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ENTRE TÚ Y YO

Mientras me pegaba

Dolores Gil Alcayna Martes, 22 de Noviembre de 2022 Tiempo de lectura:

 

Mientras me pegaba me insultaba, pero yo no podía entender las palabras. Pensé en sus rosas, en las rosas que cultivaba en el patio. Pensé en su automóvil en el garaje. Traté de no gritar. Sabía que si me ponía a gritar […] Sentía como si incluso el sol perteneciese a mi padre, como si yo no tuviera derecho a él porque su luz brillaba en la casa de mi padre. Era como sus rosas, algo que le pertenecía a él y no a mí.

 

"La letra con sangre entra". Bajo el amparo de esa perversa y antigua frase proverbial, que alude directamente al estímulo corrector del palo, la institución paternofilial ha hecho verdaderos estragos. Y no hay nada paternal en una paliza.  No hay nada paternal en el desprecio y la mofa a la vulnerabilidad de las peculiaridades infantiles. En cada maltrato, algo se rompe por dentro. Al niño le fracturan la memoria de sus huesos, le diseccionan el alma y les descerrajan el cerebro. Ese comportamiento filial, no hace precisamente la mejor versión del individuo, sino que lo menoscaba y lo mutila para siempre.

 

El entorno de la nacencia, los genes y el pelaje parental, son, junto con lo que se recibe del cuidador, lo que perfila nuestra naturaleza. Sin ser una fórmula matemática, casi siempre es determinante.

 

Si tatuando una elipsis en la carne viva de un hombre, se borrara el curso de los hechos traumáticos de su vida, si una mano con bisturí quirúrgico cortara el mal y sus entresijos… Entones, esa supresión sería válida. Pero no ocurre así. 

 

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En el libro de Rosa Montero, El peligro de estar cuerda, hay un apartado: 'LA MUSA MALVADA', donde habla de escritores consagrados, y de su temperamento adictivo a todo tipo de sustancias. Ella misma confiesa su enganche al tabaco (tres paquetes diarios, durante veinte años). Según la autora, la embestida del yo consciente, que susurra la no valía, es el enemigo íntimo más miserable contra la creatividad. Quizá esa pulsión por estar narcotizado, ayude a mantener la combustión interior que devora. Quizá sea el contrapunto para desinhibirse de la tiránica voz del, tu otro, llegando a un clímax de delirio y creación gloriosa.  Y en ese interesante apartado, la novelista, cómo no, habla de Bukowski. 


Nunca sabremos porqué este escritor, se sentía tan devastado y roto, tan solo y fracasado… si en su infierno vital llevaba implícito aquel maltrato. El caso es, que terminó haciendo lo que le hicieron. Trazó su impronta de soez y sucio borracho, misógino, putero empedernido; sacrílego consigo mismo y con todo aquel que le rodeaba, en especial con las mujeres: 'relaciones fundamentadas en la toxicidad'. Después de sus titánicas borracheras, maldecía los excrementos del fardo de su cuerpo muerto. Solo sacaba a pasear su ironía y mala leche, pero también era sensible a los estímulos más reconciliables del ser humano. Su profunda mirada: magnética, inteligente; parecía tener rayos X, captaba como nadie la hipodermis del alma, tanto el lado oscuro, como la luz (si la hubiere, aunque pocas veces la encontraba). Era un hombre atormentado, pero, honesto; nunca intentó ser quien no era. Jamás blanqueó su vida a través de la literatura.

 

Sea como fuere el tránsito de las adversidades, hasta culminarse como polémico y maldito, pero, gran creador. Yo, me pregunto: ¿qué posee ese, su realismo sucio y descarnado?, que fascina impidiendo el parpadeo. No me considero de moral y actitud mojigata, pero se me hace difícil digerir, a veces, su obra literaria; porque los libros hay que vivirlos y, hacerlo con según que intensidades, cuesta. Pero reptas y sigues el rastro de la sangre etílica del vómito, ávido de esas perlas luminosas que sembraba en la aridez ácida de su narrativa, como en las dosis de muerte y transcendencia que proyectaba en su poesía.

 

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Cuántos Charles Bukowski, habrán por ahí, despendolados y perdidos y brillantes. Y cuántos padres, empuñando la badana de sus frustraciones contra los hijos.

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