
La mayoría del tiempo no sufrimos por lo que va a pasar dentro de 5 minutos. Y aunque el día está lleno de 5 minutos no nos agobiamos por lo que sucederá. Manejamos la incertidumbre y, es más, no la cuestionamos. Vivimos y punto, aunque siempre pasa algo positivo, neutro y en ocasiones negativo.
Llevamos a nuestros hijos al cole, vamos al trabajo, a comprar, de fiesta con amigos y no pensamos en tener un accidente o en ser incompetentes. Y él no pensarlo no garantiza que no pase, pero el anticiparlo tampoco lo garantiza, aunque genera una angustia que nos hace más torpe para pensar con claridad y entonces cumplirse el augurio de las expectativas negativas.
Querer tener una pierna en el futuro nos deja cojeando en el presente y aunque no estamos libres de la incertidumbre porque no hay certeza en las cosas, el mero hecho de querer controlarlo nos hace vivirlo con ansiedad.
La amenaza existe en muchas situaciones, pero la mayoría del tiempo no la contemplamos. Por suerte manejamos casi el total de las situaciones sin angustia, pero hay otras ocasiones que siendo igualmente inciertas no sabemos controlar y salen a pasear ambas de la mano. Y ese borneo de la adversidad de la vida con ansiedad no es muy saludable.
Y pasean juntas cuando ante un hecho me cuento una película de terror, quizás aprendida por experiencias pasadas, pero sobre todo por una estrategia de afrontamiento bastante borrosa de la realidad. La imaginación no tiene límites y hay personas que son muy creativas a la hora de escribir guiones trágicos.
No es lo mismo ante la misma situación pensar cómo lo voy a conseguir, que pensar qué es imposible conseguirlo. No es lo mismo pensar lo voy a pasar fatal, que me voy a divertir. No es lo mismo pensar que seguro suspendo, que pensar voy a preparármelo bien.
Todos tenemos miedo. Hay un miedo saludable que me hace ser precavido y actuar con lógica que llamo el miedo listo. Pero también existe el miedo tóxico que inventa cosas terribles, al que llamo miedo tonto.
Un ejemplo de miedo listo, con un paseo poco agradable de incertidumbre y ansiedad es cuando una persona espera el diagnóstico del médico tras notarse un bulto. En este caso se disparan todas las alarmas, pero si nos centramos en cómo puedo influir en esa situación, el paseo cogidos de la mano será más corto.
El ejemplo de miedo tonto, muy extendido y que genera paseos poco gratificantes serían como no viajar por miedo a volar, no ir a una cita con amigos por miedo a caer mal o no empezar un proyecto por miedo al fracaso.
Cuando la ansiedad, que sí es evitable, aparece, pierdo la capacidad de analizar la situación de manera objetiva y detiene al optimismo realista. No es cuestión de ser un “happy flower” porque no sería realista pero tampoco es realista entrar en visión de túnel lleno de catastrofismo.
Si aprendo a convivir con la inevitable incertidumbre le enseñaré a mis hijos a pasear más libremente por el sendero de la adversidad. No podemos ahorrarles sufrimiento, pero sí podemos enseñarles a afrontar las situaciones con objetividad, centrándose en lo que tiene que hacer para resolver la situación que está viviendo y no en lo que pasó en el pasado o en las infinitas posibilidades destructivas del futuro.
Si tu hijo está nervioso por un examen, céntralo para que se planifique bien. Que está teniendo problemas con compañeros del colegio o instituto, céntralo para que tome decisiones justas para él y que analice sus habilidades sociales. Dotar a los hijos de una autonomía para confrontar sus problemas reduce considerablemente la angustia porque ya está centrado en la solución y no en el problema, del cual quizás tenga poco o ningún control.
Darle vueltas a lo que pasó no me ayuda a avanzar. Anticipar lo que va a ocurrir, ya sea suspender o verse aislado de los compañeros, tampoco ayuda. Decidir qué hacer con pequeños objetivos lo llevará a la meta deseada.
Si deseamos que el paseo por la adversidad no sea una experiencia negativa dotemos al presente de las dos piernas que tiene para andar con paso firme.

