
Ahora, cuando empezamos de nuevo la vida ordinaria, la que da sentido a nuestro esfuerzo diario, la que nos proporciona la verdadera satisfacción cada día, con sus altos y bajos, alegrías y penas, siento una especie de esperanza respecto a un futuro que cada vez se hace más corto, es verdad. Un cuaderno en blanco en el que llenar, con ojos nuevos, todo lo que está por empezar. Porque ha sido un stop grandioso en todos los aspectos. Lo espiritual nos ha propuesto reconciliarnos con nuestro propio yo, con la necesidad de mirar con ojos más libres lo que ocurre. Que ni va a ser diferente ni nos va a alejar de lo que ya está programado, pero que al incorporar una percepción algo más original, será como encontrar un territorio propio, sin necesidad de rebuscar en las propuestas de los demás.
Hemos tenido un alto en el camino. Las semanas de festejos nos han dejado en la superficie preguntas sin resolver. Atrás han quedado las comidas copiosas, las reuniones que han impregnado el ambiente. Las secuelas de proximidad con los demás. La sensación de haber constatado falsas apariencias, esos terrenos comunes que se temen por no ser cotidianos. El deterioro de vivir situaciones ficticias, que a la postre nos hacen desear la vida rutinaria. Es bueno regresar al ciclo que se ha detenido, con sus ruidos, quehaceres, su monotonía, su tiempo ordinario.
Hasta mis nietos han cogido con gusto sus clases y sus comidas en mi casa. Es un placer guisar para ellos, menús que gustan a todos, empezando con los bastones de apio, pepino, zanahorias, todo lo vegetal que tengo a mano, como aperitivo, mientras van llegando. Creo que sentar a la mesa a los cinco, varias veces a la semana, tiene mucho aliciente. Siento curiosidad por verlos crecer, cambiar. Intento identificar mis gustos con los de ellos, implicarme en sus deportes y juegos favoritos. Sencillamente, hablar con ellos, saber qué pasa por esas cabezas que están empezando a funcionar. Es mi objetivo prioritario, ahora que dispongo de tiempo. Me gusta. Y dentro de esa especie de aula invisible, distendida que es la hora de la comida en la cocina, aprendemos todos. Sin padres, me implico en que haya sosiego, y les escucho hablar tranquilamente, para que se acostumbren a comunicarse, respetarse y quererse entre ellos. Una experiencia bastante trabajosa, pero educativa, que a la fuerza tendrá buenos resultados, creo.
Les propuse que dijeran algo sobre cosas especialmente interesante de la Navidad. Sin ponerse de acuerdo coincidieron en que, aparte de los regalos, lo mejor eran las reuniones familiares. Los juegos de mesa por la tarde con los mayores, las tonterías que también decían los padres y tíos, como dando a entender que estaban de vuelta de todo. Pero sí, disfrutando de la familia en otro espacio, en otro tiempo. Para mí, poder participar de estas cosas, es como ver luces encendidas, en un tiempo de penumbra. Nuestros jóvenes tienen mucho trabajo por hacer. Un camino difícil, quizá porque el mundo ha tomado un giro en el que se ha desmadrado un poco, y es momento de recoger, enderezar velas. Y les va tocar a estas generaciones nuevas, ser buenos gestores de su tiempo.
Todo esto, son cosas que solo las pienso para mí, que abordan mi espíritu. Pero ahí están, una manera de querer a toda costa que la vida tenga sentido. Lo he pensado, y lo he necesitado siempre, porque “el odio es una sombra negra y alargada. En muchos casos, ni siquiera quien lo siente sabe de dónde le viene”, palabras llenas de verdad que describe con precisión el escritor japonés, Haruki Murakami. Y la paz entre las personas, ante el dolor que se extiende por la guerra, el conflicto y el odio entre los hombres, hay que cuidarla para proteger nuestra supervivencia.

