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ENTRE TÚ Y YO

SaKrum (Sagrado)

Manuel Menárguez Lunes, 21 de Noviembre de 2022 Tiempo de lectura:

 

De altares, con la esperanza colmada vamos rogando desamparados a esos dioses que todo lo ven, algunos nos reciben con bondad y otros son de trueno. Yo grito desesperado la angustia al viento y es mi naturaleza quien se obstina por alcanzar la esencia misteriosa que llamamos existencia. 


Otras veces, laboriosamente uno las piezas que se retuercen, a pesar de sí mismas, independientes, absurdas, irradiando sencillez, cuando las provoco sin miramientos, con energía, con un esfuerzo desmesurado, olvidando texturas y colores que evocan nebulosas distantes. 


Enérgico, trazo, mancho, golpeo hasta el confín de la tela, difundiendo siempre alrededor del cuadro esas gotas esquivas que no reposan donde quiero, sino que, cansadas, se deslizan silenciosas hasta encontrar el pavimento contra el que se estrellan y, volátiles, van dejando su estela grabada en el suelo; son recuerdos abandonados, ambulantes, como una galaxia lejana.


¿Qué será de ellas? ¡Silencio!


Embelleciendo de paisajes mi cotidianidad, reduciendo esa distancia insalvable que sin aliento te esfuerzas en conquistar, que día tras día se vuelve más esquiva; una visión que siempre vuelve al comienzo, con esfuerzo, vamos combinando los cuatro elementos, eternos e inalterables, que en distintas proporciones y por efecto de dos fuerzas cósmicas, el “amor” hace de unión y el “odio” de separación, dan lugar a la multiplicidad de seres de este mundo físico. 


Según los postulados de Empédocles de Agrigento, que en el siglo V a.C. con su materialismo elemental definió como principios constitutivos de todas las cosas a las cuatro raíces: Fuego, Aire, Tierra, Agua

 

Voy reinventando mi solitario mundo, entregado, con energía, a mi salvación y, con resignación, a esa liberación interior; murmullo de estrellas de fuego que, a cada paso con ilusión nos alumbran cuando estamos saciados de luz artificial. Por el contrario, nos guían satisfechas con una suavidad cómplice, en un largo camino para llegar a nosotros.


Desde el aire, desdichadamente contaminado, sin palabras que acierten su aroma, caen esponjosas esas galaxias, esas nebulosas que son recuerdos de otros mundos esperados, inhabilitados y distantes; con calma suspendida se inclinan hasta encontrarnos. 

 

En esta tierra rasgada, impenetrable, de ecos milenarios, de guerras memorables y mudos sufrimientos, con momias sin entierro digno. 


Sin recordar crecen locuaces las texturas, las manchas y salpicaduras que viven y mueren sobre la tela que les da cabida y cobijo, sin competencia, con fuerza (desgarradas por el olvido).

 

A menudo, azules de agua sobre la blanca tela de fondo, contrastados por generosos amarillos, que no compiten entre ellos, sino que aportan fuerza, dinamismo y se reflejan sin obstáculos, con la esperanza de que el líquido no lo cubra todo.


Impaciente, inundo mi entorno, sin reticencia, de ultramares, cadmios y rojos de laca granza, así, poco a poco, va surgiendo metódicamente el imaginario de mis recuerdos acuáticos. 


Voy fijando mi atención sobre como equilibrar y componer estos cuadros, embriagado de color, salpicada ropa de trabajo, manos saturadas de manchas frotadas sobre la frente. Va surgiendo un sueño, atomizado, descubierto de pincelada en pincelada, sólo accesible al final del día, con ese misterio, ese deseo que conmociona el entendimiento y sensibiliza la materia, proporcionando cierta felicidad que despierta los sentidos.

 

Agua y Fuego, Tierra y Aire, sagrados elementos acorralados, que todos vamos traicionando sin escapatoria.
 

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