Veo y lo veo
La luz de un nuevo día va ganando terreno a la oscuridad y se extiende por toda la habitación. Las cortinas no bastan para impedir el irremediable avance de los rayos del sol, dotando de vida todos aquellos objetos que va alcanzando. Siempre igual, de este a oeste, el mágico ritual se cumple cada mañana.
Algunos fines de semana me sorprendo a mí mismo presenciando ese espectáculo de luces y sombras mientras disfruto de un buen café. Sigo el recorrido y doy mentalmente la bienvenida a los objetos inanimados: “buenos días, cuadro”, “qué tal, lampara de pie”, “cómo se presenta la mañana, señora mesa”, “ahí estás, mi querido elefante rosa”…
Un día más, ese enorme ejemplar de más de cuatro toneladas de peso, tres metros de altura y color llamativo, ocupa un lugar privilegiado de mi estancia. Ya no me sorprende porque me he acostumbrado a su presencia y es curioso, porque su comportamiento se asemeja más al de una tortuga de tierra, que pasa la mayor parte del tiempo quieta y aparece y desaparece por arte de magia.
Recuerdo la primera vez que le vi, aunque lo correcto sería decir la primera vez que fui consciente de su presencia. Me llevé un gran susto inicial, pero tras recuperarme, me armé de valor y le pregunté aquello de “qué hace un paquidermo como tú, en un sitio como este”. Así fue como inicié un diálogo ficticio que me llevó a conocer la historia de ese singular ejemplar.
![[Img #93654]](https://murciaeconomia.com/upload/images/10_2022/9007_rosa.jpg)
Nuestro protagonista entró en mi vida cuando tenía el tamaño de un grano de arroz. Era casi imperceptible a la vista y se coló en la habitación con suma facilidad. Sin necesidad de comida o bebida, ya que su fuente de alimento era otra, fue creciendo. Por lo menos eso es lo que me contó, porque yo no me percaté hasta hace bien poco de su existencia y mucho menos de su etapa de desarrollo.
El “grano de arroz” se convirtió en una “gran montaña gris” que yo seguía ignorando cada amanecer. Poco importaba que su tamaño fuera considerable y la luz del sol alumbrara progresivamente su inmensa morfología. Yo seguía saludando a mi cuadro, a mi lámpara de pie y a la señora mesa.
El elefante tenía que hacer algo porque no podía abandonar la sala. No cabía por las puertas ni ventanas y no había escapatoria. Fue entonces cuando por obra y milagro de su instinto de supervivencia y la enésima adaptación de la especie, el elefante mutó el color de su piel, se “vistió” de rosa y a partir de ese momento, fue visible para mí.
Tras superar ese gran impacto inicial, me acostumbré a su presencia y lo integré como un elemento más, aunque exótico, del mobiliario de mi salón. En ese momento ya sabía por qué estaba ahí, pero no hacía nada al respecto y confiaba en que la propia vida o el destino hicieran el trabajo duro. Este pensamiento de “fluir” se vio reforzado con el hecho de que a veces mi elefante rosa desaparecía y aparecía a su antojo. Así pues, por qué preocuparme, si no me molestaba, misteriosamente entraba y salía cuando quería y además no pedía nada a cambio.
Así transcurrió el tiempo hasta que me di cuenta de que mi “gran elefante rosa” nunca se marcharía hasta que no le indicase la salida correcta. ¿Y cuál era esa? Se llamaba “solución”.
Mi adorable y llamativo paquidermo era la representación de un conflicto que derivó en problema. Un pequeño y diminuto hierbajo que se convirtió en selva por falta de mantenimiento.
Afortunadamente supe verlo y decidí actuar conforme al protocolo que establece el buen marketing.
Escucha activa -Interiorización del problema-Búsqueda de soluciones consensuadas -Definición de la estrategia-Aplicación práctica-Acompañamiento-Supervisión-Medidas correctoras y escucha.
Quizás el procedimiento sea un poco largo, pero no olvides que tenía un problema de envergadura y lo que me interesaba, es que el elefante abandonara definitivamente la sala y se instalara en un hábitat más acorde a su naturaleza y tamaño. Allí es donde irán a parar todos esos ejemplares que hemos ido reciclando para que la vida pueda fluir. Esas manadas ya no supondrán ninguna amenaza y en sus cerebros almacenarán una experiencia que será una gran fuente de sabiduría, porque nos mostrará el camino a seguir para convertirnos en expertos cuidadores.
Esa enorme figura representaba una molestia creciente que se hizo insoportable y la incomodidad era su alimento favorito, estableciendo una relación directamente proporcional con su aumento de tamaño.
Todos tenemos ese adorno en nuestras vidas, pero no siempre lo vemos. Otras veces convivimos con ellos firmando un pacto de no agresión que sabemos se volverá en nuestra contra y en el peor de los casos, damos cobijo a una manada con el consiguiente riesgo de estampida.
El marketing es una buena herramienta para poner al descubierto el gran problema que tenemos ante nuestros ojos, facilitándote la tarea, porque estamos para servirte y dar soluciones. Muchas veces ponemos todo nuestro esfuerzo en evitar que surjan conflictos, pero no destinamos la suficiente energía para resolverlos correctamente. La naturaleza es muy sabia y no quiere que los elefantes se extingan, por eso los pinta de rosa para que actuemos tal y como se espera de nosotros.





















