
Somos árbol, somos vida. Somos raíces, somos ancestros. Somos tronco, somos cuerpo. Somos ramas, somos relaciones. Somos hojas, somos hijos. Somos frutos, somos futuro.
Existen muchas maneras de vivir. Podemos pasar por la vida sobreviviendo, robotizados, esclavos del hacer, o podemos vivir conscientes, con propósito, con sentido. Cuando una persona se acerca al arteterapia es probable que sienta la curiosidad de conocerse, de conocer al otro y de desentramar el sentido de la vida. Las personas que inician un camino de conocimiento humanista son buscadores, sienten la necesidad de mirarse más allá de un espejo.
Mirarse en terapia es tener la valentía y la humildad de dejarse ver. Para mirarnos y dejarnos ver, uno de los primeros recursos que empleamos en arteterapia es pintar un árbol. ¿Por qué dibujar un árbol puede decir algo de mí?
Pensamos el mundo y todo lo que habita en él en imágenes. Dibujar nos permite poner fuera las imágenes que tenemos dentro. Al ponerlas fuera podemos mirarlas y darnos cuenta de aspectos de nosotros y de la relación que tenemos con el mundo que de otra manera permanecerían ocultos, inaccesibles.
La sesión puede comenzar caminando por la sala poniendo atención en la pisada, en el contacto de nuestros pies con el suelo. Dónde pongo el peso, hay tensión, hay expansión, hay consistencia, hay inseguridad. Paulatinamente podríamos ir subiendo la atención a nuestras piernas, caderas, abdomen, pecho, columna. Cómo me sostengo, hay equilibrio, hay solidez, hay debilidad, hay determinación. Seguidamente colocamos la atención en los brazos y bailamos con ellos y desde ellos observando la amplitud, la rigidez, la contención, la energía, la intención. Para identificar las hojas continuamos con la danza de brazos añadiendo la caricia, el abrazo, la huida, la evitación. Finalmente, para ponerle conciencia a los frutos miramos los dedos de las manos, los movemos, los tocamos, jugamos con ellos.
En el acompañamiento terapéutico, el psicólogo propone la experiencia, guía el desarrollo y elige las preguntas pertinentes para que sea el propio paciente quien se de cuenta de lo que allí acontece. Alguno de los aspectos que el profesional tendrá en cuenta para formular dichas preguntas pueden ser:
Las raíces nos hablan de cómo nos nutrimos, no solo en sentido físico sino también en sentido emocional y espiritual. Cómo me relaciono con la realidad. Qué tipo de arraigo he ido desarrollando con mis orígenes.
El tronco nos habla de cómo nos construimos. Cómo hemos ido elaborando nuestro yo. La confianza que tenemos en nosotros mismos.
Las ramas nos hablan de cómo nos relacionamos con los demás. Qué tipo de vínculos establecemos con la familia y con los amigos.
Las hojas nos hablan de cómo nos relacionamos con nuestro deseo de ser padres y de los vínculos que establecemos con nuestros hijos o con la idea que tenemos de lo que tiene que ser un hijo.
Los frutos nos hablan de nuestros propósitos de vida. De nuestros proyectos, de nuestros logros y de la relación que tenemos con el éxito.
Una vez dibujado el árbol, es muy interesante escribir la historia que nos cuenta ese árbol. Mirar el árbol, observar los trazos, la ubicación espacial, el tamaño, los colores empleados, los detalles y a continuación escribir la historia de ese árbol. Poner en palabras es reapropiarse de los aspectos internos que mediante el dibujo se habían colocado fuera para ser vistos y una vez vistos integrarlos.
Soledad Hernando
Coordinadora del Grupo de Trabajo de Arteterapia del Colegio Oficial de Psicología de la Región de Murcia.

