
Es obvio que nos ha tocado vivir una época donde el principal objetivo es el progreso. Un progreso que, como su nombre indica, nos obliga a mirar siempre adelante. Innovado y descubriendo tecnologías para incorporarlas a nuestras vidas. Por eso ya no sorprende que las redes sociales, la inteligencia artificial generativa o la nube estén ya en aplicaciones que tenemos en nuestros móviles. Y mientras el mundo se pregunta si tanto correr mirando al futuro es lo más apropiado, me venía a la cabeza una historia que se inició hace más de 3.000 años. Resulta que, por esas fechas, el último faraón de Egipto, de la dinastía XVIII, nacía, se hacía famoso y moría a la edad de 19 años. Fue entonces cuando lo momificaron y enterraron en una tumba, dentro de un pequeño mausoleo y con muchos tesoros dentro. La ubicación de esta tumba, con el paso de los tiempos, se fue borrando del desierto del Valle de los Reyes, hasta que hace ahora 100 años, un arqueólogo británico, un tal Howard Carter, lo encontró, con el soporte económico de un paisano suyo aristócrata y ricachón, conocido como Lord Camarvon. Lo que viene siendo un inversor.
Así, mientras veía la historia en una recreación virtual en el Antiguo Matadero de Madrid, me llamó la atención la decisión que tomó nuestro amigo arqueólogo, al que tanto mérito se le reconoce. En realidad, Howard era un emprendedor como los de ahora. Un ejemplo de lo que es creer en un proyecto. Algo de lo que tanto hablamos cuando nos referimos a la creación de startups. Pero resulta que, cuando el mecenas ya se cansó de financiar las excavaciones en un valle gigantesco lleno de arena, nuestro emprendedor arqueólogo tomó una decisión. Decidió pagar de su bolsillo la continuación de las excavaciones, algo costoso en aquella época. Eso se llama creer en el proyecto, no me digan que no. Es apostar todo lo que tienes, prestigio profesional incluido, en buscar la aguja en el pajar. Entonces, el Lord valoró tanto la confianza de este hombre, que decidió seguir financiado. El resultado ya lo saben. En 1922 apareció la tumba de este joven rey, con sus tesoros, la famosa máscara de oro y todo lo que allí dejaron. Una mezcla de suerte y mucho de confiar.
Pero, para mí, la lección que nos dio este hombre sigue siendo válida. Vivimos mucho pensando en el resultado inmediato. Si hubiera sido así, hoy igual no hablaríamos de ese hallazgo. Quizás se habría abandonado. Porque de eso va el progreso del que hablaba al principio. Igual hay que replantearse si las prisas para emprender son buenas o no. Que ya están viendo la que se está liando con el desarrollo de la Inteligencia Artificial, con muchas voces pidiendo parar un poco, relajarse y disfrutar de los que ahora tenemos. Es lo que tiene buscar los resultados muy deprisa. Paso a paso y con seguridad o, como se dice en mi tierra, “olivica comía, huesesico al suelo”.

