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ENTRE TÚ Y YO

¿Hay alternativa?

Javier Escolano Jueves, 27 de Octubre de 2022 Tiempo de lectura:

 

“Lo intentaste. Fracasaste. Da igual. Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor”. Samuel Beckett (Irlanda, 1906), de su libro, publicado inicialmente en 1983, titulado: 'Rumbo a peor' (Ediciones Hiperion, 2000) .

 

En la última década se viene constatando la degeneración de regímenes parcialmente democráticos en verdaderos sistemas políticos autoritarios o dictaduras; así como, la involución de derechos y libertades básicas, sin las cuales desaparece el núcleo característico de una verdadera democracia sin adjetivo descalificativo alguno, presente en la práctica política de números actores gubernamentales en auténticos e, incluso, referentes países democráticos.

 

Es la llamada 'recesión democrática' o 'depresión democrática' según las certeras palabras de Freedom House, en su último informe anual sobre derechos políticos y libertades civiles 'Freedom in the World 2022':

 

La libertad global se enfrenta a una terrible amenaza. En todo el mundo, los enemigos de la democracia liberal… están acelerando sus ataques. Los regímenes autoritarios se han vuelto más efectivos en la … elusión de las normas e instituciones destinadas a apoyar las libertades básicas... En países con democracias establecidas desde hace mucho tiempo, las fuerzas internas han explotado las deficiencias de sus sistemas, distorsionando los derechos nacionales para promover el odio, la violencia y el poder desenfrenado… El orden global se acerca a un punto de inflexión, y si los defensores de la democracia no trabajan juntos para ayudar a garantizar la libertad de todas las personas, prevalecerá el modelo autoritario. La amenaza actual a la democracia es el producto de dieciséis años consecutivos de declive de la libertad global. Un total de sesenta países sufrieron caídas durante el año pasado, mientras que solo veinticinco mejoraron... solo alrededor del 20 % vive ahora en países libres… Los líderes de China, Rusia y otras dictaduras  han logrado cambiar los incentivos globales, poniendo en peligro el consenso de que la democracia es el único camino viable hacia la prosperidad y la seguridad, al tiempo que fomenta enfoques más autoritarios de la gobernabilidad. Países en todas las regiones del mundo han sido capturados por gobernantes autoritarios en los últimos años. 

 

Es por ello que hoy les traigo referencia a dos libros que inciden en esta regresión democrática y en la descripción de la alternativa democrática:

 

El primero, titulado: 'Cómo perder un país: los siete pasos de la democracia a la dictadura' (Editorial Anagrama, 2019) de Ece Temelkuran (Izmir, 1073), escritora y columnista política en The Guardian, The New York Times o Le Monde; en el cual relata el tránsito de Turquía, que pretendía integrarse de pleno derecho en la Unión Europea y, por tanto, cumplir los requisitos democráticos del club europeo, a un régimen autoritario sin libertades políticas ni respeto a los derechos humanos.

 

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En concreto la autora “ha identificado los siete pasos que tiene que dar un líder populista para pasar de ser un personaje ridículo a convertirse en un autócrata seriamente aterrador, mientras corrompe hasta la médula a toda la sociedad de un país”. Y, especialmente, advierte de: “las sorprendentes semejanzas existentes entre lo que ocurrió en Turquía (a partir de 2016) y lo que el mundo occidental ha empezado a experimental poco después, son demasiado numerosas para descartarlas”. 

 

Desde el primer paso que consiste en “crear un movimiento” (de los virtuosos), continuando con la 'infantilización de la población', hasta llegar a 'construir tu propio país' (el del autócrata).

 

En concreto, como describe Ece Temelkuran: “A medida que el movimiento cobre impulso, la tolerancia y el respeto se convierten en un patrimonio exclusivo de sus miembros… la infantilización de las masas a través de la infantilización del lenguaje político es un factor crucial”.

 

El segundo, titulado: 'El liberalismo y sus desencantados: cómo defender y salvaguardar nuestras democracias liberales' (Editorial Deusto, 2022) de Francis Fukuyama (Chicago, 1952), ensayista, escritor, profesor en diversas universidades (Johns Hopkins y George Mason) y director del Centro para la Democracia, el Desarrollo y el Estado de Derecho. 

 

La obra, de fácil lectura, supone una breve, pero precisa, exposición del 'liberalismo' (doctrina nacida en la segunda mitad del siglo XVII que aboga por la limitación de los poderes de los gobiernos o los Estados mediante leyes e instituciones que protegen los derechos de los individuos), de sus deformaciones históricas y su necesaria defensa; concluyendo las 167 páginas por las que se extiende,  con la enumeración de cinco principios generales sobre los cuales afirmar y defender las 'democracias liberales'. En particular, frente a la 'derecha populista' que considera al 'liberalismo' desintegrador, e impulsa prácticas políticas de erosión o ataque directo a las instituciones que vertebran la democracia liberal (tribunales, administraciones públicas y medios de comunicación); y, por tanto de las libertades individuales. Y frente a la 'renovada izquierda progresista' que rechaza la prioridad de los derechos individuales para resituarlos en los colectivos, restringe la libertad de expresión y rechaza el racionalismo científico como método para comprender la realidad, pasando el protagonismo a la 'sensibilidad'; lo cual, en la práctica: “ha provocado la intolerancia ante opiniones que se alejan de la ortodoxia progresista y el uso de diferentes formas de poder social para imponer dicha ortodoxia. Las voces discordantes han sido apartadas de posiciones de influencia y los libros discrepantes han sido vetados en la práctica, no por los gobiernos, sino por organizaciones poderosas que controlan la distribución masiva”. 

 

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En mi opinión: es acertada la afirmación del último informe, antes citado, de Freedom House: “el orden global se acerca a un punto de inflexión”.

 

Basta levantar la vista más allá de lo cotidiano y observar la violencia (en sus diversas manifestaciones y grados), la 'cancelación' o acoso al discrepante (no sólo en las redes sociales sino en la sedes académicas, institutos y universidad prestigiosas), la infantilización de la población, la degradación del aprendizaje, la invasión gubernamental de las instituciones y entidades independientes de vigilancia y regulación de mercados, por 'adeptos' o 'los nuestros'; y, quizás lo mas preocupante, los avisos reiterados por los expertos y  asociaciones policiales, sobre el fracaso en la seguridad pública algunos espacios o la cercanía a la pérdida definitiva de la batalla contra la violencia y el crimen.

 

En definitiva, un camino que recuerda amenazante la 'pérdida de un país' como describe Ece Temelkuran. Pero, ¿hay alternativa?

 

Desde luego no lo es el deslizamiento progresivo o brusco a dictaduras, más o menos encubiertas, tipo neocomunista (China o Rusia), islamista (Irán o Turquía) o  populista autoritario. Ni tampoco a sistemas formalmente democráticos, pero penetrados por la corrupción, el amiguismo, al abuso de poder y la inoperancia de tribunales, policía e instituciones garantes de los derechos y libertades de los ciudadanos.

No hay nada mas desigual que un régimen dictatorial o autoritario donde la ley no se aplica aunque se apruebe, reforme y publique. La destrucción de las oportunidades de los más desfavorecidos y, por tanto, su esclavitud, generación por generación, a la pobreza y desesperación, no es, sin duda alguna, la alternativa.

 

La teoría, la práctica política y la historia, nos advierten y certifican que, si no hay formación y aprendizaje universal de calidad, selección por méritos, amparo efectivo judicial y administrativo y, éstas instituciones no se rigen por la Ley, el resultado es una población sin derechos, con una élite en el poder con todos ellos, inclusos aquellos que no les corresponden, al haberlos arrebatado a los demás.

 

La alternativa está clara y ha cristalizado en nuestra historia: 'la democracia liberal moderna' basada en el respeto a la persona  y sus derechos y libertades, en el seno de una sociedad  plural y diversa, sin construir falsos derechos de “territorios o identidades basadas en la raza, religión o sexo”; con instituciones y contrapesos eficientes y adaptados a las necesidades de la ciudadanía actual. No es una vuelta al pasado, ni un invento de ingeniería social, ni un nuevo e irreal contrato social; es simplemente el difícil camino de la corrección de los excesos, las desviaciones y los fracasos de las instituciones propias de la democracia;  no su destrucción. 

 

Y esto, a mi juicio, pasa, ineludiblemente por una reformulación y reforma de las Leyes más importantes que vertebran nuestra democracia. No es tanto cambiar la Constitución, como las normas de rango inferior (leyes orgánicas) que disciplinan las elecciones, la justicia, las administraciones públicas (pendientes de una reforma en la raíz), la educación, etcétera. 

 

En el fondo, les confieso que, después de tantas páginas vividas: frente al pesimista que entiende que no hay algo que hacer, ya que todo irá, irremediablemente, a peor y es imposible cambiar el mundo; y, en contra, del optimista que considera que poco hay que hacer, ya que todo progresará e irá a mejor, sin que nuestra influencia merezca el esfuerzo personal; creo ser 'meliorista' por cuanto creo que los errores y fracasos pueden corregirse siempre y, consecuentemente, cualquier institución social, política o religiosa es perfeccionable; como también lo es la persona, cualesquiera que sean sus talentos y limitaciones; desde la esperanza de lo mejor venidero, la voluntad de intentarlo y la fe en conseguirlo.

 

Siendo conscientes de la certeza expresada, con belleza y claridad, por Ece Temelkuran: “El tiempo de vida de un ser humano resulta trágicamente breve en proporción a las ambiciones de la humanidad”.

 

No estaría nada mal desempolvar  'algunas herramientas humanas': escuchar la belleza, la armonía en la diversidad, la sosegada potencia de la moderación, el ímpetu de la justicia y la natural pasión por la vida existente; y, seguir la recomendación de las tres erres de Bel-Shahar: recordar (ser humilde, recordar lo que tenemos y apreciar la belleza), repetir (esas acciones todos los días) y ritualizar (convertirlo en hábito). 

 

Cómo les dije al inicio de mis colaboraciones en este medio: “les dejo mi caja de herramientas por si las quieren utilizar”; desde el convencimiento que la inquietud, el deseo de aprender, la razón, la adaptación que nos hace progresar y los sentimientos, no son exclusivos de un espacio, de un tiempo o de un aspecto concreto de edad, sexo, raza, origen o lugar;  ni de una sola persona (el egoísta yo de cada uno) o un grupo elegido o iluminado (siempre identificado como el nuestro). 

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