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Opinión | La revolución de felpa
Miércoles, 07 de Diciembre de 2022
Pepe Ferrer

La Navidad vaciada

 

Cada sociedad, cada momento busca sus válvulas de escape, sus mitos, sus pequeñas recompensas. Huimos del tiempo parcelándolo en pequeñas porciones con sus rápidas satisfacciones, aunque sean pasajeras. Es Navidad en la calle, en los medios de comunicación, y quiero pensar también que en las miradas de los seres de luz, esos que de cuando en cuando se cruzan con nosotros en los lugares y momentos más inesperados. Cada sociedad tiene el zapato a su medida. Que no siempre es el más cómodo. Y así, la Navidad de ahora es un producto fast food, de satisfacción inmediata, aunque pasajera. Nadie sabe porqué es Navidad, pero lo es.

 

Se ha perdido toda referencia a su origen, y razón de ser, en aras de eso que en las películas coñazo de sobremesa llaman 'El Espíritu de la Navidad'. Es como nos advertía Foucault en 'Las Palabras y Las Cosas': hemos perdido las llaves, incluso ya ni sabemos dónde está el sótano donde se guarda el oro que supone la garantía del papel moneda que llevamos en el bolsillo. Si es que todavía llevamos en la cartera otra cosa que no sea una tarjeta de plástico, una clave de acceso en la memoria... Ya no sabemos qué celebramos, pero lo celebramos porque es una necesidad, un subterfugio, aunque tampoco sabemos de qué y para qué. Occidente celebra uno de sus hitos culturales que lo han conformado como lo que es, el primer mundo; junto a la polis y la democracia ateniense: el nacimiento de Cristo. O eso se creyó, en otro tiempo. Porque ahora solo es una referencia perdida en la memoria colectiva, de la que solo ha quedado una pobre referencia comercial.

 

La Navidad se reduce a una imagen de marca que, si alguien pudiera, registraría a su nombre, no daremos pistas al señor Elon Musk. Y no es coña. Adoramos, sí, adoramos a un señor vestido con los colores corporativos de un refresco desde hace cien años, cuando a un creativo de publicidad se le ocurrió cambiarle el tabardo de tonos pardo verdosos por uno rojo fileteado en blanco. Y desde entonces al grito ritual de ho, ho, ho (léase con acento anglosajón) se descuelga por las chimeneas dejando los regalos al pie de un árbol en mitad del salón. Los niños españoles deberían ir pidiendo sus regalos al Toro de Osborne, pongo por ejemplo, los franceses al Bibendum de Michelin, y los italianos al Cavallino Rampante de Ferrari. Sería formalmente lo mismo, que nadie se rasgue las vestiduras. La Navidad vacía, vaciada según palabra “implementada” últimamente, no es más que eso, y sus profetas el Black Friday, el Cyber Monday y hasta el mercadillo medieval de mi pueblo que se está celebrando ahora.


De pequeño recuerdo que eran otros los debates que adornaban la Navidad: ¿Belén o árbol? ¿Papá Noel o Reyes Magos? Debates de hondo calado práctico, las casas no eran tan grandes y no cabía tanto pastor y tanto romano en su castillo y lo conveniente de dar los regalos al principio de las fiestas. Ahí se empezó a torcer todo, con el pragmatismo importado del otro lado del Atlántico. Fuimos perdiendo, por otra parte, la referencia inicial de todo, en aras más recientemente de no ofender a nadie. Ya hasta se han perdido los colores tradicionales de la Navidad, el rojo, verde y dorado, por el azul y el lila, de unas iluminaciones callejeras minimalistas que a veces se reducen a un rectángulo o un círculo, sin estrellas ni cristales níveos, donde no solo son frías las luces leds. Hay un mensaje subyacente de aglutinar a todas las culturas a costa de perder la esencia, de un buenismo fláccido. Y los bazares chinos están abarrotados de espumillón y trajes rojos fileteados en blanco. Cuánta razón llevaba Foucault. Qué lejos quedan los villancicos de mi infancia y cuán omnipresente Mariah Carey: 'All I want for christmas is you'. Todo lo que quiero por Navidad eres tú. 

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