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ENTRE TÚ Y YO

¿Decides con la cabeza o decides con el corazón?

Ricardo Gay Férriz Miércoles, 05 de Abril de 2023 Tiempo de lectura:

 

6 de diciembre de 2017, Trump anuncia el traslado de la embajada norteamericana de Tel Aviv a Jerusalén.

 

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Esos días me encontraba en un hotel palestino, en Belén. Se mascaba la tensión en sus calles; de modo muy especial en el segundo campo de refugiados palestinos más grande del mundo: Dheisheh.

 

A pesar de ello el grupo con el que viajaba no renunciamos a desplazarnos a Jericó, la que dicen ser la ciudad más antigua del mundo, próxima al Mar Muerto. Nos acompañaba en el autobús, con matrícula israelí, nuestro guía, un hombre del que aprendí mucho esos días. De origen palestino, tenía nacionalidad israelí y era cristiano. Profesor de universidad. Dominaba perfectamente al árabe, el hebreo, el castellano y otros idiomas. Por respeto hacia su persona, le voy a cambiar el nombre. Supongamos que se llamara Ahmed.

 

Estaba anocheciendo, y la ciudad de Jericó aparecía a lo lejos, rodeada de aparentes cinturones de fuego. Teníamos una cita indemorable en esa ciudad y nuestro guía dijo al conductor que había que seguir adelante. Estábamos en la Cisjordania palestina bajo control del ejército israelí (ver mapa) hasta que, al aproximarnos al perímetro de la ciudad, dejamos de estarlo, y pasamos a territorio bajo el supuesto control de la Autoridad Palestina; en concreto de la facción de Hamás.

 

Quienes hayan visto la serie de Netflix “Fauda” (que significa caos), se habrá familiarizado más con la realidad de Tierra Santa y del dolor que allí acontece: Hamás, Autoridad Palestina, Fatah, Hezbolá… y los diferentes grupos islámicos suníes, chiitas, enfrentados entre sí y con Israel.

 

El que escribe, iba sentado en la segunda fila de asientos, junto a la puerta delantera del autobús. Apenas pasamos el último control del ejército israelí -solo un vehículo todo terreno y unos pocos militares muy jóvenes, tanto mujeres, como hombres- cuando unos metros más adelante, un primer cinturón de fuego, alimentado por niños y adolescentes con pañuelos palestinos en sus cabezas, nos obligó a parar. Inmediatamente fuimos rodeados y nos dimos cuenta del grave error cometido. No hay que olvidar que nuestro autobús llevaba la matrícula amarilla israelí y no blanca, que es la que corresponde a la Cisjordania Palestina.

 

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Al rememorar la escena, y al hilo del artículo anterior -El cedro del Líbano y el abedul- me doy cuenta de la trascendencia que puede llegar a tener un buen liderazgo en la toma de decisión

 

Recuerdo vivamente lo ocurrido: un niño se acercó corriendo a la puerta del autobús con un recipiente ardiendo en sus manos, con la intención de obligar a abrirla y, supuestamente, lanzarla al interior. Todos los que me acompañaban, se lanzaron al suelo, ocultándose entre los asientos. Incomprensiblemente, yo permanecí de pie tras mi asiento, contemplando la escena, no queriendo cerrar mis ojos ante la amenaza inminente. Mi papel era de un actor... aun cuando me iba a convertir en víctima. No sé por qué, pero se me sentí identificado con aquel adolescente. Había leído acerca de la ocupación israelí y de la expulsión de miles de millares de palestinos de sus tierras. Quizás -pensé- yo también estaría al otro lado de la puerta de ese autobús israelita, haciendo lo mismo, si mi historia hubiese sido la suya y la de su familia…

 

En contra posición, Ahmed, bajó del autobús con la valentía propia de un líder nato y gritando “¡Dios es grande! ¡Soy vuestro hermano!, ¡Soy palestino!” (nos lo tradujo él pasado el incidente), se dirigió al que parecía comandar al grupo de adolescentes. La tensión era enorme. Ahmed se puso delante del autobús y a pie nos fue abriendo camino, gritando, discutiendo ostentosamente, pero sin arredrarse. Tuvimos que pasar varias “barreras”, unas de alambres de espinos, otras de bloques de grandes piedras, hasta llegar al final de una carrera de obstáculos a las puertas de Jericó. En cada barrera Ahmed tuvo que “negociar” el paso y evitar apedrearan, quemaran o, incluso, secuestraran al grupo y al autobús.

 

En situaciones límite, el liderazgo es cuestión de vida o muerte.

 

¿Quién de los dos decidió con el corazón y quién con la cabeza?...

 

Sé perfectamente cómo pensaba Ahmed con respecto al conflicto que cada día sufre en su tierra. Lo hablamos muchas veces. Pero él decidió con la cabeza: había que evitar cualquier desgracia y, por lo tanto, renunciar a sus sentimientos.

 

Yo, en cambio, cometí el error de decidir con el corazón. Sin tener motivos bien razonados, ni ser justo en la toma de parte, me dejé arrastrar por mis sentimientos y “decidí” arriesgar mi integridad. ¿Decidí… o me dejé llevar…?

 

Aquí es donde, creo, radica una de las claves de la toma de decisiones: no confundir la espontaneidad con la autenticidad. La espontaneidad -tan de moda hoy en día- actúa acorde a cómo me siento en ese momento: Es fruto de una emoción instantánea y poco perdurable. Es el terreno donde el corazón se siente libre en sus fueros.

 

La autenticidad, en cambio, no renuncia a sus principios, pero ve más allá de la emoción. Tiene una meta, persigue un fin. Racionaliza los hechos y obliga al corazón a ponerse en su lugar. Ese papel lo desempeña la cabeza.

 

¿Quién decide por ti?

 

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