
“Cuando se está en medio de las adversidades ya es tarde para ser cauto… sin razón se queja del mar el que otra vez navega”. Lucio Anneo Seneca (4 a.C).
Los océanos que constituyen el espacio más extenso de nuestro querido planeta, han sido y son testigos de las más intensas pasiones, cualidades y defectos que nos adornan, en cuanto humanos. Y en ellos y sobre ellos se han desarrollado hitos, batallas y relaciones; se han generado riquezas, pero también explotación, miseria y esclavitud, no solo en épocas pretéritas sino, también, desconsoladamente en nuestros días con muestras oscuras de extrema crueldad.
Desde hace muchos siglos el mar se divide en dos espacios con normativas legales muy distintas; a saber: el mar territorial, perteneciente al Estado ribereño y, por tanto, sujeto su soberanía (espacio aéreo, lecho y subsuelo), inicialmente llegaba hasta tres millas náuticas medidas desde la línea de bajamar en la costa y, tras la Convención sobre el Derecho del Mar suscrita en Montego Bay el 10 de diciembre de 1982, hasta doce millas o 22,2 km; y el mar común (el resto), sujeto al principio de libertad de alta mar.
De este modo existe una 'ultima frontera': las doce millas náuticas, tras la cual, se extienden los océanos en los que la intensidad de la Ley se atenúa, hasta quedar en la práctica erradicada. No faltan normas y tratados que disciplinan los océanos, sino medios para su efectiva aplicación, por la bastedad del espacio y la crudeza del medio. Y es ahí donde discurren en nuestros días las vidas de muchas personas.
Algunos datos para hacernos una idea de la dimensión de la que hablamos: Se estima que más de 56 millones de personas trabajan en pesqueros y un 1,6 millones en buques mercantes. El 90% del comercio mundial se transporta por mar; en concreto el año 2018 cerró con un volumen total del transporte marítimo de 11.000 millones de toneladas, con un movimiento de 810 millones de contenedores según el Informe sobre el Transporte Marítimo del año 2019 de la UNCTAD (Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Transporte).
Es por ello que deseo traerles noticia y recomendarles un libro que se adentra en las diferentes vidas, no precisamente fáciles y en ocasiones poco edificantes, de las personas más allá de la última frontera, titulado: 'Océanos sin Ley' (Editorial Capital Swing, 2019) de Ian Urbina (USA, 1972), periodista de investigación del diario The New York Times y director de The Outlaw Ocean Project (una organización sin ánimo de lucro dedicada a revelar los crímenes contra los derechos humanos y medioambientales, con sede en Washington).
En sus 531 páginas, Ian Urbina nos relata, en primera persona, la vida del elenco complejo de personajes que surcan los océanos, mediante quince historias vividas en sus viajes a través de la “última frontera salvaje” (como él denomina): desde las organizaciones ecologistas justicieras, que con sus buques se toman la justicia con sus manos, creyéndose “una policía internacional ecologista” en la persecución y detención de pesqueros furtivos (como 'Sea Shepherd' o 'Enforceable Oceans'), esclavos del mar, flotas furtivas, recuperadores o ladrones de buques, empresas privadas de seguridad, pesqueros de países del tercer mundo absolutamente insalubres, barcos (como el 'Adelaide') en donde se practican abortos a mujeres de países que no admiten la interrupción voluntaria del embarazo (pues, aunque la ley nacional prohíba el aborto, esta solo alcanza los límites de las aguas territoriales), polizones, vertidos ilegales de sustancias tóxicas (después de la II Guerra Mundial un millón de toneladas de bombas de gas mostaza y otras armas químicas de esparcieron por los océanos, e incluso hasta 1993 se arrojaron lodos radioactivos al mar, sin contar los vertidos en la limpieza de fondos o las llamadas 'tuberías mágicas' que disimulan vertidos tóxicos de grandes buques no sólo mercantes), guardas costeras que directamente dinamitan o hunden los pesqueros ilegales, etcétera.
En resumen, como dice el autor: “He explorado fundamentalmente el lado oscuro de esta masa indómita de agua… Pero también he presenciado una belleza sin igual y verdaderas maravillas… un atardecer albaricoque… El asombro es magnético y siempre que regresaba a tierra sentía una intensa nostalgia por este lugar, morriña por un sitio que no es mi casa, a pesar del sufrimiento que he visto en él… Aunque durante siglos hemos abrazado y reverenciado la vida que brota de estas aguas, hemos tendido a ignorar su papel de refugio para la depravación”.
En mi opinión: en ningún otro sito de nuestro planeta se aprecia, como en el Mar, el extremismo desnudo del silencio, la belleza, el desamparo, la solidaridad, la crueldad, el apoyo, la fuerza y la paz. Por eso, quizás, es tan famoso y recurrente un viejo proverbio marinero, que dice: “por debajo de los cuarenta grados de latitud sur no hay ley, más allá de los cincuenta, tampoco dios”.
En la antigüedad clásica se decía: “Quien domina el mar, domina todo” (Temístocles, Atenas, 525 a. C.); y, ahí precisamente, está la cuestión: ¿quién controla los océanos?
La realidad nos revela, como atestiguan las investigaciones de Ian Urbina, que la inmensa mayoría de las actividades oscuras o delictivas, se producen en los ámbitos de responsabilidad de estados fracasados o no democráticos, invadidos por la corrupción local impune y la ausencia de recursos gubernamentales, que borra cualquier interés de perseguir a los delincuentes, cuando no se les considera “socios”. Lo cual, por supuesto, no excluye los poderosos intereses de corporaciones occidentales que, para encubrir actuaciones incorrectas, buscan y encuentran refugio en las llamadas “banderas de conveniencia”.
Y, así podemos comprobar con datos oficiales que, el estado con mayor número de barcos abanderados (es decir, con derecho a nacionalidad y a enarbolar la bandera del correspondiente país) es Panamá, contando a comienzos de 2009 con 6.842 buques y 180 millones de toneladas de registro bruto (GT), que suponen un 22,8% de la flota mundial. Liberia ocupa el segundo lugar, con 2.127 buques y 81 millones de GT, y le siguen Bahamas, Islas Marshall y Hong Kong; e incluso hay buques con bandera y, por tanto, soberanía de Mongolia. Son las llamadas “banderas de conveniencia”, a las que se acogen un importante número de buques, con una razón clara: regulaciones y registros más laxos, baratos y desregulados; que pueden servir, en su caso, de disfraz para actividades criminales.
Y al mismo tiempo nuestros esforzados hombres y mujeres de la Mar, que dedican lo mejor de sus vidas y su talentos a la pesca, navegación marítima, investigación, defensa o control de actividades, respetuosos con la naturaleza, son infravaloradas, cuando no limitadas hasta extenuación en un enmarañado bloque de sobrerregulación y trabas burocráticas no justificadas por el conocimiento científico.
La extensión y dureza del espacio cubierto por los océanos, así como su belleza innegable en cualquiera de sus estados de calma o tormenta y el caudal de vida en él existente, no pueden hacernos olvidar las actividades criminales y los grandes intereses económicos que pretenden justificar toda agresión; máxime en una región como la nuestra que siempre ha mirado al Mar, coqueteando con él y sus gentes.

