
Cuando entré en esa nube incolora, indolora y dulce no sabía qué había pasado. Hace tiempo que me he movido en un estado lamentable. La ciencia se había empeñado en hacerme vivir mucho más de lo humanamente posible; y es verdad, ¿qué pintaba yo en el mundo? Es una locura, una falta de sensibilidad, una sinrazón. Menos mal que todo ha acabado; mi familia estaba desesperada y para mí era insoportable. Por más que intentaba pasar desapercibida ellos estaban ahí, observándome, siempre compasivos…, y yo, sufriendo. ¡Cuánto me hubiera gustado mantener mi buena salud hasta el final! Mis capacidades en buen estado, incluso mis ilusiones, para irme de una vez por todas; sin hacer ruido, sin convertirme en una carga; como me ha gustado vivir siempre; sacando partido a la vida. ¡Pues no! no ha sido así. Yo convencida de la suerte que iba a tener, y de la que se beneficiarían todos, y va, y me arrasa un tsunami mortal; sin serlo de verdad…, y no a corto plazo. Vaya faena. Lo siento muchísimo. No era mi intención organizar este fin de fiesta.
Me he pasado la vida pidiendo para mis adentros perdón. Siempre. Por todo y por nada. Era como una muletilla alzada al cielo. Con mi pizca, depende como se mire, de un sentido de culpabilidad, que me ha costado muchísimo, hasta hace poco, quitármelo de encima. ¿Por qué? Pues porque he sido estúpida, Insegura y muy dramática. Pensaba que tenía la responsabilidad de casi todo. Del desbarajuste de mi familia, y, voy a ser sincera, de mi granito de arena sucia que haya podido aportar en el mundo.
¡Ah! Y sé que ya no estoy con ellos. He levitado hacia la eternidad. Pero estoy tranquila, era lo que deseaba. He podido sonreírles y despedirme silenciosamente. Y sus caras reflejaban lo que yo quería ver: un dolor asumido por la realidad de lo inevitable. Los he dejado en condiciones… Los he visto llenos del amor.
Hay atasco. Mucha gente solidaria, como si fuera un simulacro de salvamento; me uno a un grupo que parece agradable. No estamos tan cambiados, y eso me reconforta. Todos se mueven con una paz que me llama la atención. No es necesario atropellar para moverse; y por supuesto la calle está llena. Los grupos, que parecen apacibles, me producen una gran estabilidad. No estoy asustada. Un hombre viene hacia mí. Pensará que estoy despistada; es buena la sensación de estar acompañada. Me siento ligera como una pluma. Y creo que percibo lo mismo en los demás. Así que lo único que tengo que hacer es observar y dejarme guiar. Puedo ver a una generación, si no perdida, sí invisible a los ojos humanos. Pero ahí estamos; mucho mejor de lo que se auguraba.
Bueno, mi compañero de grupo se acerca sonriente. Y nada puedo hacer por evitarlo.
- ¿Nos conocemos? - Su pregunta es mero protocolo, pues, ¿de qué lo voy a conocer? En este lugar tan…, tan particular. Aunque me encuentro rara, no puedo rechazar su oportuna oferta. Yo necesito hablar con alguien, enterarme de lo pasa aquí; qué es lo que haremos después. No sé la hora, y no tengo hambre. La temperatura de mi ¿cuerpo?, es maravillosa. Y no sé más. Así que le contesto con la misma amabilidad ausente de sentido:
-Pues yo no estoy segura de haberte visto en mi vida.
Enseguida me doy cuenta de lo inoportuna que ha sido mi respuesta; inocente más bien.
¿Qué decirle? ¿Funcionarán nuestras relaciones como siempre? A los demás los veo muy desenvueltos, muy seguros moviéndose por aquí. Estoy despistada y he decidido ser sincera; y para qué andar con protocolos. Así que ataco sin prejuicios:
-Tú eres viejo, bastante. Yo iba a entrar hoy en los cien…, me he salvado por los pelos.
¡Absurdo, absurdo! Qué complicado volver a mantener una conversación. Y qué tontería pretender utilizar las mismas reglas de juego. Yo me reconozco como yo, aunque no puedo decir con precisión que sea la yo auténtica. Mi estado consciente, desde que he subido, poco se parece al de antes. Y si no vamos a comer, ni a dormir, ni habrá motivos para enfadarse, puede que todo concurra de otra forma, más propicia a la esperanza. estoy satisfecha, contenta del ambiente que se respira; bueno, si es que estamos respirando.
-Casualidad, chica. Yo también hubiera entrado en la centuria hoy. Me gusta la coincidencia. Avanzamos. Pareces despierta, interesada por lo que se cuece aquí –tiene ganas de charlar y continúa desinhibido -. Voy a mostrarte, si quieres, el camino que iremos descubriendo. Yo tampoco sé nada, como todos los demás; pero lo que sea, estoy convencido que será bueno. Mi vida ha sido oscura, y al llegar aquí observo una luz muy clara, luminosa. Tiene destellos que reflejan esperanza…, vamos, no lo imaginaba. Tanta desazón por abandonar la tierra que hemos pisado año tras año, y, mira…, tú me gustas. Puedo decírtelo abiertamente. Y han desaparecido las demoras y las prisas. La edad de las arrugas no existe. De repente, nuestras miserias, la mala salud, se han esfumado, y…, bueno, cada cual puede responder a sus preguntas, solito.
Lo que ha dicho no es banal. Y yo necesito una pequeña reflexión, madura, antes de emprender este nuevo camino. Creo que estoy en el Cielo, sinceramente. Este estado de laxitud, es ¿cómo definirlo?: auténtico, nunca antes conocido, maravilloso. Este bienestar no puede venir de la mera transformación de la energía, como he oído tantas veces. Y, ¡cómo me gustaría decirlo a los de abajo! A todos.
Me he quedado muy satisfecha Ahora sí que estoy preparada para caminar en compañía, en la de todos. Ha llegado el momento.

