
¿Quién no ha oído alguna vez esta frase? Seguramente hasta la hemos utilizado, pero pocos saben de dónde viene.
Los serenos cuyo nombre proviene de informar de las horas y el tiempo (la una y sereno…. las dos y lluvioso. etc.) tenían básicamente asignadas las funciones de vigilancia en la noche de las ciudades y para ello contaban con un chuzo (posteriormente se sustituyó por un bastón) y un pito con el que se avisaban unos a otros dando la voz de alarma.
Sin embargo, la cuestión es que, al parecer, lo usaban en demasía sin verdadera necesidad por lo que la policía cuando lo oía no hacía ni caso, de ahí la expresión.
Desde luego que tuvo que ser un oficio curioso. Vivían de las propinas de los vecinos y custodiaban las llaves de las viviendas de su sector. En una ocasión leí la entrevista al supuestamente “Último sereno” de Madrid y comentaba que hasta era el guardián de muchas intimidades matrimoniales. No me extraña, a esas horas….
En fin, la realidad es que este noble oficio se extinguió en los años ochenta finalizando una tradición de varios siglos pese a que después ha habido numerosos intentos de resucitarlo, incluso en Murcia, sin que ninguno haya tenido, ciertamente, mucho éxito.
La cuestión es que he aprendido a hacer como la policía de la época y tomármelos “por el pito del sereno” a muchos personajes y acontecimientos contemporáneos. Cuestión de supervivencia. Porque la verdad es que la vida pública española está plagada de sandeces y de personas que te roban la paz.
Raro es el día que no salta a los medios de comunicación alguna frase de algún político, artista o “famoso” que les desnuda intelectualmente. Pero siguen ahí sólo por que la sociedad hace como yo y se los toma por el pito del sereno, aunque de verdad constituya motivo de alarma.
Podríamos decir que la sociedad en la que vivimos se ha insensibilizado a las incontinencias verbales de sus miembros a fuerza de escucharlas cada vez más y cada vez con una mayor intensidad.
Muchas veces se trata de una estrategia, especialmente en el caso de los políticos: se suelta una barbaridad que llama la atención y provoca rechazo, pero se va manteniendo a lo largo del tiempo con lo cual finalmente ya no parece una barbaridad, aunque lo siga siendo, ni provoca rechazo, aunque debiera seguir provocándolo. Y así, cada vez y poco a poco, se va radicalizando a la sociedad.
Se trata de la misma estrategia de la verdad-mentira, es decir, la primera vez que escuchas una mentira reaccionas, pero después vas dejando de rebelarte hasta que un día la vuelves a escuchar tras oírla cientos de veces y por personas distintas y aun sabiendo que no es verdad, no te atreves a contradecirla porque todos los demás ya la han dado por cierta. Al final la mentira te pasa por encima.
Hace muy poco hice un juego con un amigo. Nos retamos a recoger durante una semana barbaridades de la vida pública que aparecieran en los diarios y pronosticar cuales de esas se convertirían en dogmas de fe dentro de un tiempo no muy largo. Tengo que reconocer que finalmente ampliamos el plazo de recogida al mes, pero ya tenemos unas cuantas. No quiero desvelarlas, pero podéis hacer vosotros también el ejercicio, os aseguro que no es muy difícil.
En las verdades-mentiras siempre hay un autor (o varios) intelectual, unos cómplices que callan o difunden la mentira y finalmente unas víctimas un poco culpables que son a las que les distorsionan la realidad.
La solución es compleja porque lo cierto es que todos queremos vivir bien, sin disgustos ni alteraciones así que nos tomamos todo por el pito del sereno y evitamos el enfrentamiento intelectual dejando lentamente que la mentira vaya ocupando el sitio de la verdad hasta que termina desplazándola… y claro, la mentira lleva a otra y así sucesivamente.
Digo yo que ojalá el dicho fuera otro…pero claro, no sería España.

