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Opinión | La revolución de felpa
Domingo, 13 de Noviembre de 2022
Pepe Ferrer

Niños, niños

 

La última ocurrencia de la ministra portavoz -¿ocurrencia? Aquí nadie da puntadas sin hilo- ha sido la de lanzar la brillante idea de que los informativos de televisión, en adelante telediarios, de las diversas cadenas dejen un espacio libre e inmaculado, supongo, para que sea el Gobierno quien nos dé esa información porque “igual que tenemos un espacio para el tiempo, para saber si va a llover o no, o cómo va a amanecer…creo que ante la necesidad de que la ciudadanía acceda con veracidad a esta información, tendríamos que reservar un espacio de información pública en cada informativo”. Vale, oído, cocina. Isabel Rodríguez, la ministra portavoza se habrá quedado descansando. Ahora resulta que el Gobierno, ante la imposibilidad, las intenciones [Img #94127]perversas o, sencillamente, la ineptitud supina de los medios de información, de la profesionalidad y de todas esas minucias y zarandajas, es el único que está capacitado para dar doctrina, ¡uy perdón!, para decir la verdad sobre las informaciones que genere. Glups. Perdonen, es que se me ha debido atragantar la objetividad, independencia, y hasta la noción de los contrapoderes en una democracia. Me gusta cómo nos tutela la seño Isabel. Y es que yo le veo carita de maestra de infantil, correteando en el patio del colegio, ¡niños, niños! Con su babi de camuflaje, su semblante de inocencia infantil y sus maneras dulces, poniendo orden entre la chiquillería traviesa y juguetona.


Me parece muy bien, una vez corrompida esta democracia pueril que tenemos, con unas instituciones enfrentadas a otras, una justicia maniatada y complaciente con el delincuente, unas normas y leyes cambiantes, y adecuadas a la conveniencia del momento, según se tercie, una separación de poderes absolutamente inexistente, no cabía sino esperar esto. Ya estaban tardando. Ni al mismísimo Pablo Iglesias cuando gritaba aquello de El CNI pa mí, pa mí, Televisión Española, pa mí también. Hay una forma mucho más perversa de corrupción en una democracia que trincar la pasta -a lo que muchos pensaban que se ceñía la corrupción- que es adulterar los pilares del Estado de Derecho. Confundir y liquidar las instituciones que participan en la construcción de ese estado, entre las que deben estar los medios de comunicación para informar conforme a la deontología de unos profesionales formados en la libertad y el espíritu crítico. Por no hablar de la soberbia supina de creerse el propio gobierno que es el portador universal de la verdad. En fin, también se pueden comprar espacios en los telediarios, cosa que ya están haciendo con sus campañas más bien ñoñas del ministerio de Cultura o la de “derrochólicos” tan tontorrrona como innecesaria, tan soberbia, una vez más, como pueril; por no hablar de la millonada con la que domesticó a las televisiones privadas al inicio de la pandemia, bajo el argumento de la pérdida de anunciantes por el confinamiento. Ninguno de los dos grupos televisivos privados dijo ni mú, ni se rasgó las vestiduras. Todo lo contrario, puso la mano y, en contraprestación le dio a Sánchez unos espacios interminables, generalmente los sábados del confinamiento, de proporciones “bananeras” que recordaban más a los mítines de Castro, y con los que las diferentes cadenas interrumpían sus programaciones, como si de verdad interesaran a alguien las palizas sabatinas del presidente, plagadas de obviedades sin límites.


En el fondo todo está inventado, la seño Isabel está a punto de parir el NO-DO o aquellos boletines horarios, así como los informativos de Radio Nacional de España, a los que estaban obligatoriamente obligados a conectarse todas las emisoras españolas desde 1939 hasta octubre de 1977, nada menos. Y es que los españolitos, a los que guarde Dios, necesitamos estar siempre apadrinados porque somos púberes atolondrados y juguetones, que necesitan quien les triture la información, porque no tienen criterio. Así que niños, niños, no se me desmadren.

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