
Tremendo lo de la calle. La mayoría de la gente, sola o acompañada, hablando. Riéndose (cosa que está muy bien) o gritando, pero no con quien va a su lado. ¿De qué nos sirve caminar juntos si cada uno va a lo suyo?
Si te fijas, ves unos cables colgando desde sus orejas o unas notas de color en sus oídos, ¡son los maravillosos auriculares! De toda la vida han servido para oír los partidos sin molestar, escuchar musiquita o la radio mientras se anda o se corre. Ahora son fundamentales para no estar ni un minuto callado.
La inmediatez que exigimos y con la que vivimos no nos deja espacio para vivir ni esa inmediatez ni la espontaneidad. Vamos de 'sobraos', pero dependemos de un pinganillo.
Recuerdo un gran ridículo cuando esta moda comenzó, o por lo menos cuando yo la percibí. Lo recuerdo porque aún caigo una y otra vez en lo mismo.
Avión para un vuelo de regreso a casa. Un asiento vacío a mi izquierda, un chico que avanza hacia él. Deja una mochila y, en inglés, una parrafada. Mi cabeza traduce lo típico, según mi criterio, que se suele decir en esa situación: “Buenas tardes, este es mi asiento. ¿Le molesta la mochila aquí?”. Y en el inglés que me sirve para pedir cerveza por todo el mundo, le respondo: “Buenas tardes. Lo siento, mi inglés no es muy avanzado, mejor si me habla despacio. No me molesta su mochila”. La cara del chico mirándome era un poema, se sentó y continuó hablando sin mirarme.
Entendí perfectamente cómo decía: “Mamá. Aquí hay una loca que me dice que no le molesta mi mochila y que hable despacio. Nueve horas con una loca a mi lado, espero que se duerma pronto” (risas, que en inglés suenan algo distinto al español).
¡No se había dirigido a mí en ningún momento, estaba hablando con su madre por los auriculares, verde pistacho, conectados a su móvil!
Pasé del esfuerzo de construir frases en inglés al esfuerzo de disimular la vergüenza y la rojez de mi cara. Coger impulso para decidir si soltaba “Perdón, pensé que te dirigías a mí y que sepas que no soy ninguna loca. Díselo a tu madre” o dejarlo tal y como estaba y no liarme más con el jovencito con mamá, auriculares y mochila.
Y tras un año andorreando y pensando que las gentes me hablaban, después de varios “tierra, trágame”, reculo de mi soberbia y me doy cuenta que para nada se dirigen a mí.
Este sin fin de hacer mil cosas a la vez y hablando para sumar mil una me tiene perpleja.
En el fondo tengo que agradecer que la mayoría vaya con auriculares en vez de con el altavoz del móvil conectado. Me da para echarle imaginación y entretenerme poniendo en contexto las conversaciones que escucho. Respondiendo en silencio a lo que oigo y lo más vergonzoso que tengo que confesar es… ¡que adecúo mis pasos al ritmo del parlante! Para no perder comba en la conversación.
Y claro… ya me he fabricado perfiles.
Espero, por mi bien, que mi nueva afición no me traiga un guantazo ni un “¿Qué haces, cotilla?”, si me vengo arriba y contesto en voz alta en esas conversaciones que me fabrico.

