
No me gusta el significado de estas dos palabras: ‘obsolescencia programada’. Sueño que las llevo al cuarto de los cachivaches y las dejo en desuso per sécula seculórum. (exactamente en las mismas condiciones que la propia expresión indica). Porque no se refiere a la falta de valía o antigüedad de algo, sino a lo que ya no se lleva, que está desactualizado. Es como la crónica de una muerte anunciada. Donde la industria pone el ojo de su interés pecuniario, pone la bala. Para aumentar las ventas de un sistema empresarial salvaje, se origina una producción ingente de ansiedades y productos; el caldo de cultivo perfecto para entrar en el juego de la demanda de mercado, con unos dientes perfectamente afilados y relucientes.
Hemos pasado a ser sumisos clientes de un gran orbe crematístico que nos impele a experimentar nuevos y apetitosos bocados; flamante banquete a nuestra mesa. Queremos dar lustre a la panza ante los amigos y verlos babear de la envidia, con nuestros nuevos juguetes.
Cada cuanto nos resetean para la insatisfacción, necesitamos lozanos objetos de deseo: renovarse o morir.
Sé que se refiere a los ciclos de vida (reprogramados) que tienen los materiales tecnológicos; también a otros artículos de consumo, como el textil, mobiliario, juguetería, etcétera. Pero no puedo evitar pensar en nosotros, los seres humanos. Hace tiempo que corremos el riesgo de entrar en el mismo enunciado de las 'cosas' pasadas de moda.
Atrapados en la industria, en una sociedad de rebaño histriónico que nos seduce e induce a una interacción de culto, a falsos ídolos. De forma voraz y compulsiva, adquiriremos mercancía novedosa de última generación, escalar al top ten. Y si no te adhieres a la rueda de este aparato articulado del consumismo, si estás fuera del sistema, el sistema te engulle en su factoría. Quizá todo esto se deba al pánico que nos da ser excluidos del engranaje, por si nos desmenuzan como a detritus.
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"El ego social necesita un espectacular fuego fatuo"
Visto lo visto, es inevitable pensar que no solo los objetos pasan la criba de la obsolescencia. Por muy buen aspecto que tengamos, por mucha sabiduría acumulada, ni siendo un avezado veterano en la contienda de la vida, no te da pase al indulto. Ni la cirugía plástica más novedosa puede detener el sino biológico de la longitud del oro de los telómeros. Así que hay que llevar cuidado con la apariencia. Se corre el riesgo de que nos aparquen en lugares como los cementerios de elefantes.
A mí, sinceramente, me dan ganas de cogerme un petate y un buen chambergo y largarme a algún lugar lejano, donde no me de alcance la guardia pretoriana del endiablado ‘término’ feudal, y me apresen y me etiqueten y me lleven a la trituradora de los trastos inservibles.
Y es que la basura tecnológica y demás objetos es una cosa, pero la humana, desgraciadamente, no le va a la zaga.

