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ENTRE TÚ Y YO

El amor y los sentimientos no existen. Todos somos adictos (parte 2)

Dr. Francisco Campillo Martes, 04 de Octubre de 2022 Tiempo de lectura:

 

En esta segunda parte de este artículo cuanto menos extraño, desentramamos el mal de amores, la pena por el desamor y de qué estamos hablando en la realidad sobre otras cuestiones como lo que creemos que son los sentimientos, por ejemplo.

 

Todos conocemos a algún amigo o persona cercana que le gusta hacer deporte. Le gusta tanto, que hay veces que hace hasta dos sesiones diarias, que dice que, si no sale a correr, por ejemplo, que se muere, que le falta algo, que no concibe la vida sin salir a correr, que si no hace ese ejercicio que tanto le gusta, se entristece, se deprime y “la vida no tiene sentido” para esta persona. Le diré más, mi querido lector, si este individuo tiene la desgracia de lesionarse haciendo deporte, es muy probable que incluso lesionado salga a correr.

 

Es un hecho, y un hecho ilógico, irracional y por desgracia para este deportista, inevitable en diversas ocasiones. ¿Inevitable? Pues lamentablemente sí, así es.

 

Si nos paramos a razonar con este hecho y comparándolo a un desengaño amoroso, es exactamente igual.

 

Como todo en la vida, tiene dos vertientes, los “apasionamientos” buenos y no tan buenos; el ludópata, el adicto al sexo o el cocainómano tiene las mismas emociones a las comentadas anteriormente, sin embargo, no diríamos que jugar a una tragaperras y tener ese primer beso de la persona por la cual suspiras se tienen las mismas emociones, ¿verdad? Pues lamentablemente si, son exactamente las mismas. Beso robado, esa velada romántica a la luz de las velas, por ejemplo, activa en nuestro cerebro una serie de neurotransmisores, que explicaba en el anterior artículo, que son dopamina, oxitocina, serotonina y endorfina, estimulando el centro del placer de un modo sin precedentes y claro, al cerebro eso le encanta. Le gusta tanto que quiere más, más, más y más… ¿hasta qué punto? Hasta las últimas consecuencias.

 

Hay distintos estudios y experimentos que respaldan mis palabras. El parque de las ratas fue una línea de investigación que plasmó una serie de artículos entre 1975 y 1981, quizá haya oído hablar de ello. En un parque de ratas, diluían cocaína en agua y a través de un gotero se le ofrecía a la rata. Bien pues, la rata que consumía esa agua repetía esa ingesta una y otra vez de forma compulsiva, olvidándose u obviando las acciones básicas de todo ser vivo, que es comer, dormir o moverse. Seguía bebiendo de esta agua hasta su muerte.

 

Un ejemplo demasiado drástico, lo sé, ni somos ratas tampoco, pero los patrones de comportamiento son los mismos: cuando nos “enamoramos” perdemos el apetito, no dejamos de pensar en esta persona a todas horas, nuestro ritmo cardíaco es más alto, nos cuesta hasta dormir, y a veces hasta respirar, ¿no es cierto? Y el corredor quiere correr a cualquier precio, y el toxicómano consumir y el enamorado estar con esa persona amada.

 

El desajuste neurohormonal es tan brutal que nos pasa todo esto que comentaba cuando estamos realizando eso que tanto nos gusta, alcanzando unos niveles de “felicidad” (centro de recompensa del cerebro), que nos cambia nuestra funcionalidad cerebral y por ende, se modifica la química cerebral porque, en todo enamoramiento hay un disgusto, una riña, una discusión y parece que se nos va la vida, entrando en una caída en barrena de neurotransmisores inversos, que nos llenan de apatía, tristeza, preocupación, estrés, ansiedad… ¿de verdad no le ve usted, mi apreciado lector, ninguna similitud a cualquier enfermedad de adicción?

 

¿Enfermedad? Sí, sí, dije bien, enfermedad. El adicto a las drogas, al juego, al sexo, padece una enfermedad, al igual que el consumo de azúcar o comer. Yo opinaba distinto antes de empezar con la odisea de mi segundo doctorado en bioquímica y neurociencia; pensaba: “el que se droga es porque quiere y si de verdad no quisiera hacerlo no lo haría, es falta de fuerza de voluntad (también he descubierto que este término es otro mito, pero eso para otro día)”. Lamentablemente esto no es así. El cerebro de este enfermo ha desarrollado una “necesidad” a esta droga porque ha estado sobrealimentando el centro de recompensa de un modo que no es adicto a una sustancia, sino a unas emociones, unas sensaciones, exactamente iguales que el amor, que el que corre “enfermizamente” o el ludópata. Esto es así de tal modo que su cambio de química cerebral conecta esa sensación de placer con el instinto de conservación, y estas vías de información van a través del bulbo raquídeo, estando por tanto fuera del alcance del autocontrol y la medida, ya que no se canaliza por nuestro lado racional y es muy muy difícil de frenar.

 

El psiquiatra Aaron Beck, padre de la terapia cognitiva, desarrolla un estudio sobre la adicción identificando estas ganas irrefrenables de saciar este deseo de, lo que sea, por seguir ejemplos, de llamar a esta persona tras una riña, aunque sean las 03.00 am, ojo, ir en busca de esa persona sin pensar más allá importando poco el resto de las cosas y demás paralelismos con el concepto de “craving”, que es eso, una necesidad abrumadora de consumir sin casi posibilidad de control.

 

Hay personas que mueren y matan por amor, por drogas, por juego, etc.; no es distinto unas de otras.

 

No hay fármacos, no hay brebajes ni conjuros que quiten el mal de amores, ¿verdad? Cuando empecé este artículo, le dije que le explicaría con argumentación científica que el amor no existe y los sentimientos tampoco, pero en ninguna parte de este texto he escrito que le fuera a dar una solución, que supongo que la habrá, pero yo la desconozco totalmente.

 

Cierto es que al igual que un trauma amoroso jamás se olvida, un exfumador tampoco olvidará el placer que le producía fumar (lo reconozca o no), pero se sigue adelante, día tras día, haciendo cosas nuevas, al paso del tiempo, no yendo a los lugares “conflictivos”, cambiando ciertas cosas finalmente terminamos por seguir nuestro camino.

 

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