
Dicen que la historia es cíclica y así lo parece.
Todo gran imperio tiene un principio y un fin. Cayeron los griegos, los romanos, los españoles… Por eso no debe extrañarnos que el mundo tal y como lo conocemos cambie hasta incluso desaparecer. ¿Quién les iba a decir a los romanos del imperio que iban a ser destruidos por unos pueblos bárbaros de la estepa? La propia expresión “bárbaro” que deriva del griego y significa el que balbucea, (es decir; el que no hablaba en griego y después en latín) nos da una idea de lo inesperado del acontecimiento para los habitantes de la urbe.
El éxito de Roma fue el origen de su caída. Ellos (como los occidentales ahora) con su cultura, su derecho, su arquitectura, se creían el principio y el fin de la civilización y por ello no pudieron si quiera adivinar hasta que ya fue demasiado tarde que, aunque su legado siempre quedaría para la posteridad, su poder desaparecería para siempre.
Desde hace varios años, me pregunto si Occidente estará acercándose al fin de su supremacía.
Desde luego, hay razones para preocuparse, por ejemplo, mientras en Occidente nos vanagloriamos de nuestros logros sociales y económicos, China trabaja en silencio hasta convertirse en la gran banquera y fábrica del mundo, o mientras en Occidente destinamos ingentes cantidades de dinero en burocracia y en políticas superfluas y demagogas Rusia cierra acuerdos con Afganistán para controlar, junto con China, las “tierras raras” que son la base del futuro desarrollo mundial.
Pero estos y otros muchos ejemplos que podemos encontrar no son la raíz del problema.
La batalla desde luego es desigual. Las democracias occidentales están sometidas al constante cambio de dirección, mientras que las dictaduras siempre van en la misma tratando de acaparar más poder.
Pero si desde hace más de cien años siempre ha sido así y la cultura y economía de Occidente ha triunfado ¿qué ha cambiado? En mi opinión ha cambiado lo más importante en cualquier civilización: las personas que las gobiernan.
Roma cayó cuando sus políticos dejaron de tener “auctoritas”. La “auctoritas” la tenían las personas que se ganaban el respeto y la admiración de los demás por lo que decían, por lo que hacían, con independencia de si tenían o no “potestas” que emanaba de la legitimidad otorgada por la sociedad civil.
Los políticos actuales de Occidente tienen legitimidad indiscutible para gobernar, pero no son líderes ni siquiera en sus propios países. Occidente necesita encontrar líderes que cuenten con el respeto y la admiración de su pueblo y que los guíen en el camino. En los países no democráticos la “auctoritas“ no la necesitan porque tienen el “imperium” (es decir el “dominio” o poder de mando y castigo) y el camino se va a andar con o sin el consentimiento de su pueblo.
Por eso es tan importante saber elegir al líder, no al embaucador, mirar por encima de nuestros propios intereses y buscar el bien común. La tarea es complicada puesto que, debido al descrédito de la política, quizá los mejores se queden en casa, pero aun así hay que hacer un esfuerzo por buscar, de entre los que hay, a los que estén dispuestos a servir a los demás, a los que son coherentes entre lo que dicen y lo que hacen y a los que son valientes para decir lo que piensan con independencia del rédito electoral o reputacional. Ojalá y me equivoque, pero me temo que Occidente no está eligiendo al líder, si no al que mejor sabe venderse, no vota por el bien común si no por el bien propio, no apuesta por lo mejor si no por la satisfacción inmediata y todo ello es terreno abonado para el declive. Roma cayó por sus dirigentes, a Occidente le puede pasar lo mismo.
Si buscas en internet las principales causas de la caída del imperio romano, en la primera pantalla aparecen: “la debilidad de los diferentes emperadores, el desgobierno, la dificultad en la recaudación de impuestos y la presión de los pueblos bárbaros sobre las fronteras” …Les suena?

