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Opinión |
Miércoles, 08 de Marzo de 2023

El 8M que me deja huérfana

 

Estimados lectores, perdonad mi ausencia de meses. Precisamente en lo que andaba era terminando un Máster Interdisciplinar e Internacional en Violencia de Género e Igualdad y el titulo en Técnica de Igualdad.


Ya se ha dejado entrever en otros artículos que soy una persona comprometida con el feminismo, ahora con título. El feminismo tiene dos grandes puntos de apoyo: la creencia en la igualdad de géneros y la sororidad entre mujeres; más allá de eso caben casi tantos feminismos como personas, porque lo bonito que tiene es que no es una doctrina, sino un enorme paraguas donde caben diferentes corrientes de pensamiento y donde se da el diálogo entre las mismas.


Este 8 de marzo, amén de aquél fatídico que señaló esta fecha en el calendario, es especialmente triste para mí. Las ideas se han tornado en ideologías para que unos pocos de apropien de la lucha de media población mundial. Pero lo peor no es eso, lo peor es que alguien como yo, que no se reconoce en ninguna de las cabezas del monstruo bicéfalo que nos gobierna ha perdido el derecho a manifestarse, porque las asociaciones feministas que convocan están politizadas y dominadas por una de esas dos cabezas. Aclaro que el “feminismo” transexcluyente de la extrema derecha, por si alguien lo considera, para mí es un oxímoron. 


¿Recordáis el segundo requisito? La sororidad ¿Dónde está la sororidad cuando desde hace meses se reducen penas y salen a la calle violadores, maltratadores y pederastas? Muchas esperábamos, por lo que se nos contaba, que aquel que abusó de nosotras y así se consideró porque no opusimos resistencia, porque estábamos inconscientes, drogadas o temíamos por nuestras vidas, fuesen equiparados al resto de violadores. Me da igual que ahora a eso lo llamen agresión, que es lo que es, si la pena que conlleva es igual o inferior, porque que gente que no tiene idea de jurisprudencia se pase por los santísimos ovarios los informes de los jueces y expertos. Queríamos una reforma de eximentes y agravantes (si me drogas y me violas, según mi parecer estás cometiendo dos delitos, no medio) y la equiparación de las penas al alza.


Una feminista de verdad no haría eso, una feminista de verdad reconoce la chapuza y la paraliza al día siguiente, una feminista de verdad pide perdón a las víctimas de los excarcelados que vuelven a vivir ese miedo, que están siendo revictimizadas día tras día por sus supuestas protectoras. La realidad más cruda es que tener el culo calentando un escaño les importa más que nuestro sufrimiento, las ministras no se preocupan por las víctimas, las ministras facturan.


Obviamente voy a hacer huelga, como llevo haciendo desde 2018, porque sigo pensando que de ese modo se visibiliza el hueco que dejamos en la sociedad si las mujeres paramos, pero no tengo calle a la que salir a protestar porque nadie entiende que es posible hacer una reivindicación política sin pertenecer a partido alguno y porque los unos seguirán alabando las virtudes inexistentes de esta ley o haciendo chistes como la número 2 de Montero, o argumentando qué más dará dos años más que menos (pongo la mano en el fuego y no me quemo si afirmo que toda la que usa ese argumento no ha sido violada, por suerte para ella) y los otros sacarán pecho de que in extremis lo van a parar el día antes de esta efeméride, cuando han estado meses consintiendo el goteo. 


En un país menos populista ya habría rodado alguna cabeza por esta causa y con mucha razón…


Y como dice María Peláe, que vengan a por mí, que conocimientos tengo para poder entablar un debate civilizado.


Ahora saben, estimados lectores, el motivo de mi ausencia. No podía escribir porque yo por las noches lloro a esas víctimas, me invade la impotencia y me quita el sueño; ya que a quien le corresponde no lo hace, que sientan la fuerza de que no están solas, que aún hay mujeres empáticas y sororas sufriendo con ellas. 

 

Clara Ferrer es graduada en Filosofía, técnica de Igualdad y Máster interdisciplinar en Violencia de Género e Igualdad

 

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