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ENTRE TÚ Y YO

Apatrullando la ciudad

María Belén Albaladejo Lunes, 21 de Noviembre de 2022 Tiempo de lectura:

 

Andar por la ciudad sin la obligación de ir a un lugar a una hora fijada tiene lo que tiene, y es que te vas fijando en todo.


Me vienen recuerdos de varias amigas que, cuando andábamos hacia algún sitio  o entrábamos a algún aparcamiento público, se quejaban de lo mal que se aparcaban los coches. Era un continuo  “retintín” entre: “le voy a rajar las ruedas y le voy a rayar el capó”. Yo decía: “¿qué más te da?, no te afecta, no te calientes”; “¿Cómo?”, me contestaban, “¡no ves el pedazo de sitio que ha desaprovechado!”.


Mi intención de distender la situación y de generar calma encendía unas hogueras que ni en la noche de San Juan.


Ahora, sonrío cuando ando o voy con el coche porque soy yo la que me oigo decir: “¡Será cabestro! Qué poca empatía. Donde ha aparcado, si se esmera, caben dos coches”.


Veo aparcar estilo hermanos Dalton: llegan, seis metros, volantazo, coche en medio, freno de mano y aparcado. Sin espacio delante ni  detrás para otro vehículo.


La calle está dura, muchos coches, pocos sitios y demasiado… “ande yo caliente, ríase la gente”. Vueltas y vueltas a una manzana agrían el talante. Cuando ves una “panzá” metros para ti, sale el conductor de F1 que todos llevamos dentro, ¡directo al hueco y quede como quede!


Salimos triunfantes con la corona de laurel y la botella de Moet & Chandon sin percibir que entre la acera y nuestro parachoques trasero no hay hueco ni para un mini. Por delante, exactamente lo mismo. 


Tengo la sensación de que la distancia de seguridad sanitaria se ha establecido para los vehículos aparcados  más que para las personas.


Si el aparcamiento es horizontal, ves “minifundios” que no dan para “plantar” otro vehículo.


Si el aparcamiento es  vertical, ocurre todo lo contrario. Con sus rayas pintadas en oblicuo parece el baile de la Yenka. Lo de la pintura en la calzada es como algo invisible, o quizá yo no lo he entendido. Aclárenme si hay que pisarlas al bies o no, ¡ando en un mar de dudas!


Si pretendo seguir el sentido de la línea, me quedo encerrada en el coche sin poder abrir la puerta hasta que, tras algunos meses, adelgace lo necesario para poder salir por el exiguo hueco o… incorpore al vehículo, como elemento fijo junto al chaleco, el triángulo y la luz de emergencia, una radial y salga por el techo. 


En estos andares ciudadanos tuve el atrevimiento de (juro que con mi mejor sonrisa y en tono afable) decirle a un caballero “Señor, quizá no se ha dado cuenta, pero si da marcha atrás un metro o avanza un poco, permite que otro coche aparque delante o detrás de usted”. La respuesta (imagino que con su mejor sonrisa y en tono afable) fue: “Dedícate a lo tuyo, imbécil”.


Como soy de pensar y elaborar teorías, me quedé enganchada a ese “dedícate a lo tuyo”.  Llegué a la conclusión de que lo mío debe ser mirar lo que hago yo, cómo aparco, cómo me comporto, cómo me conduzco cada día para procurar la mínima molestia a mis conciudadanos.


También es lo mío el recoger, con agradecimiento, las advertencias que me hacen educadamente y por un bien comunitario. Porque yo también me “vengo arriba” cuando encuentro un sitio “hermoso”, porque a mí también se me enciende el pistón y desatiendo mis modales.


Ellos, los del “imbécil” y otras “perlas” en la boca a cada segundo, si tienen tiempo y quieren, que se miren. 


En fin, que lo mío de “apatrullar” la ciudad lo voy a abandonar, prefiero que lo siga cantando el Fary y que sea ejercido por las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado.

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