
Salgo de casa a diario comprobando que no me falte nada de lo que pueda necesitar Totó en nuestro recorrido. Es un ritual al detalle: bolsitas para los excrementos, botella con agua y jabón para sus orines, arnés y correa de repuesto por si se rompe la que lleva, toallitas húmedas por si le da por ponerse en modo político en campaña saludando a todo el mundo y, con sus patas, mancha a alguien. 4 kilos sobre mi espalda de “por si acaso canino”. Tanto empeño pongo en el control de sus cosas que me olvido de “mis por si acaso”. Salgo sin un euro, sin gafas de sol, sin batería en el móvil y, a veces, me encuentro en ciertas apreturas.
Salir con un litro de agua bebido conlleva una necesidad mingitoria inminente. ¿Qué hago si estoy a más de 15 minutos de casa? ¿Bares, tiendas, aparcamientos públicos, casas de amigos y conocidos?
Comienzo a darle a la cabeza. Sin un euro, usar el aseo en los bares se complica, como no consumas, suele está averiado o te dicen directamente que es solo para clientes. Con el baile de San Vito me imagino explicando que son miles las veces que he sido clienta pero que ahora no llevo ni un céntimo, que no quiero café y además me acompaña un perro. Fracaso, por más que suplique, no lo voy a conseguir y encima leo en mi mente una sonrisa burlona de “vas meándote”. Tiendas, puedo fingir que me encanta una camisa y en voz baja, así como de apuro, pedir el favor para usar el aseo. Mi mente me contesta: “te van a decir que está roto o que es de uso exclusivo para los trabajadores”. Los aparcamientos, si son modernos, necesito el resguardo de entrada con el coche ¡salvo que aparque a Totó, no puedo conseguir el ansiado papelito! Amigos que viven por la zona, mala cosa, es horario laboral y nadie está en casa y si sé que está algún familiar, no me acuerdo del piso y no es cuestión de llamar a todas las viviendas.
Algo he viajado por esos mundos y en la mayoría de ciudades existen locales de aseos públicos que, por un módico precio o incluso gratis, te permiten solventar la necesidad. Cierto es que te encuentras de todo y que el tema de la salubridad debería estar mejor atendido pero te permiten salvar el momento con cierta dignidad. No me refiero a esas casetas que colocan en tiempos de fiestas que parecen más cámaras de gas que aseos públicos, me refiero a locales con un torno de entrada y amables personas que verifican el estado en el que “nuestra educación” deja el habitáculo.
Mis piernas comienzan a realizar movimientos extraños. Mi cerebro, para cabrearme más, me regala el recuerdo del aroma en la ciudad el día siguiente a una fiesta. ¡Ya son dardos lo que disparo! Tremenda facilidad masculina en cuestiones urinarias en rincones y portales y tremenda la poca consideración al resto de ciudadanos. Cada micción de mi perro es convenientemente rociada y eliminada por el bienestar de la población, hay una ordenanza municipal que lo regula, como también la hay para los orines humanos. Soy consciente de que no todos la cumplen.
Como algo tengo que inventar para que mis músculos del piso pélvico se contengan y llegue a casa a tiempo de no montar un escándalo, se me ocurre un negocio. Veo muchos bajos comerciales vacíos, ¡sería rentable que un empresario montara aseos públicos en ellos! Diseñando la viabilidad del proyecto con su App y todo, consigo llegar a casa con una media de 9 Km/h.
Titó me mira extrañado por el maratón que nos acabamos de pegar y le digo (reconozco que hablo con él más de lo aconsejable) “querido mío, hay un dicho que no debemos olvidar mañana. De casa se sale llorado y meado”.

