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ENTRE TU Y YO

Banderas rojas

Esther Egea Viernes, 23 de Diciembre de 2022 Tiempo de lectura:

 

Cuando estamos acostumbrados a pasar por la misma carretera, haciendo el mismo trayecto, casi casi que no reparamos en las señales porque son las mismas. Y vamos tan automatizados que nos pueden cambiar la señal por un prohibido el paso y pasar tranquilamente sin verlo. Automatizar mapas nos da seguridad y confianza, por eso vamos casi a ciegas repitiendo lo que ya sabemos y que nos lleva al mismo sitio.

 

Pero esta automatización para hacer cambios no ayuda tanto; es más, nos resistimos a ellos por el esfuerzo y la incertidumbre de los mismos. Es muy probable que otro recorrido sea más corto, más cómodo e incluso más sencillo, pero seguimos haciendo el mismo a pesar de la evidencia de atascos. Sólo cuando nos atrevemos a cambiarlo podemos ver las ventajas y dejar de ver los inconvenientes.

 

Fuera de las carreteras, pero dentro de nosotros también hay mapas que nos conducen por la vida. Algunos están tan bien diseñados que parecen una obra de ingeniería, pero otros mapas no nos satisfacen y requieren un cambio exprés para llegar dónde queremos realmente llegar.

 

Algunos cambios personales los hacemos por accidentes existenciales, ya sean pérdidas afectivas, laborales o de salud donde la transformación es inminente; otros cambios los realizamos antes del desastre porque vemos esas señales que ya no funcionan y me hacen incómodo el recorrido.

 

Ambos son legítimos y ambos requieren de mi disposición de ponerme manos a la obra para hacer la reestructuración pertinente. A veces los cambios son sencillos y basta con cambiar la decoración, pero otras veces hay que demoler y desescombrar para que el cambio sea saludable.

 

Poder percibir las señales y estar atentos a lo que necesitamos y a lo que ya no vale es el inicio de cualquier reforma, ya sea impuesta o voluntaria.

 

Y como en tu casa, lo que antes te gustaba ahora te puede incomodar y necesita un cambio, de continente o de contenido, según las necesidades. Tener nuestro propio “servicio manitas” para arreglar lo que no funciona o cambiar lo roto es buena garantía de transformación y desarrollo.

 

Los jóvenes denominan a estas señales peligrosas, red flags. Son banderas rojas que alertan de una problemática, de un riesgo afectivo. Igual que en la playa esta bandera te advierte que el baño es peligroso y que te puedes ahogar, en la vida hay señales rojas que te indican que lo que estás viviendo no es saludable; ya sea por celos, control, manipulación, abuso, mala comunicación, ignorar tus necesidades...

 

Hay personas que deciden no bañarse ante la amenaza y no se meten en relaciones tóxicas; otras deciden esperar a que cambie la bandera de color, que a veces cambia pero que también puede volver al mismo color.

 

Tener una visión clara de estas señales te invita a no bañarte en la frustración, en la impotencia o en el victimismo para nadar en otras aguas; siempre con el riesgo de encontrar en las nuevas aguas peces de colores o pirañas. Pero al margen de la especie de peces con lo que te encuentres, que la mayoría de las veces no son dañinos, la decisión de tirarte a la piscina dejando de bañarte en aguas peligrosas te va a refrescar con nuevas elecciones en tu vida.

 

Para sumergirte en el cambio reflexiona sobre la diferencia entre lo que yo siento por alguien o algo y lo que me hace sentir. Si no me hace sentir feliz o realizado, cambia la experiencia. No entrar, no caer o no mantenerte en conductas perniciosas es saludable para ti, y si eres padre, para tus hijos. Respetarte y enseñar a tu hijo a respetarse es el mejor baño que os podéis dar.

 

¡Feliz Navidad!

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