
Cómo enfrentarse a la muerte de un ser querido… a la certeza de la ausencia en las páginas que deja en blanco, al sesgo de una parte de tu vida amasada con el barro de la misma tierra, al abismo que se abre en tu interior de desamparo por la costumbre cotidiana.
El hospital es un andén de luz higiénica. El enfermo terminal aguarda. El diagnóstico es un mazazo, un puñetazo en las tripas. Una vez más, la estadística matemática, cumplirá con pulcritud su fórmula; casi nunca se sale del tiesto, ni desvirtúa su camino. Blindamos al vulnerable: conversaciones banales se suceden, chascarrillos, sonrisas falsas… Todo es válido para ocultar el quebranto que produce el dolor. Médicos, enfermeros y demás personal sanitario, en el rango jerárquico de sus posiciones, constatan que, entre el fuego abrasador de la fiebre y el frío mortal de la frente, hay un paréntesis, donde el delicado cuerpo se mantiene tibio. Tiempo tácito para preparar la partida.
En las noches de hospital no hay hadas en los pasillos, sino un pavimento de guadañas que le litiga usura a las almas, abriendo fosas en el suelo, las paredes se ciernen frías, como los muros altivos de las basílicas. En la madrugada de hospital, como mercurio articulado, el medicamento intravenoso relumbra en la goma del suero, las exhalaciones del aliento maltrecho son arrecifes brumosos de dióxido de carbono cargados de morfina; suspendidos, se volatilizan en la nada, después de salir por las vías broncas. La noche de hospital tiene una alquimia densa, marca las fauces de su territorio herrumbroso.
Algunas sesiones de quimio… no sé muy bien si, para ralentizar el batallón de células de autoexterminio, que avanzan sin tregua, si por paliar el pensamiento impotente de sentencia que pueda tener el paciente y familiares… Hasta que las arterias se hunden, no les cabe apenas la levedad del propio rastro de flujo sanguíneo; se retraen tanto que se secan, se mueren por sí solas. No más veneno.
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La vida cabe en el relámpago literario de un poema a una rosa, en la brevedad de la lectura de ese puñado de versos que van hacia la luz.
Recuerdo tu rostro de facciones esculpidas por la suerte de genes imagineros. Recuerdo tu rostro de niña vivaracha, cuando iba de tu mano a la escuela, de cuando le hacías rabiar a nuestro hermano mayor, al que también protegías de las hostilidades de otros niños. Y es que, si hago recuento de mis recuerdos, siempre estás tú. Formas parte de mi patrimonio emocional. Y es por eso que el latido de tu evocación planea multiplicado y de forma involuntaria por mi cabeza, como la de todos los que se han ido antes y después de ti. Aunque la tuya, querida hermana, sea la partida y la ausencia, más triste que he tenido que afrontar.
El cielo se apagó aquella mañana… Aún estabas aquí, pero supe que eran horas de despedida. Y uno a uno, fueron llegando los días del epílogo. El día del adiós.

