
Una vez el fértil valle del Darro estuvo habitado por sultanes y princesas, esta fuente de leyendas se sitúa en la cumbre del cerro de la “Sabika”. Allí se erigió una ciudad-palacio única por su belleza y exotismo. La Alhambra de Granada. Movida por la curiosidad y el encanto que le produjo a la “Mirada felina” este lugar áulico situado en la falda de Sierra Nevada, mi particular “montaña mágica” por los recuerdos y lazos que a ella me unen, decidí vestir, perfumar y recrear el esplendor de lo que pudo haber sido este valle no exento de melancolía. Las lágrimas ajenas y propias se fusionan en un solo ente, es lo que incita la gloria de tiempos pasados a la que se cubre con una pátina de brillo y nobleza que permanecerá siempre en el recuerdo.
La Alhambra era una ciudad fortificada con su Medina y su Alcazaba, en la que sus habitantes estaban al servicio del sultán. Una guarnición garantizaba su seguridad. Al viajero contemporáneo le puede costar trabajo hacerse una idea de lo que tuvo que ser, ya que muchos han sido los cambios desde que en 1238, bajo el reinado de Muhammad Ibn al-Ahmar, fundador de la dinastía de los Nazaríes, se iniciaran las obras. La Alhambra es el resultado de una civilización deslumbrante y refinada que destacó tanto en las artes como en la ciencia, no obstante, los árabes que llegaron a partir del 711 eran nobles que no rompieron con la cultura hispano-goda.
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Visito en solitario la Alhambra, algo que me lleva a la reflexión, al recogimiento y a los diálogos interiores a lo largo de las tres casas palacio nazaríes, Mexuar, Comares y Leones, las tres corresponden a la época de mayor esplendor de esta dinastía, la Nazarí en el siglo XIV. En ellas se desarrollaba la vida privada del sultán y de la corte, así como las tareas administrativas del reino. A lo largo de todo el recorrido me acompañan patios, albercas y galerías porticadas. El agua fluye desde las fuentes hasta los estanques. Me siento bien. Todo es apacible y luminoso. Voy identificando la diferente tipología de arcos que me voy encontrando. De herradura, de medio punto y apuntados labrados entre paños de sebka, es como si hubiera tapices bajo los aleros de madera. Como tengo para bien, o para mal, ser poseedora de una gran imaginación, de repente, como si de un sueño se tratara veo a los miembros de la corte paseando con sus túnicas en seda y terciopelo, con bordados en cuello y mangas y de vivos colores. Y a las mujeres luciendo brazaletes, collares, aros para los tobillos, pendientes y con un pañuelo de gasa cubriendo el rostro por debajo de los ojos. Calzan elegantes chanclas de cuero fino bordadas en plata, oro o forradas de seda y huelen a perfume elaborado a base de rosas y violetas. Los turistas me despiertan de mi ensoñación.
El interior de los salones no me defrauda en absoluto, aunque los haya visto cientos de veces en fotografías. A ellos llego a través de los patios que, como se sabe, estructuran las viviendas árabes. El Patio de los Arrayanes precede al Salón de Embajadores, en el Palacio de Comares. Originalmente policromado desde el suelo hasta el techo, sus muros están decorados con motivos florales, bandas epigráficas y zócalos con azulejos. El techo está cerrado por una majestuosa cúpula de madera hecha con miles de pieza de colores, que simbolizan el cosmos y el Paraíso islámico. “Qué ambiente tan refinado e íntimo para que el sultán reciba sentado en el solio real”, pienso sin posibilidad de conversación alguna más allá de la que yo me doy.
Durante todo el trayecto las composiciones a base de mocárabes salen a mi encuentro, recubren techos, arcos, repisas, pechinas. Son prismas o poliedros, de yeso o madera, cortadas de forma cóncava en su interior. Los admiro en todo su esplendor en el exquisito Palacio de los Leones. Estoy ya en el paraíso. Pero en el mío. Me detengo ante los 12 leones que dan nombre al patio, en el que 124 columnas de mármol y finos tapices de estuco labrado dan paso a cada una de las cuatro salas: Sala de los Mocárabes, de los Reyes, de Las Dos Hermanas y de los Abencerrajes, donde se encuentra otra magnífica cúpula de mocárabes, abajo adjunta, en forma de estrella de 8 puntas, representa una bóveda celeste, una alegoría del Paraíso, la luz se cuela por las celosías de la bóveda e ilumina toda la estancia. Antes de acceder a la Sala de las Dos Hermanas, veo unos nichos en las jambas decorados con mosaicos en su interior, allí se depositaban vasijas con agua o perfume como símbolo de hospitalidad. Y es que las estancias se aromatizaban en función de la estación del año. En primavera olerían a jazmín, en verano a rosa o a cítricos, en otoño a albahaca y a clavo y en invierno a canela o ámbar. Al-Ándalus tuvo una gran relevancia entre los perfumistas rivalizando con Damasco, de hecho, con la llegada de los árabes a España, el perfume recorrió una nueva ruta, llegó hasta Francia, un país que supo industrializarlo. La higiene musulmana era muy superior a la de los cristianos de entonces, que lo utilizaron para ocultar los malos olores.
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Las dependencias tenían usos múltiples, alcoba, sala de estar, etc. En mi particular evasión de la realidad, me imagino las salas ricamente vestidas con alfombras, cojines, cortinajes e iluminadas por la suave luz de los candiles. A lo lejos alguien tañe un laúd mientras me caliento las manos en un brasero dispuesto a tal efecto. Alimentos como el cuscús y el cordero lechal aderezado con cilantro, cebolla, pimienta y aceite, así como los mazapanes de granadas, los pasteles a base de miel, avellanas, almendras, dátiles y piñones harían las delicias de la corte. Un helado de lima, menta, rosas frescas, violetas y granadas facilitaría la digestión de aquello con lo que no sueño, porque el cordero no me gusta. Por cierto, el comercio de la nieve estaba bajo licencia real.
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Washington Irving fue el primero en dar fama internacional a la Alhambra, ese lugar con el que ya de pequeño a orillas del Hudson fantaseaba leyendo libros como La guerra de granada. Durante 4 meses se alojó en algunas dependencias disponibles y tuvo, no solo la oportunidad de visitar a diario los palacios, sino de hablar con sus habitantes y de escuchar las leyendas e historias moras y cristianas que tanto le gustaban. Esa experiencia y la lectura de las Mil y una noches le llevaron a escribir Los cuentos de la Alhambra(1832). Su exquisita prosa te hace ver los palacios con vistas al Albaicín, y oler los jardines de este enclave privilegiado. Cuenta Irving que fueron los franceses los que rescataron a la Alhambra de la ruina, repararon las techumbres, protegieron de la intemperie salones, cultivaron los jardines, restauraron las acequias y fuentes. Sus últimos residentes reales fueron Felipe V e Isabel de Parma, momento a partir del cual la Alhambra comienza a caer en decadencia. No dudo que disfrutara de su particular cuento muy al estilo del romanticismo del siglo XIX.
No puedo dejar esta extensa “Mirada felina” sin mencionar los maravillosos jardines de El Generalife, residencia de descanso de los sultanes nazaríes. Me encuentro ante un vergel con abundantes árboles que dan sombra, con agua fluyendo y manado por doquier como en la famosa Escalera del Agua. Es original, parece que sería usada para sus abluciones. Las primeras nevadas han caído por lo que tengo frío y no pienso ni en tocar el agua, aunque me seduce hasta tal punto de querer sumergirme en ella. Cipreses, flores de colores y una asombrosa vegetación me ofrecen su amistad durante todo el paseo. Qué paz. Los estanques, fuentes y albercas alegran la vista, el oído y el espíritu. Con la Alhambra y las montañas siempre en el horizonte, así como con el evocador susurro del Darro que recorre el valle, me despido del exotismo, refinamiento y lujo de un sitio único. No parece cierta la leyenda de las lágrimas de Boabdil, aunque alguna que otra habrá caído por estas mejillas solitarias al ver las nevadas cumbres del pico veleta, o al despedir tan romántico lugar que tiene, como dijo algún americano, el atardecer más bello del mundo.

