
¿Acaso me va absolutamente todo bien en mi día a día? ¿No tengo problemas o no me pasan cosas como a todo el mundo? La respuesta es evidente. No os engaño, tengo todo tipo de días, como todo el mundo, y sigue habiendo días menos buenos en los que hay cosas que me preocupan. A veces, los problemas (o situaciones que resolver como me gusta llamarlos) siguen ahí, pero he ido cambiando mi forma de enfrentarlos y mis expectativas frente a ellos.
Con mis publicaciones no pretendo ser el representante del positivismo, ni de ningún de libro de autoayuda o de asociación de crecimiento personal. Sencillamente, comparto buenas noticias porque son las que me alegran el día. De las malas ya encontramos a diario en las noticias; estamos a rodeados de ellas en los medios, incluso en muchas de las publicaciones de nuestros amigos en las redes sociales. Con esto no quiero decir que me parezca mal que cada uno se desahogue como quiera; me parece genial que cada uno decida publicar o compartir lo que le parezca. Sin embargo, si pongo algo negativo que me ha sucedido o que siento que deseo compartir, con cada comentario que reciba de quien lo lea, Facebook me llevará nuevamente y mediante una notificación a esa mala noticia, en un bucle repetitivo en el que sinceramente no me apetece estar. En cambio, con cada “buenos días”, con cada reseña, con cada palabra amable, nos empapamos mutualmente de bienestar emocional, dándonos un impulso constructivo en una secuencia circular de afectividad.
Cuando comparto frases que anteriormente he escrito en alguno de mis libros libro, o de las que he leído por ahí que me han inspirado, o simplemente frases que me gustan o que me hacen pensar, me gusta acompañarlas de canciones que también mueven algo dentro de mí. Lo cierto es que me siento agradecido de poder compartirlas cada mañana. Hasta hace no muchos años, no me había fijado en lo importante que era empezar el día con alguna canción en directo que me animase nada más empezar la mañana. A veces nos enfocamos en las cosas que no tenemos o las que perdemos cuando lo que está a nuestro lado puede ser igual de maravilloso.
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Hace tiempo leí un libro de Jan Goldstein llamado “Lo que de verdad importa”, donde el protagonista pasaba por un momento realmente complicado de su vida, a la que no encontraba sentido. Entonces, su abuela le recomendó una sencilla pero reconfortante tarea: la de empezar un cuaderno donde apuntar cada noche las cosas buenas que le habían pasado durante ese día. Al principio, el protagonista se esforzaba por encontrar cosas buenas para apuntarlas por la noche en el cuaderno, pero sin darse cuenta, se fue volviendo mucho más observador y empezó a verlas por todos lados.
Algunos psicólogos aseguran que el solo hecho de escribir tres cosas positivas al día aumenta el nivel de felicidad, proporcionando numerosos beneficios a quienes lo practican. En definitiva, a veces, los colores de mi vida no son tal como los había planeado, pero los matices que sigo descubriendo día a día son maravillosos.
Francisco González
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