastel y los cuantiosos beneficios derivados de la guerra. Del coste de la energía ya hemos hablado en más de una ocasión. Si algo han demostrado las energéticas es su capacidad para transmutarse, y su portentosa habilidad para ir un paso por delante de los acontecimientos. Aunque como ocurre siempre, los que deberían haber actuado mueven ficha tarde, mal o nunca e intentan a estas alturas que las compañías petroleras, gasistas y las eléctricas «compensen», por decir algo, la dura, inflexible y descomedida pérdida de nivel adquisitivo de las familias españolas.

 

En el comercio de materias primas y productos básicos, una actividad controlada por un puñado de «intermediarios» que se desenvuelven con soltura en una perpetua e ignota zona llena de sombras, más a nuestro pesar, la situación es mucho peor; pues todo está por hacer. Aún no se ha llevado a cabo el preceptivo, concienzudo y lustrado análisis del sector -y no hace falta decir a quien le correspondería haberlo hecho-, que ha visto crecer sus ganancias a niveles hasta ahora desconocidos.

 

Qué ironía, ¿no les parece? Mientras el propio productor y la mayor parte de la población española sufre las espantosas consecuencias de una inflación descontrolada y la apatía e ineptitud de los de arriba, y esta doble desgracia nos convierte más aún en pobres de solemnidad en todos los sentidos, el mundillo de los intermediarios del comercio se mueve con soltura entre las arenas movedizas de una crisis galopante propiciada por la covid-19 y la guerra en Ucrania. Las subidas en el precio de los alimentos básicos y la energía arrojan, en la primera mitad del año, resultados nunca vistos y beneficios millonarios para las empresas del sector; a costa del bolsillo de los consumidores, claro.

 

Tranquilos, que algún socorrido recurso de última hora repetido hasta la saciedad en los tabloides y dominicales, y la susodicha y triste realidad que puede alcanzar consecuencias huracanadas, siendo por todos conocida, conseguirá que pronto la olvidemos y sigamos fingiendo que nuestra vida es plácida, o nos acusarán de alarmistas.

 

Si no te enteras de todo esto es porque no quieres hacerlo, no porque no haya quien te lo esté contando. Para algunos, muy pocos, la verdad es algo primordial y prioritario, no los intereses. Todavía hay quien pretende descubrir el secreto que está detrás del secreto. Resulta que la responsabilidad es, en cierto modo, una consecuencia natural del hecho de ser ciudadano. A la hora de depositar una papeleta en una urna no se aplican filtros: ahí no importan ese puñado de personas selectas de aire misterioso que siempre quieren más, lo que importa son los millones de vidas cotidianas que se han visto afectadas por el abuso y la avaricia, y la correlación con las conductas indecentes de aquellos que juegan con nosotros. Haz lo que precises y será lo único que necesitas para cambiar las cosas.

 

Para serte sincero, no me gusta nada lo que estoy viendo en mi país. No vamos a ningún sitio bueno, no respeto a ciertos políticos de pacotilla, no respeto al puñado de verduleros que están empeñados en demostrar su valía haciendo gala de nulos conocimientos y peor preparación para solventar nuestros problemas. Las demostraciones han llegado a su fin. No soporto que nos traten como si fuéramos un grupo de imbéciles que pueden convencer con consignas arcaicas y mentiras. Tu compromiso es fundamental para salir de aquí. La realidad lo exige. El viaje es duro pero el objetivo no es ser como ahora. Es ser mejor.

 

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