
Catar es un estado soberano árabe ubicado en el oeste de Asia. Un país que ha sido gobernado por la familia Al Thani desde mediados del siglo XIX. Antes del descubrimiento de petróleo en su territorio, era famoso por la recolección de perlas y por su comercio marítimo.
Posee la tercera mayor reserva mundial de gas natural, lo que ha convertido al pequeño emirato en el país con mayor renta per cápita del planeta y le ha llevado a alcanzar el segundo índice de desarrollo humano más alto del mundo árabe (por detrás de los Emiratos Árabes Unidos).
En junio de 2017, Arabia Saudita, Baréin, Egipto y los Emiratos Árabes Unidos, entre otros estados musulmanes, cortaron las relaciones diplomáticas con el país e impusieron un bloqueo, acusándolo supuestamente de apoyar y financiar el terrorismo.
Este país ha cobrado protagonismo mundial en las últimas semanas gracias a la organización del Mundial de fútbol (ganado por Argentina, por cierto; pero eso ya lo saben) que allí se ha celebrado, pero no solo por esto. También por la presunta trama de sobornos en el Parlamento Europeo que ha puesto patas arriba la política europea.
Empecemos por el fútbol
En Catar se somete a las mujeres, se persigue a los homosexuales y a la prensa libre, se explota a los trabajadores, que en los escalafones más bajos de los empleos y los salarios son migrantes, como los 6.500 que han muerto levantando los estadios en los que se han jugado partidos de fútbol trepidantes.
La elección de este país como organizador del Mundial 2022 ya fue polémica. Un halo de oscurantismo radical del que no sabemos prácticamente nada ha perseguido esta decisión. La FIFA ya, desde ese momento, miró hacia otro lado e hizo buena la frase que ya he dicho en varias ocasiones: “cuando el capital se vuelve impaciente el directivo se vuelve indecente”. Ha pasado por el aro en todos y cada uno de los requisitos que este país ha puesto. Un poco raro, ¿no?
Por otro lado, en lo estrictamente deportivo y centrándonos en España, la cosa no ha ido muy bien. Luis Enrique, que a mí me parece un entrenador excepcional, no ha sabido gestionar este torneo de la manera adecuada. No se ha comportado como el verdadero líder que debería haber sido:
• Un líder debe fomentar la meritocracia. No todos los futbolistas que han acudido a Catar eran los que más méritos habían hecho en sus equipos.
• Un líder debe tomar decisiones buscando lo mejor para su equipo con el único fin de conseguir los objetivos marcados. Sus decisiones han estado más pensadas en conseguir un titular en la prensa que en la obtención de los resultados.
• Un líder debe otorgar el protagonismo a su equipo. Un Luis Enrique “streamer” que ha perseguido ser el único protagonista.
• Un líder es el referente, todos esperan que marque el camino. Solo es necesario recordar la fatídica tanda de penalties contra Marruecos, donde Luis Enrique en lugar de estar en el campo con sus jugadores permanecía solo en el banquillo. Los había dejado solos y eso no se perdona.
Resultado, una eliminación en octavos y, lógicamente, un cambio de líder.
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Por otro lado, nos encontramos con el Catargate.
La policía belga encontró cientos de miles de euros en el domicilio bruselense de Eva Kaili, eurodiputada socialdemócrata griega y una de las vicepresidentas del Parlamento Europeo. Una trama de corrupción que salpica al Parlamento Europeo donde Catar, supuestamente habría pagado importantes sumas de dinero y regalos a destacados diputados europeos, asesores y lobistas que pululan por Bruselas, para que vendieran de forma positiva la imagen del país y presionaran en su favor ante las autoridades europeas.
Violación de derechos fundamentales, falta de liderazgo, corrupción y soborno. Desde mi punto de vista existe un cierto paralelismo entre Catar y el mundo empresarial.
Es cierto que hay muchísimas empresas que trabajan día tras día por ser mejores y hacer las cosas bien, ese es el camino. Pero no es menos cierto que todavía seguimos encontrando organizaciones que giran la cabeza ante vulneraciones de derechos humanos (en sus proveedores por ejemplo), directivos que ejecutan un liderazgo de “ordeno y mando” y empresarios y trabajadores que ven la corrupción y el soborno como el camino más corto para conseguir sus objetivos.
Tarde o temprano la vida pone a cada uno en su sitio. La única forma de avanzar, de crecer, de ser cada día más competitivo es haciendo las cosas bien.
Finalizamos el año y deberíamos ver qué legado estamos dejando y qué objetivos debemos plantearnos para el 2023 que comienza en unos días. Dejemos de lado los caminos fáciles y cortos y busquemos la excelencia a través del liderazgo sostenible, de la ética y del respeto hacia las personas.
¡Feliz Navidad y que el 2023 esté lleno de éxitos!

