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ENTRE TÚ Y YO

La nación que se inventó a sí misma

Javier Escolano Jueves, 13 de Octubre de 2022 Tiempo de lectura:

 

“Rusia está contenida en las profundidades rurales donde reina un silencio eterno”. Nicolái Alekséyevich Nekrásov  (poeta ruso nacido el año 1821en Nemirov, Ucrania), de su libro “Silencio” .

 

Si nos preguntamos sobre Rusia o si lo hacemos a terceros, la sincera respuesta no puede ser más que un vacío próximo al “silencio eterno” que nos describe, uno de mis poetas rusos favoritos, el citado N. A. Nekrásov. Pero este reconocimiento no puede detenernos en el humilde propósito de conocer algo de la historia de la nación más extensa del mundo, de los hechos que la han conformado hasta nuestros días, e incluso de cuál ha sido y es hoy, la visión que los rusos tienen de sí mismos y de los demás.

 

Esa misma pregunta se la han hecho los propios habitantes de una extensión geográfica tremenda, que se prolonga a lo largo de once zonas horarias, sin fronteras naturales, con la inaccesibilidad de muchas de sus regiones y una población notablemente dispersa.

 

La memoria individual sobre los mitos del pasado y el relato de la historia recreada conforme a la conveniencia de la élite en el poder, han sido una constante en Rusia; e incluso, en la cruel actualidad, la invasión de Ucrania ordenada por Putin (24 de febrero de 2022), ha pretendido ser justificada por éste en reminiscencias históricas y en su cerrada declaración: “los rusos y los ucranianos son un solo pueblo” (“Sobre la unidad histórica de los rusos y ucranianos” publicada por Vladímir Putin, en julio de 2021).

 

Es por ello que deseo traerles noticia y recomendarles dos libros: Uno, breve de apenas 175 páginas, centrado en la historia política y cronológica de Rusia (por tanto, imprescindible para un mínimo conocimiento de esta compleja nación); y, otro, mucho más extenso, de 588 páginas, centrado en su historia cultural  (obra sin duda excepcional pero exigente por el tiempo de lectura); con los cuales podemos aproximarnos al latir del “alma rusa”.

 

El primero se titula “Una historia breve de Rusia: cómo entender la nación más compleja del mundo” (Editorial Capitán Swing, 2022) de Mark Galeotti (Surrey, Inglaterra, 1965), jefe del departamento de historia de Keele y profesor de la Universidad de Nueva York.

 

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Lo primero que me llama la atención, es la incorrecta traslación al español del subtítulo: “cómo entender la nación más compleja” de la edición española; frente a la original del idioma inglés: “How the World´s Largest Country Invented Itself, from de Pagans to Putin” (“Cómo la nación más grande del mundo se inventó a si misma, desde los paganos a Putin”); o la similar expresión de la edición francesa: “Comment le plus grand pays du monde s´este inventé”.

 

La obra se encuentra estructurada en ocho capítulos que condensan la historia de Rusia desde las primitivas tribus eslavas y su lucha contra los vikingos de Escandinavia (a los que llamaban “varegos”), hasta una última referencia a la invasión de Ucrania decretada por Putin. Desde la fundación de la norteña y fría Nóvgorod (urbe comercial por excelencia que extendía su influencias por el mar Báltico y prácticamente era noreuropea), la toma de Kiev al suroeste, en el año 882 (ciudad principesca, encrucijada de múltiples civilizaciones y cuna de la ortodoxia cristiana, desde que Vladímir en el año 988 ordenó el bautizo de todos su ciudadanos a punta de lanza), o la conversión de lo que no era más que un pueblo de caza en la gran ciudad de Moscú (con la llegada de los mongoles en 1237, que supuso la destrucción de Kiev,  la humillación de Nóvgorod y el establecimiento del llamado “yugo mongol” durante varios siglos, en lo que algunos han creído ver las raíces de la verdad de un viejo proverbio francés que dice: “dentro de un ruso hay siempre un tártaro”).

 

De todo ello, a mi juicio, el autor destaca tres aspectos; a saber: 1º) la lucha constante entre el centro y la periferia, un desafío inevitable en una tierra enorme que sigue vigente hoy; 2º) el hecho de que Rusia estaba condenada para siempre a estar rodeada de grandes potencias, que al mismo tiempo la amenazaban y la impresionaban; y, 3º) la historia está muy viva en la Rusia de hoy… se trata de un redescubrimiento de historias que se han liberado del escalofriante control ejercido por la ortodoxia soviética”.

 

En definitiva, nos dice Mark Galeotti: “una y otra vez, los gobernantes de Rusia cambiarán el pasado para construir el futuro que deseaban, normalmente hurgando en los mitos culturales y políticos y en los símbolos que necesitaban… las librerías crujen bajo el peso de historias revisionistas, y los libros de texto escolares se reescriben de acuerdo con las nuevas ortodoxias… la visión de Vladímir Putin es el de una Rusia igualmente asediada, … contra un Occidente hostil, prescriptivo y degenerado, y un turbulento islam al surla Rusia moderna está intentando confeccionar una identidad a partir de retazos de su historia que decide recordar y retener”.

 

Quizás nada más significativo que el Monumento a los Defensores del Suelo Ruso situado en el Parque de la Victoria, en los suburbios occidentales de Moscú, el cual une a un guerrero medieval del tipo que luchó contra los mongoles-tártaros en la batalla de Kulikovo en el año 1480, con uno de los soldados de infantería que expulso a la Grande Armée de Napoleón en 1812 y un soldado soviético de la Gran Guerra Patriota (II Guerra Mundial). Detrás del cual está la ideología postsoviética: “una mezcla de quisquillosa actitud defensiva y un mito nacionalista inclusivo sobre una misión histórica única

 

El segundo es: “El baile de Natasha: una historia cultural de Rusia” (Editorial Taurus, 2021) de Orlando Figes (Londres, 1959), profesor de historia del Birkbeck College de la Universidad de Londres.

 

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Sin duda una obra excelente, en la que el autor aúna claridad y belleza en el lenguaje con un profundo conocimiento de la cultura rusa; tras cuya lectura, la indiferencia no tiene cabida.

 

Y así, desde la inicial referencia a la bella y conocida escena escrita por Tolstói en “Guerra y Paz”, en la cual la joven condesa Natasha Rostov es invitada por su tío (un oficial retirado del ejercito) en su humilde cabaña de madera, a unirse a la danza popular de una canción campesina de amor (“Una doncella bajaba por la calle”) y, al hacerlo, la joven noble educada a la francesa se empapa del aire ruso; nos plantea un deseo de comunión amplia con el campesinado, que está presente en la historia rusa; como también era anhelo de los “hombres de 1812” (que lucharon contra el ejercito de Napoleón), de la existencia de una sensibilidad compartida que unía a todos los rusos (mujeres y hombres, condes o campesinos).

 

Y con ello el objetivo del libro, a decir de su autor, es intentar demostrar que: “hay un temperamento ruso, unas costumbres y unas creencias nativas, algo visceral, emocional, instintivo, transmitido de generación en generación, que ha contribuido a dar forma a la personalidad y a mantener unida la comunidad”.

 

Para ello nos adentramos de la mano experta del autor en la cultura rusa, no solo formada por “obras de arte o discursos literarios, sino por códigos no escritos, señales y símbolo, rituales y gestos, y actitudes comunes que fijan el sentido público de aquellas obras y organizan la vida interior de una sociedad”.

 

Desde la Rusia europea, escenificada en la construcción de la ciudad de San Petersburgo, a modo europeo, que se convertiría en mito, de modo que ser ciudadano de esta ciudad era dejar atrás las “costumbre medievales y atrasadas” del pasado ruso de Moscú y entrar, como ruso europeo, en el mundo moderno occidental de progreso y la Ilustración.

 

Pasando por “los hijos de 1812”, representados por las palabras del príncipe Seguéi Volkonski al emperador Alejandro: “… desde el comandante supremo hasta el más común de los soldados, cada hombre está dispuesto a entregar su vida por la causa patriótica… cada uno de los campesinos es un patriota (debería enorgullecerse de ellos)… me avergüenzo de pertenecer a la aristocracia,  hablan mucho pero no hacen nada”.

 

O el “matrimonio campesino” para referirse al movimiento iniciado en verano de 1874 que llevó a miles de estudiantes a dejar las aulas en Moscú y San Petersburgo y viajar de incógnito al campo para iniciar una nueva vida junto al campesino ruso (“yendo hacia el pueblo, con la esperanza y la expectativa de hallar una nación nueva en la hermandad de los hombres”). Destaca la obra que se convirtió en la referencia de los revolucionarios (incluido el joven Lenin): ¿Qué hacer? De Nikolái Chernyshevki. Y a su vez el descubrimiento de la realidad que hizo “caer el mito del buen campesino, que pasaba a ser solo un ser humano embrutecido y endurecido por su pobreza en lugar del portador de una lección moral especial para la sociedad”. A ello contribuyó en 1897 la publicación por Chéjov de su conocida obra “Los campesinos” y el cuadro de Iliá Repin (1870) titulado “Los sirgadores del Volga”.

 

Hasta la búsqueda del alma rusa y los descendientes de Gengis Kan, en concreto la travesía de Kandinsky hasta la región de Komi, en un viaje al pasado, en búsqueda de los retos del paganismo, ya que constituye un punto de encuentro entre el cristianismo ortodoxo y el ancestral paganismo chamánico de las tribus asiáticas;  Rusia a través de la lente soviética, con artistas como Mayakovski o Meyerhold y las grandes purgas, torturas y muerte de muchos artistas (de los setecientos asistentes al Primer Congreso de Escritores de 1934, solo cincuenta sobrevivieron para acudir al segundo, celebrado veinte años después);  y concluir con la diáspora, de la amplia “Rusia en el extranjero” y las palabras de Stravinski: “El olor de la tierra rusa es diferente, y es imposible de olvidar algo sí”

 

He de reconocerles que la lectura de los dos libros hoy recomendados y, por tanto las opiniones e historias que ambos atesoran, me ha cambiado mis anteriores percepciones sobre el pueblo ruso y, creo, me han aproximado a sus hitos y aportaciones al devenir de Europa y, por tanto, del mundo; así como a las servidumbres y penalidades que han conformado su pasado colectivo y rasgan, todavía, su presente.

 

En mi opinión: el pasado atormentado de un pueblo y la extensión y profundidad de la servidumbre extrema de la mayoría de las personas que lo han conformado, no justifica agresión ni crueldad actual alguna. Al contrario, a mi entender, relata el éxito de la manipulación de los mitos pasados  (memoria o recuerdo inculcado por interés del poder, pero no historia) y sus nefastas consecuencias, cuando se pretende construir el presente, ajustando cuentas con un pasado que, como tal, hoy no existe.

 

No creo en el “determinismo histórico”, ni en anclar nuestro futuro en la memoria individual, en los mitos ancestrales de grupo o en cualquier relato histórico. Es importante conocer nuestra historia y la de los demás pueblos, con sus logros y vergüenzas; pero como muy dice Mark Galeotti: “La historia no es el destino” y “el tiempo erosiona todas las viejas realidades”.

 

Desgraciada y criminalmente hoy existe una guerra imputable a Putin. Pero éste no debería olvidar las palabras con las que Mark Galeotti concluye su citada obra (página 175): “las guerras tienen tendencia a acelerar el ritmo del cambioPutin no debería haber jugado con la historia. La historia siempre gana”.

 

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