Un Nuevo Contrato Social Universal
“Lo que pierde el hombre por el contrato social es su libertad natural y un derecho ilimitado a todo cuanto le tienta y puede alcanzar. Lo que gana es la libertad civil y la propiedad de todo cuanto posee" (El Contrato Social, Rousseau, 1712-1778).
Asistimos impávidos a un momento de nuestra Historia en el que un solo hombre fuerza todo el orden mundial sin que nadie pueda evitarlo. Lo que parecía desterrado, ese Lebensraum expansionista, que quiso extender las fronteras alemanas provocando la Segunda Guerra Mundial, vuelve a ocurrir con Rusia, fruto de la ambición mesiánica de un dirigente que ha conseguido reinstaurar el chequismo soviético sin que nadie lo haya parado a tiempo. Firmemente asentado por una concentración de poder y de control económico y financiero, en manos de una oligarquía generada a su exclusivo servicio, se ha dispuesto a decidir, él solo, el futuro de todos nosotros.
Al margen de alguna tibia respuesta aislada, se trataría de una política ejecutada bajo un silencio cómplice de los ciudadanos que gobierna, como sucediera en la Alemania nacionalsocialista, pues a diferencia de lo que pasa ahora en Irán, con sus habitantes enfrentados a su propio gobierno, los ciudadanos rusos solo se manifiestan huyendo cuando se les llama a filas muchos meses después de comenzar el conflicto. Parecería que esos ciudadanos hayan perdido el norte de su realidad, que vivan desconectados de todo lo que sucede en su nombre, sin hacer nada internamente para evitarlo.
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Y mientras esto sucede, la comunidad internacional espera paciente, ayuda tímidamente a los oprimidos y tolera, derrotada, que personas inocentes mueran, que las economías domésticas quiebren, que la energía tenga costes inasumibles, que salten por los aires precios y tipos de interés y que cada vez cierren más empresas en un mundo servil bajo la voluntad de un solo hombre. El mundo no va a mejor sino todo lo contrario. En cierto modo, con un proceder no muy distinto al del pueblo ruso, sin perjuicio de algunas severas y expresas manifestaciones institucionales, también existiría cierto colaboracionismo occidental por omisión. Y lo que parecía imposible ha vuelto a suceder pues siendo tan evidente el problema, identificado el origen del conflicto bélico, social y económico, la sociedad sigue sin saber cómo resolver los grandes dilemas que le afectan, sin que parezca haber aprendido nada del pasado. Algo falla.
No es nada aislado ni nuevo que determinados populismos sean cosechados a costa de una perversión de la democracia. Descubrimos así con demasiada frecuencia, dentro del concepto legitimador de la “democracia”, a todo un arsenal de iluminados, dirigentes que nuestra sociedad no merece. Y no es preciso citar nombres, pero ahí están de nuevo después de Nuremberg, del Tribunal de La Haya, de la Corte Internacional, de la OTAN, de la Unión Europea y de la Organización de Naciones Unidas. Nada funciona. Todos estos nuevos iluminados han llegado al poder haciendo uso de una democracia dirigida a su servicio, pero votada por los ciudadanos que los legitima, y descubrimos, asombrados, que el hombre moderno, construido tras los grandes desastres contemporáneos, sigue siendo ahora incapaz de defenderse a sí mismo.
Pero no debería ocurrir esto. El contrato social de Rousseau fue realmente un texto fundador de la democracia por el que el Estado debe concebirse como un pacto que establecen los ciudadanos libres por su propia voluntad, el individuo cede parcialmente sus derechos, poder y propiedad, pero a cambio debe recibir de vuelta mucho más. Como ciudadano soberano es, a la vez, gobernante y súbdito y tiene un interés vital en que se tomen decisiones sensatas.
Ante el descrédito de la política internacional y el posible desmoronamiento de la democracia, como sistema incapaz de resolver las grandes intrigas socioeconómicas que vive nuestra sociedad, en este preciso momento, se viene hablando entre fuentes diversas, incluso antagónicas, de la necesidad de una revisión reparadora para instaurar un “Nuevo Contrato Social” que rija nuestra convivencia, que ha de trascender de lo local a lo internacional, buscando su eficacia universal.
La teoría del contrato, desde Rousseau, y después Kant, ha sido bandera de la mayoría de los filósofos políticos que ha conocido la Historia, y no es un modelo agotado. Cierto es que también ha sido herramienta instrumental usada por todos los críticos del derecho natural, entre ellos Bentham, Hume, Hegel y Marx, quienes, bajo la influencia de diversos sistemas ideológicos, la han pervertido con las consecuencias que bien conocemos, utilitaristas, fascistas, populistas o marxistas que aún invaden nuestro pobre pensamiento. Pero ahí está la teoría del contrato para quedarse, pues siempre habrá que fabricar un discurso bajo el amparo de este concepto.
Y es que, si el contrato social debe ser un instrumento de legitimación política, un fundamento de legitimación del poder legislativo y judicial, a través de la libertad como expresión de la autodeterminación del hombre, viendo claramente sus deficiencias ha de mutar para justificar nuestra obediencia al derecho y a la ley, pues es precisamente el hombre quien ha de someterse voluntariamente al contrato si queremos mantener una herramienta útil para combatir la opresión. Y cuando ese contrato se incumple, porque los gobernantes lo infringen o se han olvidado de él, hay que exigir su cumplimiento, o dejarlo sin efecto hasta mejorar sus condiciones.
Precisamente, cuando parecía que nuestra sociedad había aceptado ese contrato social de forma global y emergíamos lentamente de una pandemia sanitaria mundial, que nos ha obligado a tomar decisiones colectivas, el ataque armado contra Ucrania, el sacrificio humano y sus consecuencias socio-económicas, han traído a nuestra sociedad una inestabilidad aún más profunda, un drama sociocultural, una crisis alimentaria, de combustible y financiera que conduce a millones de personas a la inseguridad y a la pobreza, gravemente expuestas y vulnerables de forma simultánea.
Las desigualdades provocadas por esta situación de crisis mundial destruyen todo el estado del bienestar construido durante décadas, escupe desde un espejo la peor imagen de nuestra identidad, malogra todas las medidas destinadas a la recuperación tras la covid, y paraliza las actuaciones contra el cambio climático, que ahora parecen secundarias. Ante ello, como medida paliativa, los dirigentes de nuestros Estados, tan democráticos y modernos, se limitan a aconsejar a sus habitantes que compren mantas y bajen sus calefacciones y que esperen en sus casas y en los comedores sociales a que lleguen bonos y subvenciones, como antes las cartillas de racionamiento, mientras enviamos armas al país invadido. Realmente es posible que el contrato social, local y aislado entre unos países y otros, ante acontecimientos tan descomunales, sea hoy en día insuficiente.
Actualmente la irrupción de líderes tan singulares como los que todos tenemos en el pensamiento, tan poco creíbles, o el resultado de nuestras propias políticas en España, enfrentada al nacionalismo separatista sin una fórmula reparadora, cuyas exigencias vuelven a reaparecer, con prácticas que parecen destinadas a embroncar a una sociedad intelectualmente mucho más avanzada que sus líderes, dan lugar a que el nivel de democracia que una persona media podía percibir en el mundo se haya reducido de forma muy perceptible, pues el “Contrato Social” parece ahora una herramienta al servicio del fracaso, y los aparentes logros democráticos conseguidos en el pasado, bajo la bandera de la globalización y de la construcción de un nuevo orden mundial, decaen ahora desfasados.
El declive de la democracia se hace especialmente visible en toda África, en Asia, en Rusia, en gran parte de América Latina, como se refleja en ataques permanentes contra el estado de derecho y contra los propios derechos humanos, con nuestra pasividad y silencio. También la confianza en las instituciones se erosiona por la falta de transparencia, por la deficiente rendición de cuentas de los funcionarios públicos, de todos los signos, por la falta de grandes candidatos políticos que entusiasmen y cumplan su palabra, pues la sociedad se siente ignorada, engañada por sus dirigentes, con grandes oscilaciones de pensamiento ante la nula conciencia social y colectiva, como si la democracia no hubiera cumplido lo que aparentemente prometía.
Sin embargo, este debilitamiento de la democracia, del orden jurídico internacional, y del propio derecho internacional, insuficientes para reparar el daño, extrañamente no ha dividido ni polariza a la sociedad mundial en este punto que tiene clara la identidad del culpable de todo lo que acontece. Hay un responsable único en este momento que hace saltar por los aires no solo vidas y edificios de un país concreto, lo que ya es grave. Ese único hombre ha afectado absolutamente al normal desenvolvimiento de todo el mundo moderno y esto no puede ser tolerado por nuestra sociedad, así, pasiva, de brazos cruzados ante el telediario. Su identificación debería ser motivo suficiente, por sí mismo, para que los dirigentes de este mundo tan global y “perfecto” reaccionen en vez de dar esta imagen decadente de nuestra civilización. Ante esta crisis mundial, ante este grave conflicto, con tantas muertes de las que un solo hombre es responsable, con la amenaza de una guerra nuclear, si sus propios súbditos no hacen nada para derrocarlo, se intuye, es un silencio a voces, casi repugnante imaginarlo, que la sociedad demanda su fatal y necesario desenlace, nadie puede negarlo.
Mientras eso ocurre, un “Nuevo Contrato Social”, posiblemente en el seno de Naciones Unidas, promovido por la Unión Europea bajo el amparo de los pactos de Defensa en el seno de la NATO, debería dar la posibilidad a los Estados miembros de tomar medidas universales y justas e impedir que suceda de nuevo algo como esto, lo que incluye la erradicación del hambre y de las injusticas ante las tiranías y las democracias pervertidas. Un pacto que permita, sin derecho a vetos, las injerencias e intervenciones transnacionales precisas cuando algunos miembros del globo se empeñen en devolver nuestra civilización a los tiempos de las cavernas. Ahora mismo el problema es un solo hombre, es una persona, y hay que intervenir, antes de deshumanizarnos del todo. Es desgraciadamente fácil adivinar cómo.
Ante lo que está pasando, al margen de diseñar cómo resolver este problema, un Nuevo Contrato Social Universal se hace imprescindible. No nos puede estar pasando esto de nuevo. Hay que animar a los mejores políticos, a los más vocacionales y formados, para que lo lleven a cabo.























