Tienes activado un bloqueador de publicidad

Intentamos presentarte publicidad respectuosa con el lector, que además ayuda a mantener este medio de comunicación y ofrecerte información de calidad.

Por eso te pedimos que nos apoyes y desactives el bloqueador de anuncios. Gracias.

ENTRE TÚ Y YO

La generación silenciosa

Gabriel Vivancos Martes, 08 de Noviembre de 2022 Tiempo de lectura:

 

Tengo que reconocer que cuando me puse a redactar este artículo, tuve que mirar en internet porque ni siquiera sabía el nombre de la generación de la que quiero hablar. Se llama “la generación silenciosa” es decir, los nacidos entre 1928 y 1945 y son los padres de la mía: la “generación X”, que somos los nacidos entre 1969 y 1980. También son los padres de la generación del “baby boom”, la generación de nuestros hermanos.

 

La de nuestros padres ha sido una generación de lucha y esfuerzo constante por mejorar. Es una generación que poco a poco, como la mía algún día, se está marchando eso sí, con la misma dignidad con la que vivió y, además, sin hacer ruido.

 

Supieron sobreponerse a una guerra civil cruenta y reconciliarse con los hijos del enemigo de sus padres. Supieron levantar un país destruido y entregar a sus hijos un país en paz y en funcionamiento.

 

El éxito de su crecimiento lo basaron en el esfuerzo, el trabajo y la austeridad. Valores que ahora, cada vez más están en desuso. Esa generación era de las de aprovechar todo, lo mismo una oportunidad que un alimento, no tiraban nada a la basura. Ellos todo lo arreglaban y ellas estiraban la compra hasta el infinito.

 

Se trataba de una sociedad austera y con contradicciones, quizá las propias de la época que les tocó vivir, pero evolucionaron sin perder su origen y supieron adaptarse al triunfo que supuso el cambio de vida. Se entregaban a los demás, pero especialmente a sus familias y no reclamaban nada para sí mismos.

 

En fin, que como digo, fue una generación, sobre todo en sus comienzos, muy centrada en la familia, tanto que sobre esa base edificaron la sociedad que llegó a nosotros. Recuerdo las reacciones de mi padre las mañanas de reyes ante sus regalos: primero gratitud e inmediatamente después un… “no gastaros el dinero en mí”.     

 

Los primeros tiempos que mi generación vivió con ellos fueron tiempos entrañables en los que se viajaba hacinado con los hermanos en el Seat y se paraba a tomar la tortilla de patatas que la madre había preparado en casa para no gastar más de lo necesario.

 

Ese modelo de vida de no gastar más de lo que se tiene los llevó al éxito, sacaron al país de la devastación, evolucionaron como sociedad y nos entregaron unos valores de sacrificio y respeto a los demás que más nos valiera seguir fomentando. 

 

Recuerdo perfectamente un día, no hace muchos años, que acompañé a mi padre al bar del “cojo”, una pequeña taberna del pueblo. Para entonces él, como la mayoría de su generación, ya había triunfado social y económicamente.   

 

Mi padre se empeñó en que le acompañara porque le encantaba que su hijo fuera con él a reunirse con sus amigos. Aquel día había quedado con sus inseparables de juventud. Antes de llegar paró el coche en una pequeña finca de su propiedad y cogió cuatro naranjas. Yo no entendí muy bien el porqué, pero no pregunté. Continuamos viaje y llegamos a la taberna. Entramos y allí estaban sus amigos.

 

 Tras los abrazos de rigor se sentaron y pidieron una jarra de vino peleón. Una vez servido el vino, todos los presentes menos yo, comenzaron a sacar de los bolsillos pequeñas viandas que fueron depositando en el centro del tablero. Dátiles, ajos tiernos, habas y por supuesto las naranjas de mi padre y allí comenzó uno de los momentos más entrañables que recuerdo viendo a un grupo de amigos de toda la vida reír, disfrutar y hasta cantar compartiendo, entre “chato” y “chato”, aquellos pequeños alimentos que cada uno había traído consigo de sus campos. Tengo que decir, para contar toda la verdad, que eran austeros, pero no tontos y que como todos ellos ya se lo podían permitir, tras dar cuenta de todo lo aportado, terminaron poniéndose hasta las botas con las magníficas tapas tradicionales del local.    

 

Gracias por todo lo que nos habéis dado porque como decía el consejo de ancianos de la tribu Minquass que habitaba desde el norte de Virginia hasta el sur de Nueva York “si no ves razón para dar gracias, la culpa está en ti mismo…”.   

 

Con tu cuenta registrada

Escribe tu correo y te enviaremos un enlace para que escribas una nueva contraseña.