
Todos los días amanecemos con el mismo ritual: “Buenos días, que te vaya bien en el trabajo. En un ratito salgo a pasear con Totó”
Minutos después, allá vamos Totó y yo por un trazado fijo. Como se ponga una grúa en medio o sea jueves de mercado, ¡la liamos parda! Es cabezón hasta para cambiarse de acera.
Rigurosos en los pasos de cebra, rigurosos en el saludo al simpático señor que limpia el jardín y rigurosos acelerando el ritmo conforme nos acercamos a la valla del palacio pipicanero.
Allí, en la soledad de las horas tempranas del día, los saltos, los corre que te pillo, la pelotita perdida entre ramas dan paso a unas conversaciones, entre el querido perrito y yo, con cambios de tono, gritos y gestos despavoridos cuando intuye que toca cepillado.
Un día, antes de verano, al alzar la vista en plena “discusión” con mi compañero de cuatro patas, vi a un hombre mirándonos desde fuera, apoyado en la valla. Tuve la sensación de que era algo que no había percibido hasta ese momento, pero que se estaba repitiendo, algo así como un déjà vu. Aparté la mirada fija de él, pero de soslayo vi cómo seguía ahí agarrado. Por vergüenza no atiné a verle el gesto en la cara. Me di la vuelta y adopté comportamientos más de 'domadora' que de compañera.
Al día siguiente, ahí estaba. Mismo sitio, misma hora, distinta bronca con Totó. También al siguiente y al siguiente. Sin cruzar nuestras miradas. Sin un “Buenos días”, sin un amago de sonrisa a modo de saludo. Nada.
Será por el empacho de series tremendas en plataformas digitales; será por la lectura y escucha de noticias públicas tristes, malas, conflictivas y generadoras de inseguridad; será por el miedo que se está asentando como una marea negra. Será por lo que sea, pero mi cabeza solo atinaba a generar PELIGRO. “A ver si me está vigilando y pretende darme un tirón de la bolsa o, lo que es peor, ¡llevarse a Totó!”
“Loco”, pensaba, “es un loco, ahí agarrado todos los días, sin gesto, sin movimiento. ¿Qué quiere?” Conforme pasaban las semanas, avancé mi pensamiento: “No te obsesiones. A lo mejor es él el que piensa que la loca eres tú, conversando y corriendo con un perro, una rara que no socializa con nadie, pero… cuando salgas del pipican, mira a tu alrededor y, ¡agarra bien la bolsa y al perro por si las moscas!”
Entre loco él, loca yo, dejé de verlo. Ya no pasaba. Y ahí me abrí a otra idea que me causó tristeza. Quizá ese hombre alguna vez tuvo un perro, quizá lo paseaba al amanecer, quizá mirarnos lo transportaba a unos días preciosos. Quizá no quería nada más que recordar.
Es probable que no lo sepa nunca, pero, ahora que el frío mañanero se deja ver, anhelo el retorno de la primavera a ver si vuelve, agarrado a la valla, y rompemos el muro invisible que nos impidió mirarnos y hablarnos.
Y… ¡nos jugamos a los chinos si la loca soy yo!

