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ENTRE TÚ Y YO

¡Oh, diosa! Odiosa

Consuelo Aguayo Miércoles, 15 de Marzo de 2023 Tiempo de lectura:

 

Señoras y señores –pero sobre todo señoras- hemos pasado el 8 de marzo y doy por inaugurado el mes primaveral. A partir de ahora decreto que los escaparates se llenen de luz y color. Da igual si hace frío o viene una borrasca, por mandato hay que proveerse de aquellos tacones de color chicle que junto al monísimo bolso compañero lucen las preciosas maniquís en los escaparates, porque lo que es en nuestro body seguro que lucen mejor, aunque distemos mucho del “90, 60, 90” tan deseado desde el siglo pasado. Sí, decreto que hay que ser como las maniquís y correr la misma suerte de aquélla en la famosa canción de Serrat en la que era la gloria vestida de tul/ con la mirada lejana y azul/ me sonreía en un escaparate/ con su boquita menuda y granate/. Y si no tienen ustedes esas medidas no se preocupen ¿para qué están los corsés de Escarlata O´Hara en Lo que el viento se llevó? Pues nada, a lucir palmito tan alegremente. 


Pero ¡jo! Borja Mari, ahora vengo yo con el rollo de la historia a fastidiar tu magnífico plan para recordarte que no siempre la belleza lleva emparejada la felicidad. Si no, que se lo pregunten a la pobre Helena de Troya que pasó a la historia por desencadenar una de las más largas y cruentas batallas que se recuerdan, sólo por ser un ´bellezón´.


¿Cuántas veces nos miramos al espejo y nos decimos “estoy divina”? Pue eso es lo que se le escapó a Helena de Esparta cuando vio reflejar su semblante en el Nilo. Claro que la diferencia es que ella sí lo era –divina, claro- y ustedes y yo no. Hija de Zeus y de Leda, Helena representaba el ideal absoluto de belleza (creo que sus medidas eran muy por encima del 90, 60, 90, imagínense) sobrepasó su belleza a todos los mortales, y estaba considerada como la mujer más bella del mundo. Hesíodo la nombraba como ´Helena la del cabello rubio´, Homero como ´Helena la del cabello precioso´ (vamos que ´porque yo lo valgo´), todo eran alabanzas hacia su persona.


Tanto es así que sus padres tuvieron que organizar un concurso entre los pretendientes, que ganó Menelao (sí, sí, dió el braguetazo) y se convirtió en su marido. Pero la fama de Helena atrajo a su casa al joven príncipe troyano (sí, sí, como el virus del ordenador) Paris quien al ser alojado como visitante se enamoró de Helena, la sedujo y los dos huyeron -según relata La Ilíada de Homero- hacia Troya (que por las murallas defensivas que se han excavado se cree que la gran ciudad estaría situada en la península de Anatolia en la actual Turquía), llevándose consigo valiosos tesoros y convirtiéndose Helena en reina de Troya.


Menelao, el marido deshonrado (aquello no se iba a quedar ahí) reunió a los griegos y como se trataba de un acto ilegal impío e inmoral según las costumbres griegas por el hecho del desagravio estando alojado en su propia casa, embarcaron unas 10 mil naves rumbo a Troya para vengarlo en una contienda que se prolongó durante 10 años.


Finalmente lograron vencer los griegos gracias a la estratagema del Caballo de Troya, enorme ídolo en cuyo interior se escondieron los mejores guerreros griegos, abrieron las puertas y entró en la ciudad el ejército masacrando a los troyanos.


En total, Helena pasó a la historia como símbolo fatal del poder de la belleza. Los griegos nunca le perdonaron su adulterio y con frecuencia aparece como símbolo de la inmoralidad además de señalarla como la causante de la Guerra de Troya.


Aunque, claro, toda historia tiene dos lecturas. En primer lugar, a buen seguro que en la guerra existirían también motivos comerciales, coloniales o de apoderamiento de recursos, disfrazados bajo la honorabilidad del marido desagraviado. En segundo lugar, no está claro que Helena se fuera por propia voluntad o fuera raptada habida cuenta de que hay cerámicas en las que aparece como una amante voluntaria y otras en las que París le agarra fuertemente del brazo en señal de sumisión violenta. Finalmente, Helena sólo fue el resultado del juego de los dioses, sólo siguió el destino inexorable que le habían marcado, sólo fue la excusa perfecta.


Esta historia entre la realidad y el mito legendario permite una visión paradójica de una mujer que tanto era venerada en algunos lugares como en Rodas (fue en Esparta donde dicen que alcanzó mayor popularidad como figura religiosa), como odiada representando el lado más negativo de la lujuria depositada en el ideal de belleza. Y es que como dicen en mi tierra ´la suerte de la fea la guapa la desea´.


Para acercarse a esta historia si viajan a Atenas verán el saqueo de Troya, culpable de haber hospedado a Paris, el raptor de Helena, tal y como narra La Ilíada de Homero en las metopas del Partenón que recrea el museo de la Acrópolis en Atenas.

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